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Fecha: 19960309

Título: El que es buen hijo, vuelve a casa

Digital en Audio: 28 min. 44 seg


Es redundante la palabra de Dios en este día, dos largas lecturas con dos historias y en cada caso, dos hermanos, Jesaú y Jacob, hijos de Isaac, y estos dos hijos que daban por muerto a su padre aunque la verdad es que este padre de la parábola no tenía hijos, los hijos ya le habían dado por muerto, tenía criados pero hijos no tenía.

Y el tema de la parábola es la historia de cómo este padre pudo tener por lo menos un hijo, porque antes sólo tenía criados, efectivamente cuando el menor se acerca y le dice: “Dame la herencia” San Lucas 15,12, pues la herencia se da después de que uno se muere.

“Dame la herencia” San Lucas 15,12, es una palabra tan infinitamente dura, pues significa: “De aquí en adelante, papá, tú estás muerto, y te considero como muerto, y puesto que ya te moriste, repartamos tu herencia”.

Esta parábola significa también: “De ti, padre, me interesa, no tu amor, no tu casa, sino tus cosas; no tu acogida, no tu cariño, sino lo tuyo”. ¡Qué tristeza esa imagen exacta del pecado, el pecado es preferir la herencia, es preferir las cosas de Dios al Dios de todas las cosas.

Esa es otra imagen del pecado: alejarse de Dios, ¿para qué alejarse de Dios? ¿Para qué irse? ¿Qué tenía él que buscar si no estuviera cerca de su padre? Pues tenía que ir a buscar lo que nos dice el texto: "Tenía que irse a un país lejano para derrochar su fortuna, viviendo perdidamente" San Lucas 15,13.

Eso era lo que él no podía hacer estando en la casa del padre, pues allí podía utilizar la fortuna, utilizar y disfrutar los bienes, pero no podía derrocharlos, y él, ardido de concupiscencia, ardido en deseos no sólo de utilizar las cosas sino de derrocharlas, esa es la imagen del pecado también.

El pecado, supone que nosotros no utilizamos sino que derrochamos las cosas, es decir, pretendemos sacarles todo su jugo, todo su bien, queremos exprimirles toda la dulzura y adueñarnos de ella para placer o gusto nuestro, para saciedad de nuestra soberbia, esta es imagen del pecado también.

Quería vivir perdidamente, quería vivir "nice", estaba cansado de vivir bien, de ser bueno, y por consiguiente estaba cansado de hacer aquello que no le permitía ser malo; esta imagen no está muy lejos de lo que también a nosotros nos sucede, porque también uno se cansa de ser bueno, honrado, sincero, noble, uno se cansa de perdonar, de esperar, y de amar…

Y por eso él necesita tener distancia entre su padre y él, porque está cansado de ser bueno, porque quiere vivir perdidamente, porque anhela el néctar y la dulzura de las cosas, las cosas del padre, y se va.

Pero así como Nuestro Señor nos dice el capitulo quinto de San Juan que cuando una rama se desprende de la vid, ya no va a dar fruto porque se va a secar, pues algo parecido sucede al pecador cuando separa las cosas de Dios, del Dios de las cosas.

Mientras las cosas las tenemos en Dios, podemos administrarlas, utilizarlas y disfrutarlas y su cosecha se renueva; cuando nosotros apartamos las cosas de Dios, es como cuando arrancamos un gajo de la vid, entonces ese gajo ya no va a dar más frutos.

En ese caso, sólo hay oportunidad de comerse rápido los pocos frutos que quedaron ahí prendidos porque ya no va a haber más, y se secará o irá al suelo.

Así también nos pasa a nosotros con el pecado, uno pretende disfrutar, por ejemplo, de su propio amor, de lo que uno llama “el amor propio”, y eso supone desgajarse de Dios, pero el amor que uno se da a uno mismo no es el amor que uno necesita.

Entonces, cuando uno se aparta de Dios, por ejemplo, movido por soberbia, su amor propio no alcanza corresponder al amor que necesita, es por ello que se seca y se amarga…

Cuando uno pone su criterio, su juicio, su voluntad y su placer por encima de Dios y separa sus pensamientos o sus cosas de Dios, esas cosas se secan. Él que, por ejemplo, en lugar de utilizar simplemente el dinero hace del dinero su Dios, Dios no le encuentra en ese mismo dinero, ni la dulzura, ni el bien, ni la paz que originalmente quería.

Entonces, una persona que se hace y ve a través del dinero, obviamente va a tener todos los bienes que trae el dinero, eso no es mentira, pero va a tener todos los problemas que tiene el usar ese dinero, y eso fue exactamente lo que le sucedió a este hijo de Dios, se le acabaron sus bienes.

A mí me gusta decir esta explicación, me gusta hacer este comentario: cuando uno se imagina a este hijo prodigo, (prodigo es derrochador), derramando su fortuna en tonterías y placeres, y te lo imaginas saliendo de la casa, puedes como en los dibujos animados hacerte al cuadro de una bolsa al hombro con la que se fue de la casa.

Bueno esa bolsa llevaba los bienes del padre, la herencia, es decir, el precio de haber matado al papá, y se fue, y el papá echó en la bolsa, -cómo me gusta hacer este comentario-, los bienes que el hijo le había pedido, pero echó también algo que el hijo no le había pedido.

Depositó también, en sentido figurado, un retrato, de manera que cuando se acabaron todos los bienes, cuando éste fue sacando de la bolsa todas las cosas y salía el dinero, el oro, joyas y demás, cuando ya salió todo, en el fondo de la bolsa lo único que quedó fue el retrato de su padre.

El papá a este hijo le dejó la capacidad de acordarse de él, y ese recuerdo, que aparece aquí en esta traducción,, ese recapacitar fue lo que salvó al hijo.

Si el padre hubiera hecho sólo lo que le dijo el hijo, es decir, si hubiera echado sólo las cosas, el hijo después de que hubiese sacado los bienes no tenía nada que hacer más que morirse de hambre.

Además, la descripción que hace Nuestro Señor del oficio de este pobre hombre, es lo más deprimente para un judío, ya que los judíos no tenían cría de cerdos porque para ellos era un animal impuro.

Entonces, tener que criar cerdos para un extranjero sin poderse comer ni tan siquiera la comida de los cerdos, es estar muy por debajo del pie de la peor humillación que podía sufrir un judío. Yo creo que es un retrato de lo que significa estar en el fondo, ese fondo que a veces uno tiene que tocar para decir: "¡Verdad que existe mi Papá Dios!"

Entonces este muchacho encontró en el fondo de la bolsa el recuerdo de su padre, una fotico de su papá, y se consideró como uno de los jornaleros: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo muero de hambre!” San Lucas 17,17.

fíjate cómo es de realista esta parábola, la cual es inmortal, sobre ésta hay libros y predicaciones infinitas, esta parábola es perfecta, porque es de Jesús.

Este hombre está en proceso de conversión y ¿cuáles han sido sus pasos? Primero, ha recapacitado, y en su recapacitar ¿qué ha dicho? "Ofendí a mi padre?" Ese no fue el primer paso.

Él se había convertido en un hombre materialista, práctico, en un pragmático que lo único que sabe es de los bienes de esta tierra, pues en ese lenguaje de los bienes de esta tierra es como le habló Dios.

Obsérvese que dice él: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre” San Lucas 17,17. El hambre y el pan han acompañado muchas reflexiones de estos días; hambre y pan.

El hambre salvó a este muchacho, él no se acordó en principio de su padre, su problema es hambre!, su problema es: “Aquí nadie me da de comer”, su problema es: “incluso los que están mal con mi padre, están mejor que yo”, de manera que este muchacho en ese primer momento de su conversión no es nada espiritual ni desinteresado, él está pensando en salvar su propia vida.

Pues bien, esos dos, son los últimos estribos del corazón humano. ¿Cuales dos estribos? el recuerdo del padre y el deseo de guardar la propia vida. Si esas cosas que pierde, es decir, si la persona pierde por completo la vida o su dignidad, si la persona pierde por completo el valor de la vida, ahí está absolutamente perdido.

Esto es dramático decirlo en un mundo como el nuestro, porque yo creo que en estos dos últimos estribos está nuestra sociedad, y en esos dos últimos estribos tiene mucho que decir y hacer nuestra predicación y ministerio.

El retrato del padre que le recuerda su propia dignidad, y el hambre o el deseo de guardar aunque sea la vida. La vida y la dignidad de la persona humana son los últimos recuerdos que ha dejado Dios allá en el fondo de su bolsa de bienes.

Para que aunque le ofendamos mucho y aunque cometamos muchas barbaridades, por lo menos en este último amor a la propia vida, así me suene egoísta, y en ese última conciencia de la propia dignidad, así me suene soberbio, pueda la persona hacer estribo y pueda levantarse

Entonces este hermano menor dice: “Me pondré en camino a donde está mi padre” San Lucas 17,18. Él no está buscando al padre sino adónde está el padre, es decir, dónde está el pan, esa es la imagen de la conversión.

Nadie crea que con una primera conversión o con un primer arrepentimiento, uno está buscando a Dios "por ser quien soy". La mayoría de nosotros, sea con alegría o con temor, en nuestra primera conversión lo único que buscamos es nuestro propio bien.

Y eso es bueno saberlo para tener misericordia con nosotros mismos y con quienes tienen esa primera conversión. La primera conversión nunca es desinteresada. "Me pondré en camino", y entonces piensa: “Bueno, pero si voy a seguirlo, de nuevo pan, por lo menos lo mínimo que tengo que hacer es disculparme”.

Y ahí si piensa en el padre: “He pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”.

Bien, el relato resulta conmovedor cuando uno ve que el papá no le dejó echarle este discurso: “Padre he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo” San Lucas 15,19.

Y de acuerdo con el relato dice: “Ahora voy a ser un jornalero” San Lucas 15,19.

Cuando ello está sucediendo, el papá ya estaba revistiéndolo con nuevas y hermosas ropas, ya estaba trayendo el anillo, ya había mandado hacer el banquete y le dijo: “ Tú, jornalero, nunca vas a ser; arrepintiéndote tú, has empezado a ser hijo, el que no eras cuando partiste de aquí”

El relato dice claro: “Este hijo mío había muerto” San Lucas 15,32, es decir, el hijo empezó tratando al papá como un muerto: "Usted se murió; déme la herencia"; ahora es el padre el que le dice al hijo: “Eras té el que estabas muerto".

"Cuando quisiste matar a Dios, te mataste; cuando quisiste excluirlo de tu vida, te excluiste té mismo del país de la vida". Y esa es la imagen de lo que el pecado causa en nosotros, cuando nosotros decimos:” Voy a sacar a Dios de mi vida”, en ese momento nos sacamos de la única vida posible, que es la vida de Dios.

Entonces el hijo ha empezado tratando al papá como un muerto y ahora es el papá el que puede tratar al hijo como un resucitado.

Por otra parte el papá no dice: “Tú moriste cuando saliste de mi casa”; no, el joven ya estaba muerto desde antes. En todo caso aquí el papá tiene por lo menos ese hijo; entonces llega el hermano mayor, y su presencia en esta parábola tiene su relación con lo que se ha visto al principio de la lectura.

“Jesús dijo a los letrados y fariseos esta parábola” San Lucas 15,3, éstos son los primeros destinatarios de la parábola que estamos meditando, porque a ellos les fastidiaba enormemente que Jesús acogiera pecadores, publícanos, prostitutas, gente de mala ley.

Que Cristo no les dejara ser a esos señores pecadores, no les dejara ser simples jornaleros, sino que los trataba como íntimos y como amigos, eso les fastidiaba a los letrados y fariseos.

Pues bien, el hijo mayor de la parábola, evidentemente está retratando a estos letrados y fariseos, pero ¿qué dijo el hijo mayor?" Aahí no había hijo mayor, insisto, este padre no tenía hijos. El hijo mayor también tenía complejo de jornalero; ¿pobre padre al que todos los hijos miraban no como hijos sino como jornaleros!

Mira lo que dice el hijo: “En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me haz dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos" San Lucas 15,29,

Y esto nos demuestra que hay dos modos de irse de Dios, uno es el que se corrompe haciendo barbaridades, y ese parece que está lejos pero resulta estando más cerca; otro es el que no comete esas barbaridades pero en el fondo las desea, y aunque parece estar cerca de Dios, tiene corazón de esclavo, tiene alma de mercenario, no tiene corazón ni alma de hijo.

Es un mercenario, es un siervo, así parezca un hijo por el hecho de estar viviendo en la casa de su padre. “A mi nunca me haz dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos” San Lucas 15,29. En el fondo, este hijo también quería quedarse con las cosas del padre, tampoco a este hijo le importaban las alegrías del padre .

A mi me llega hasta el alma la soledad de este padre, en la que está retratada la soledad de Dios, ésta es la soledad de Dios, y este padre es Dios, un padre sin hijos, un padre que sólo tiene un hijo, el Unigénito, el primogénito, Jesucristo, y que para tener muchos hijos, ha dado a ese Hijo Unigénito!

“A mi nunca me haz dado un cabrito para compartir con mis amigos” San Lucas 15,29, ¿qué pudo haber sentido este padre?

De manera que el hijo vuelve a decirle que quiere ser jornalero y el otro se ha quedado pero también quiere jornal, ¿en qué se diferencia el hijo y el jornalero? Que el jornalero lo que hace lo hace por el jornal, por el salario, lo hace por las cosas.

De manera que el corazón del papá, el amor del papá, las alegrías del papá, no importaron ni al pequeño ni al grande, esa es la imagen de la soledad de Dios, y dice: “Cuando ha venido ese hijo tuyo”, no es "ese hermano mío", es “ese hijo tuyo” San Lucas 15,30, no le reconoce como hermano, porque en el fondo él tampoco se considera hijo.

Y así también nosotros, cuando juzgamos a las demás personas, tampoco las tratamos como “mi hermano”, sino lo tratamos como “ese hijo tuyo”, es otro, no es “mi hermano”.

Fíjate cómo este hermano mayor cuando va a hablar de sus amigos dice: “Mis amigos", mi cabrito, mi banquete”, en cambio cuando va a hablar del hermano no dice “mi hermano”, sino “ese hijo tuyo”.

Ahí esta el retrato del sutil pecado del que considera bueno, “nunca he desobedecido una orden tuya, siempre he estado a tu lado” San Lucas 15,29. "¿has estado realmente a mi lado? ¿Te importa mi alegría? ¿Te importa que a mí me alegre la conversión de tu hermano si ni siquieralo consideras tu hermano?"

De manera que esta parábola es una hermosísima, inmortal y bellísima denuncia del pecado en sus dos grandes vertientes: el pecado que se ve, que es fundamentalmente el pecado de concupiscencia y el pecado que no se ve, el pecado que no aparece tanto, que es fundamentalmente el pecado de soberbia.

Esas son las dos garras de pecado en nuestra vida, la soberbia por la que parecemos buenos, y la concupiscencia por la que no podemos no aparecer malos.

Y le argumenta al papá: "Tú estás siempre conmigo" San Lucas 15,31, y le recuerda: “Todo lo mío es tuyo” San Lucas 15,31.

Yo duré años, escuchando esa frase: “Todo lo mío es tuyo” San Lucas 15,31, y yo pensaba no en el cabrito que le había dicho el hermano mayor, como quien dice: “Si querías el cabrito, pues lo hubieras dicho, sólo bastaba con que lo hubieras pedido y yo te lo habría dado"

No, Nelson, entendía muy poquito esta parábola, y seguramente nunca terminaremos de entenderla, porque es de Jesús.

Cuando le dicen “todo lo mío es tuyo” San Lucas 15,31, le está hablando también del hijo menor: “El que es hijo mío, es hermano tuyo; hijo, tú estás siempre conmigo, té quieres estar conmigo para tener amigos, cabrito y banquete, pues si quieres estar conmigo, que todo lo mío sea tuyo, pero es que mío es también ese hermano tuyo”.

Y por eso le responde: “Porque ese hermano tuyo, estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado” San Lucas 15,32. Le dice: “Este hermano tuyo” San Lucas 15,32, el otro se había cuidado muy bien de tratarlo de hermano: “Yo no voy a ser hermano de él, si yo no he cometido esos pecados”.

Y en eso tenia razón, el hermano mayor nunca había cometido esos pecados tan escandalosos, de estar derrochando el dinero con malas mujeres; ese pecado específicamente no lo había cometido, pero había cometido su propio pecado, su propia soberbia.

Y por eso estos dos hermanos resultan hermanos del mismo padre: hermanados por un mismo pecado y por una misma gracia.

Esta es la imagen de la Iglesia, la Iglesia es eso, eso es lo que somos nosotros en la Iglesia, una cantidad de gente que es hermanada no por sus bienes sino por sus males; nosotros resultamos hermanos primero en un mismo pecado para luego ser hermanos de una misma gracia y una misma salvación.

Por eso el padre le habla del hermano menor y le llama “tu hermano” San Lucas 15,32, en el momento que le ha hecho caer en cuenta de su propio pecado: "¡Bienvenido al club de los pecadores!"

Ahora que ya sabes que eres un pecador, ahora que te he mostrado tu pecado, ahora has ganado un hermano y ahora por fin tienes un padre. Y le dice: “Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido” San Lucas 15,32, y esa es una invitación a que tu también revivas.

“Estaba perdido y lo hemos encontrado” San Lucas 15,32. Yo creo que no deja de tener su dejo de ironía esta expresión, no dice: “Lo he encontrado”, sino que, “puesto que todo lo mío es tuyo, ahora tú y yo hemos encontrado a tu hermano, a ver si te alegras o no te alegras".

Esta parábola perfecta, esta maravillosa descripción de lo que es el pecado, es también una elocuente descripción de lo que significa la gracia de Dios cuando perdona.

Este padre sólo llegó a tener hijos cuando los perdonó, porque antes no tenía hijos, antes tenía jornaleros; este padre para tener hijos tuvo que perdonar. Así Papá Dios, para llenarse de hijos, que somos nosotros, ha tenido que sentarse a perdonar y a perdonar y a perdonar.

Y entre ellos los más fáciles de perdonar son los que cometen los peores pecados, porque ellos por lo menos se dan cuenta; los más duros de perdonar son los que no cometen tantos pecados y entonces se sienten que están muy bien y que pueden tratar a los demás como “ese tal o ese cual”.

Este padre se ha llenado de hijos, pero ha tenido que hacer un sacrificio para ese bien. En una época decía yo, que Jesucristo en este cuadro, en esta maravillosa parábola, dejó su firma y su imagen. A mí me parece que Cristo está presente allí donde se dice: "traed el ternero cebado y matadlo” San Lucas 15,23.

Ese ternero que estaba preparado para una gran celebración y que es necesario traer y degollar como signo de la alegría, ese ternero que podemos suponer que al fin pudieron comer juntos el hermano menor y el hermano mayor.

Porque hay que suponer que ante estas palabras, puesto que el otro no siguió alegando finalmente, imagino que refunfuñó otro poco y entró al banquete, y ese ternero degollado, ese animalito expuesto ahí como señal de alegría y como signo de reconciliación, yo me atrevo a decir que es Cristo, que allí está plasmada la rubrica de Cristo.

Así como un pintor diestro después de hacer una obra bien linda, deja plasmada en cualquier parte del lienzo su firma, no sólo en la esquina inferior derecha sino en cualquier lugar, así Cristo contando esta parábola dejó su firma allí donde habló de un banquete.

Porque este banquete lo ofrece el padre, porque este ternero proviene de los rebaños del padre y porque, por fin, de este ternero pudieron comer tanto el hermano menor cuando empezó a ser hijo y perdonado, como el hermano mayor cuando empezó a ser hijo y empezó a ser perdonado.

Este animalito tomado de los rebaños de Dios que se ofrece en esta parábola y se sigue ofreciendo en nuestra vida

A uno le impacta pensar que el precio de la reconciliación es Sangre de Cristo, y le impacta comulgar y recibir en ese banquete, por fin, la capacidad de reconocer al otro como hermano.

Sólo cuando nos comemos el Banquete con el que nuestro Padre Dios nos ha recibido, sólo cuando nosotros recibimos ese Cordero que no podíamos comprar, el jornalero va cogiendo su dinero, pero un jornalero tarda mucho en conseguir lo suficiente para un ternero cebado.

Pues bien, sólo cuando nosotros recibimos ese Cordero degollado que no podíamos comprar, ese Cordero de los rebaños de Papá Dios, sólo cuando lo podemos comer sin merecerlo, podemos también atenuarnos a la misericordia que Dios ha tenido con nosotros .

Esa es la Santísima Eucaristía, y por ese Santo Alimento se reconcilian todas las barreras, por eso aquí no hay judío, ni griego, ni hay esclavo, ni hay bárbaro, en esta misma Eucaristía sólo existe Papá Dios, Cristo, el degollado, y nosotros que fuimos comprados a tan alto precio.

La alabanza para nuestro Dios, nuestro Padre, que ha mostrado tanta misericordia en su Hijo Jesucristo, que Él nos permita reconocernos alternativamente en estos dos hermanos y volver, a impulsos de la Cuaresma que la Iglesia nos ofrece, a celebrar plenamente su Pascua y su banquete.

Amén.