K055001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19980403

Título: Hay que sentir y vivir la hora de Jesus

Original en audio: 21 min. 29 seg.


Queridos Hermanos:

Cuando nuestro corazón se va volviendo sensible, nosotros vamos sintiendo el ritmo del corazón de Jesucristo. Esto pasa como con un micrófono, por ejemplo, cuando el micrófono es sensible, las vibraciones de la voz se convierten en las vibraciones del micrófono y así se produce la señal que luego llega a los parlantes.

El tiempo de Cuaresma, que está a punto de terminar, es un tiempo para corazones sensibles. Y si tenemos el corazón así, sensible, ¿qué sentimos? ¿Qué vamos descubriendo? Vamos descubriendo cómo una especie de angustia, una especie de miedo, una especie de soledad; algo feo y extraño se va avalanzando sobre Jesús.

Especialmente, los que hemos tenido la gracia de asistir a la Eucaristía cada día de esta semana, tenemos que haber experimentado eso: es como sentir que algo miedoso y peligroso se acerca, pasos extraños. Hay una experiencia sumamente desagradable que no se la deseo a nadie.

Cuando está uno, por ejemplo, ya de noche en una casa, solo, se oyen pasos, pasos extraños. Qué terror tan horrible, qué miedo tan horrible el que produce esto. Son pasos que no son pasos de amigo; ¿qué ha sucedido? ¿se habrá entrado un ladrón? ¿Qué ha pasado? Miedo, produce miedo en el corazón.

Yo pensaba esta tarde, pensando en ustedes, orando por ustedes, amándolos, queriendo amarlos, desde esta tarde, queriendo preparar esta celebración, yo decía: "Tal vez nosotros a veces nos hemos acostumbrado a que estas celebraciones en su estilo carismático, su estilo gozoso, sean siempre como de mucha alegría."

Pero resulta que las lecturas de hoy no nos dan demasiada oportunidad para ese sentimiento. La expresión con la que empieza la primera lectura "Oigo, oía el cuchicheo de la gente: pavor, miedo" Jeremías 20,10.

Es extraño, es feo, algo raro que viene sobre Jesús. Y si hemos seguido la secuencia de las lecturas de esta semana, al oír las discusiones de Jesús con los judíos, vemos cómo cada vez son más incisivos y le atacan más, el cerco es cada vez más estrecho.

Ya hoy se resolvieron a tomar piedras para tirárselas, y en el último momento Jesús les dice: "¿Por qué me van a apedrear? ¿Por cuál de las obras buenas?" San Juan 10,32. Jesucristo les hace ver la incoherencia, el absurdo en el que se encuentran. Ellos se detienen por un momento, lo que prolonga la discusión, pero no aceptan la palabra del Señor.

Por eso intentan detenerlo de nuevo, pero Él se les escabulle de las manos en el último instante. Y así, el mismo Jesús, quien de niño tuvo que escabullirse a Egipto, tiene que escabullirse ahora, huir como si fuera culpable, como si fuera un ladrón o un criminal.

Hay que sentir estos aspectos, estos dramas de la vida de Jesús. Y desde luego, hay que sentirlo, porque se acerca ese momento, del que Jesús dijo: "Se acerca la hora" San Marcos 14,41, y se está acercando. Dentro de una semana estaremos en el Viernes Santo.

Todavía Jesús alcanza a escabullirse hoy, pero la persecución es cada vez más incisiva, y finalmente, la traición de uno de sus discípulos hará que lo apresen en el Huerto de los Olivos y entonces lo llevarán preso y se burlarán de Él. Esa es la hora.

En las películas, cuando el momento culminante se va acercando, hay siempre una música que se torna más penetrante, con mayor volumen, que indica peligro. Algo parecido es lo que nos ofrece la Liturgia. La Liturgia nos va presentando el ritmo creciente del ataque, del problema, de la persecución.

Y yo me preguntaba: ¿Cómo celebrar, alegrarse, levantar gozosos las manos en alabanza, glorificar al Señor, cuando lo vemos huir así porque lo van a agarrar? ¿Cómo cantarle a un Dios tan débil?

¡Qué sabias las palabras de San Pablo cuando dice que Jesucristo en estos misterios de su Pasión y de su Cruz parece una necedad, un absurdo!

¡Cuánta materia hay para burlarse de Cristo en este Evangelio! Que el Dios al que adoramos huye como un criminal asustado al otro lado del Jordán porque lo están apedreando. ¿Ese es tu Salvador? ¿El Dios en el que tú crees?

Y todavía lo veremos en un trance más grave, en una persecución más aguda, en una humillación más terrible, ya no huyendo, sino encarcelado, azotado, burlado. Y seguirá la burla del enemigo. ¿Ese es el amor tuyo?

Sí, ese es el amor mío, y se llama Jesucristo, y no me avergüenzo de Él. Porque he aprendido del apóstol San Pablo que yo no puedo avergonzarme de la Cruz, y no me da miedo decir que el Dios en el que yo creo es el que chorrea sangre, y que está feo y deforme por los golpes.

Ese que gime con miedo, Ese que siente terror ante la muerte, Ese es en el que yo creo y Ese es el que despierta en mí la perfecta admiración y el amor de mi alma; Él, vuelto oprobio y vuelto burla, Ese es el que despierta la gratitud de mi corazón y se llama Jesucristo.

Bendita Cuaresma, bendito el Viernes Santo, bendita la Cruz, bendita, mil veces bendita la Cruz que me muestra semejante espectáculo, bendita tu Cruz y cada Cruz que me recuerda el sacrificio de Jesucristo, mil veces bendita.

¿Y que está feo el amor de mi alma? ¿Que está vestido de misericordia? Está deforme por los golpes, pero está bello porque es por mí. Porque si lo he visto en tal humillación que parte el alma, también lo he visto glorioso y gozoso; y el día de la Pascua me dio un abrazo y me dijo que tenía paz en mi alma, "paz con vosotros."

Claro que está hermoso mi Jesús, Jesucristo, mi Señor Jesucristo, mi Buen Pastor. Claro que está cansado, maltrecho por el polvo del camino, pero ese camino lo recorrió por mí, y en ese camino donde se gastó, ahí me mostró cuánto me quería, y por eso yo le bendigo; sé que prefiero a Ese, mi Señor Jesucristo, gastado por el camino, sangriento, sudado y sucio, a ese lo prefiero porque está vestido de amor.

Bien está que no tenga ropas, pues el que está vestido de misericordia, revestido de ternura y de gracia, no necesita esa ropa que nos ponemos los seres humanos. Está bello el amor de mi alma; y así vestido y así desnudo, así me ha declarado cuánto me quiere y me ha contado quiénes somos nosotros para Él, cuánto valemos en su presencia.

Estas palabras son para pedir en nombre del amor de mi alma, que cuando vean a Jesús roto y sucio, ahí, abrácenlo porque en ningún otro momento amó tanto. Estamos a tiempo para enamorarnos del misterio de la Cruz, bendecir el misterio de la Cruz, abrazar el misterio de la Cruz, levantar con orgullo el misterio de la Cruz.

Cuando uno entiende esto, uno descubre en la Cruz el poder que quebranta a Satanás. Cómo se burlaba Satanás por boca de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los fariseos: "¿No eres el Hijo de Dios? Si eres el Hijo de Dios, baja para que creamos en tí." San Marcos 15,32. Creo que esa fue la peor puñalada que pudieron decir labios humanos.

¿Qué era lo que más quería Cristo con su venida, sino que creyéramos en Él? ¡Qué frase tan venenosa, sarcástica y terrible! ¡Que renuncie a la Cruz para que creamos en Él! Es desgarrar a Cristo. Y Jesús, colgado entre Cielo y tierra, nos dijo: "No suelto a mi Padre ni a ustedes". Y así se convirtió en puente para nosotros. Jesús no se suelta de allá ni de acá.

Jesús es el bendito puente por el que yo puedo encontrarme con Dios y reconciliarme con mi Creador y mi Salvador.

Jesús, gracias, gracias, gracias Jesús; gracias por esas noches de miedo mal dormidas, por esa comida mojada con lágrimas de tristeza ante la ingratitud de los hombres. Jesucristo, gracias por ese cuerpo tuyo lleno de pureza y de belleza que destila sangre de misericordia para perdón y gozo de todos nosotros, tu pueblo adquirido.

Jesús, nosotros apelamos a ese amor. Jesús, por ese amor de la Cruz y de la Sangre, yo quiero implorarte que nos otorgues la libertad. Jesucristo, yo quiero pedirte que nos regales la verdadera libertad de nuestros antiguos pecados.

Amén.