K044003a

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Fecha: 20010329

Título: ¿Que hemos hecho para mejorar nuestra fe?

Original en audio: 12 min. 12 seg.


Así como hay una historia muy elocuente y muy bonita del amor de Dios, así también hay otra historia muy triste y muy larga de la rebeldía humana.

La primera lectura nos presentaba la rebeldía del pueblo hebreo en el desierto. Dios les había dicho: "Yo soy el único Señor. No se hagan imágenes" Deuteronomio 5,7-8.

Y el pueblo, tercamente, hace una imagen de un novillo, según las costumbres de la tierra de Canaán, donde se adoraba a los novillos como signo de vitalidad, de prosperidad.

Hacen un ídolo, desobedecen a Dios, y se entregan al desorden, a la fiesta, ala orgía. Hay una historia de desobediencia, no le creen a Moisés.

En el evangelio aparece la rebeldía frente a Cristo.Por eso termina diciendo Nuestro señor en el pasaje de hoy: "Si no dais fe a los escritos de Moisés, ¿cómo daréis fe a mis palabras?" San Juan 5,47.

Donde se ve que hay una historia de rebeldías, y esa historia trae consecuencias, y la consecuencia de toda esa maldad será finalmente la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Pero Él dijo alguna vez a los de su tiempo: "A esta generación se le va a pedir cuentas de toda la sangre, desde la sangre de Abel, hasta la sangre del último justo" San Mateo 23,29.

Por eso, porque la maldad se va apoderando, porque el mal va haciendo también su propia historia y esa historia finalmente en la muerte del inocente, en la muerte de Cristo, es muy importante que si nosotros queremos tomar en serio nuestra fe, busquemos cuál es esa historia personal de rebeldía que hemos tenido contra Dios.

Un gran santo de la Iglesia, San Ignacio de Loyola, el fundador de los Padres jesuitas, San Ignacio enseñaba a la gente: "Tú tienes que conocer cuál es tu vicio o defecto dominante". Tienes que saber con qué letras está escrita la historia de tus rebeldías con Dios. Porque ahí está el verdadero enemigo nuestro.

Jesús nos decía: "No es lo que viene de afuera lo que hace impuro al hombre" San Marcos 7,14. El problema no está en lo que a mí me pase, el problema está en qué hago yo con lo que a mí me pasa.

Por eso, más que lamentarnos con los pecados de otras personas, más que echarle la culpa a otros, todos estamos llamados a mirar a nuestro propio corazón, a nuestra propia vida, a nuestra propia historia; y a mirar y a reconocer cuál es la tendencia de pecado que hay en nosotros. Este es el principio de lo que se llama el verdadero conocimiento de nosotros mismos.

La vida cristiana tiene como dos etapas. Una primera etapa es como la de los niños pequeñitos, especialmente los más pequeñitos. El niño va porque lo llevan, va por la costumbre. Se va a hacer una Misa por un vecino que mataron, vamos; se va a hacer una Misa por el cabo de año de no sé quién, vamos.

Vamos como en la costumbre, vamos como en la inercia, vamos en la tradición, vamos porque así es como se suele hacer; siempre se ha hecho así y vamos a hacerlo así, y vamos. Es una religión basada en la costumbre solamente, en lo que se acostumbra.

Pero luego llega un momento en el que uno se da cuenta de que el pecado no es una cosa que habla por allá el cura, no es una cosa que dicen por allá los libros de catequesis, no es una cosa que dice por allá el Papa. El pecado es una realidad viva, una realidad que ha tocado mi vida, una realidad que se ha metido conmigo. ¿Cuál es mi realidad de pecado?

Fíjate que la mayor parte de nosotros no sabemos confesarnos, no sabemos. Porque en el fondo, el sacramento de la confesión está hecho para que uno presente su verdad, su realidad de pecado la presente ante Dios. La realidad de uno.

Pero la experiencia que yo tengo continuamente en la confesión, es que que las personas, tal vez, pues por todos los dolores acumulados en la vida, cuando se van a confesar es a echarle la historia de la vida de otros: la historia de la familia, la historia del matrimonio que resultó mal.

"Es que yo me vengo a confesar, padre, porque es que yo tengo siete hijos y entonces el mayor de ellos, cuando estaba chiquito, se metió a ladrón; y el segundo se metió a bebedor de trago; y el tercero es un jugador empedernido; y una hija me la embarazaron, y esa es mi confesión, padre".

Esa no es la confesión suya, esa es la confesión de los pecados de los hijos, o del esposo. "Me confieso, padre, porque es que yo he sufrido mucho; yo he sido muy pobre y a mí nunca me dan trabajo, y me vengo a confesar." Esa no es su confesión. La confesión es el encuentro vivo entre esa historia, la historia de mis pecados.

Uno tiene que preguntarse: ""Cuál es el pecado que más he cometido yo?" Como nos enseñó San Ignacio de Loyola: "¿Cuál es mi vicio dominante?" El mío, no el del esposo, el de la esposa, o el del vecino.

El problema no es cuál es el vicio del violento, del soldado, del guerrillero, del paramilitar. Mi problema no es ese. ¿Cuál es el pecado que yo cometo? ¿Cuál es mi pecado? Ahí es donde tengo que buscar.

Porque Dios va a empezar a obrar en mi vida ahí donde está mi herida, mi pecado, ahí va a empezar a obrar. Uno tiene que buscar la historia personal.

"¿Cuál es la historia de mi pecado?" "Yo he sido un perezoso para las cosas de Dios"; "yo he sido rebelde"; "yo siempre me he creído mejor que otros"; "yo acostumbro decir muchas mentiras"; "yo, por el amor a la plata, he hecho muchas barbaridades". Eso es lo que hay que buscar.

¿Cuál es el interés que hemos tenido por Dios? ¿Hemos amado a Dios? ¿Hemos buscado a Dios? ¿Hemos promovido el amor a Dios en la casa, en los hijos? ¡Qué importante es la oración en la casa! ¿Hemos promovido la oración en la casa? ¿Qué hemos hecho para mejorar nuestra fe? ¿Qué hemos hecho?

Para mejorar los cultivos, si salió un nuevo abono, el que tiene la manera, trata de conseguir ese abono para ver si mejora su campo; y si salió una nueva herramienta, el que tiene la platica, el que tiene la manera, trata de aplicar esa herramienta.

¿Pero usted qué ha hecho para mejorar su fe? ¿Qué hacemos nosotros para mejorar nuestra fe, por a mor a Dios y por buscar que Dios sea amado? ¿Qué ha hecho usted? ¿Qué hace usted por mejorar la fe que tiene? ¿O usted se quedó con la fe de cuando la mamá lo traía o la tría a Misa? Esa es la fe suya. ¿Qué ha hecho usted para mejorar su fe? ¿Qué ha hecho usted para crecer en amor y en oración?

Es que a veces uno cree que porque uno no comete los pecados gordos, grandes, feos, entonces es que uno es inocente. "Yo como no mato, yo como no secuestro y como no torturo a nadie, entonces yo seré inocente". ¡No! Precisamente, por la mediocridad de la fe suya, y por la mediocridad de la fe de mucha agente, por eso somos un pueblo de mediocres. Y por eso, cuando somos mediocres, el pecado de la violencia o de lo que sea, trata de adueñarse de nosotros.

Bueno, yo les dejo estas palabras. Cada uno mire dentro: "¿Cuál es mi historia de pecado?" "¿Será el descuido?" "¿Será que yo soy un perezoso? ¿Será que yo me la paso murmurando, llevando historias? ¡Chismoso, chismosa, murmurona!" "¿Qué será eso?" "¿Será que yo miento?"

Que se vea cuál es mi pecado. Tenemos que examinarnos muy bien. "¿Cuál es mi pecado, el mío?" "¿Yo qué es lo que hago?" "¿Traigo yo la vida de Dios a este pueblo?" "¿Yo traigo la vida de Dios a mis amigos?" "¿Intento acercarlos a Dios?" "¿Llevarlos al amor de Dios?" ¿A los hijos llevarlos al amor de Dios?" ¿A que se enamoren y a que se apasionen por Dios?" "¿Cuál es mi pecado?" "¿Cuál es el pecado que yo más cometo?"

Hay que buscar esa historia de pecado y presentársela a Dios, sobre todo en la confesión, y decirle: "Quiero, Señor, que tú me des una nueva vida en esta Pascua."