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Miremos ahora cómo se defienden estos tres muchachos. Porque, eran unos muchachos: eran muy jóvenes. Sidras, Misac y Abdégano se defienden con su fe, y su defensa consiste en dos cosas muy sencillas. La primera, la frase, "Dios puede liberarnos" (''véase'' Daniel 3,17), es una confesión de la grandeza de Dios, una confesión de su poder incalculable.
 
Miremos ahora cómo se defienden estos tres muchachos. Porque, eran unos muchachos: eran muy jóvenes. Sidras, Misac y Abdégano se defienden con su fe, y su defensa consiste en dos cosas muy sencillas. La primera, la frase, "Dios puede liberarnos" (''véase'' Daniel 3,17), es una confesión de la grandeza de Dios, una confesión de su poder incalculable.
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La grandeza de la fe está en la grandeza de la confianza. Por eso dijo El Señor Jesucristo a Santa María Margarita Alacoque, la religiosa que tuvo las apariciones que llamamos, "del Sagrado Corazón": "Si tú quieres agradarme, confía en mí. Si tú quieres agradarme más, confía más, y si tú quieres agradarme infinitamente, confía infinitamente".
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''La primera fuerza de la fe está en que uno no se limita a los propios recursos, sino que uno pone su esperanza en el Dios que se ha mostrado a favor nuestro.''
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Sin embargo, la segunda parte de la fe de ellos es la más interesante. Permítanme que escuchemos de nuevo la frase que dicen. Ellos manifiestan lo siguiente: "El Dios a quien veneramos, puede librarnos del horno encendido" (''véase'' Daniel 3,17); ésa es la primera parte. Pero, continúa: "Y aunque no lo haga, conste, majestad, que no veneramos a tus dioses" (''véase'' Daniel 3,18).
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De nuevo aquí nos sirve la enseñanza de ese gran Doctor de la Iglesia, San Juan de la Cruz. La primera parte es lo que San Juan de la Cruz llama, "la purificación de los sentidos", es decir, el pasar por el horno, pasar por la prueba, pero salir de esa prueba, ser liberado de esa prueba.

Revisión del 22:51 10 abr 2011

Fecha: 20100324

Título: Frente a las armas de la idolatria, una fe en su pureza, que nos permite en la prueba emerger liberados de nuestras ataduras.

Original en audio: 11 min. 3 seg.


Queridos Hermanos:

Meditemos juntos unos minutos en la primera lectura de hoy, que tiene tanto para enseñarnos. Esa primera lectura tomada del libro de Daniel, nos presenta lo que podemos llamar la esencia de la idolatría, la esencia de la fe y la esencia de la salvación.

Es un relato impresionante que tiene crueldad y que tiene victoria. En ese relato hay todas estas enseñanzas y seguramente muchas más.

Interesante lo que sucedía: Un rey caldeo, llamado Nabucodonosor, vive en una tierra pagana, pertenece a una cultura pagana con muchos dioses, y él quiere agregar su propio ser, su propio cuerpo, su propia vida, al número de los dioses.

En medio de sus locuras y de sus pretensiones, se le ha ocurrido hacer una estatua de oro. Y ahora quiere convencer a todos de que tienen que adorar esa estatua; así que se declara a sí mismo un dios, un dios más en el número ya bastante grande de dioses que tenían los caldeos.

Pero, resulta que hay tres israelitas con el nombre de, Sidrac, uno, Misac, otro, y Abdégano, otro. Estos israelitas no obedecen la orden del rey. El rey, claramente, quiere llevarlos a la idolatría, y ellos se mantienen firmes en la fe.

Es, entonces, una contienda. Lo que vamos a ver, o lo que hemos visto en esa lectura, es una contienda.

¿Cuáles son las armas de cada contendor? Las armas del promotor de la idolatría son las siguientes: La estatua es impresionante, porque está forrada en oro. La algarabía que se hace es impresionante, atontadora.

Todos esos instrumentos, címbalos, tubas, trompetas, laúdes, tenían que hacer un escándalo mayúsculo, y eso se supone que tenía que recordar a la gente que hay que adorar la estatua; pero, también era una manera de causar un impacto: "¡Es algo grandioso!"

Lo que es el oro con su resplandor para los ojos, éso es este escándalo espantoso para los oídos. En ambos casos se trata de crear temor, pero se trata de un temor completamente artificial: el temor fabricado por manos humanas.

En tercer lugar, la tercera herramienta de la idolatría, es la orden del rey: "El que no adore la estatua, será arrojado a un horno encendido" (véase Daniel 3,15).

Ésas son las armas de la idolatría: causar en nosotros un gran impacto, deslumbrarnos, atontarnos y asustarnos. Las dos armas de la idolatría son fundamentalmente, seducirnos y asustarnos: la seducción y el miedo.

Escritores muy elocuentes de nuestra Iglesia Católica, como San Juan de la Cruz, han hablado de esta doble estrategia de la idolatría y de todo aquello que quiere competir con Dios.

Resulta que la seducción la compara San Juan de la Cruz con las flores que se encuentran en el camino y que le hacen a uno olvidar que uno es un caminante y que hay que seguir hasta la meta que es Dios.

Y el miedo lo representa San Juan de la Cruz con la imagen de las fieras, los animales que amenazan en cualquier recodo del camino, y que hacen que uno diga: "Mejor me devuelvo, mejor retrocedo".

Entonces, San Juan de la Cruz viene a darnos la misma enseñanza que aparece en este texto con otras palabras: las seducciones y el terror; otros llaman a éso, garrote y zanahoria; otros llaman a éso, las flores y las fieras.

Y con esas estrategias, con las seducciones que nos atontan y adormecen, y con el miedo que nos paraliza y nos invita a retroceder, la idolatría pretende frenar nuestro camino hacia Dios. ¡Ésas son las armas de la idolatría!

Miremos ahora cómo se defienden estos tres muchachos. Porque, eran unos muchachos: eran muy jóvenes. Sidras, Misac y Abdégano se defienden con su fe, y su defensa consiste en dos cosas muy sencillas. La primera, la frase, "Dios puede liberarnos" (véase Daniel 3,17), es una confesión de la grandeza de Dios, una confesión de su poder incalculable.

La grandeza de la fe está en la grandeza de la confianza. Por eso dijo El Señor Jesucristo a Santa María Margarita Alacoque, la religiosa que tuvo las apariciones que llamamos, "del Sagrado Corazón": "Si tú quieres agradarme, confía en mí. Si tú quieres agradarme más, confía más, y si tú quieres agradarme infinitamente, confía infinitamente".

La primera fuerza de la fe está en que uno no se limita a los propios recursos, sino que uno pone su esperanza en el Dios que se ha mostrado a favor nuestro.

Sin embargo, la segunda parte de la fe de ellos es la más interesante. Permítanme que escuchemos de nuevo la frase que dicen. Ellos manifiestan lo siguiente: "El Dios a quien veneramos, puede librarnos del horno encendido" (véase Daniel 3,17); ésa es la primera parte. Pero, continúa: "Y aunque no lo haga, conste, majestad, que no veneramos a tus dioses" (véase Daniel 3,18).

De nuevo aquí nos sirve la enseñanza de ese gran Doctor de la Iglesia, San Juan de la Cruz. La primera parte es lo que San Juan de la Cruz llama, "la purificación de los sentidos", es decir, el pasar por el horno, pasar por la prueba, pero salir de esa prueba, ser liberado de esa prueba.