K025007a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20020301

Título: Dios somete a su imperio y a su reinado incluso a las fuerzas del pecado

Original en audio: 14 min. 49 seg.


Vamos a compartir alguna reflexión sobre estas lecturas de la Cuaresma, del viernes de la segunda semana de Cuaresma; porque en la Cuaresma la Iglesia nos invita de manera más intensa a escuchar, podría decirse, a escuchar con el corazón la Palabra de Dios.

Y en cierto sentido son lecturas especiales, porque son lecturas que nos quieren llamar a la conversión, a abrirle una puerta a Dios.

La primera lectura es el comienzo de la historia de José. Hay tantas cosas tan lindas en esa historia, que yo le pido al Espíritu Santo que me ayude para que pueda hablar bien y para que podamos escuchar bien todos.

Resulta que Jacob había tenido dos esposas, hijas de un mismo padre. Este señor se llamaba Jetró. Jacob, de acuerdo con la historia, trabajó para Jetró durante unos años, porque se había enamorado de una mujer llamada Raquel.

Pero Jetró, más bien tramposo, después de los años de trabajo le dice: "No, con esos años, la que le puedo dar por esposa es a Lía", otra de las hermanas. Entonces Jacob pues fue adelantando camino y aceptó a Lía, pero le dijo: "Bueno, y qué hacemos con el caso de Raquel", que era la que realmente le interesaba a él.

Entonces el suegro le dijo: "Eso sí te toca trabajar otro poco, hermano". Y tuvo que trabajar otros años, después de los cuales ya pudo recibir a Raquel como esposa suya.

Sabemos que en esos tiempos primitivos pues las cosas eran de esa manera: tiempos. en cierto sentido, semisalvajes, en que se presentaban estos casos, ¿no? La mujer era casi un objeto de venta y de compra.

Pero lo interesante es que Jacob siente una diferencia entre Lía y Raquel. Lía es lo que se ganó con un trabajo, Raquel es la mujer que él amó. Y José es el hijo de la mujer que él amó.

Jacob, de acuerdo con la traducción del Génesis, tuvo doce hijos. De esos doce hijos, diez fueron con Lía y dos fueron con Raquel. Los diez que tuvo con Lía fueron todos aquellos: Rubén, Isacar, Neftalí,Judá, Zabulón, todo esos, fueron hijos con Lía. Con Raquel tuvo dos hijos, que fueron: José y Benjamín; Benjamín fue el último de todos.

Entonces José no era el primogénito, el primogénito era Rubén; José no era el primogénito, pero José sí era el primogénito de Raquel.

Es decir, en el corazón de Jacob, el hijo, hijo, era José, ese era su primogénito, porque era el hijo que había nacido, no de la pasión, sino del amor, no de la necesidad, sino de la ternura, del cariño. Y por eso Jacob le tenía ese amor a José, y José sentía ese amor particular de su padre Jacob.

Esto también explica por qué los demás hijos le tenían tanta envidia. En primer lugar porque no eran hijos de la misma madre, y en segundo lugar porque se notaba que Jacob, en todo lo que tuviera que ver con Raquel y con los hijos de Raquel, ahí sí el corazón se le volvía de caramelo. Realmente, era el preferido de su padre.

Ahí entendemos una primera cosa, y es: aquello que nace del amor, la grandeza de lo que nace del amor, la belleza de lo que nace del amor y el poder que tiene el amor. Un poder que es más grande que el poder incluso de las leyes o el poder de la pasión".

Jacob había conocido las costumbres de la época que le daban la primogenitura a Rubén. Jacob había conocido el deseo, la pasión, porque por algo le había engendrado diez hijos a Lía.

O sea, él sabía de la pasión sexual, él sabía de las leyes, de las costumbres; pero lo que tuvo realmente peso en su corazón fue el amor; el amor está como por encima, se podría decir, de eso, va más allá de eso.

Ese es José. Los hermanos se burlaban de José y lo llamaban "el soñador", porque José tuvo unos sueños. Él se imaginaba rodeado no solamente del afecto de su papá, sino rodeado del afecto y la veneración de los hermanos.

Y de una manera un poco ingenua les contaba esos sueños a los hermanos: "Que yo tuve un sueño y en ese sueño mi espiga quedaba en pie y todas las espigas de ustedes se inclinaban ante mí", claro, eso tenía que alborotar la envidia de los hermanos.

Él era el soñador. pero ese calificativo que servía como de desprecio hacia José, a mí no me parece tan feo. Porque el sueño de José, lo que él estaba buscando, ¿qué era? Reconocimiento, amor, honra. Y en ese sentido ¿quién no es un soñador? ¿A quién no le gusta verse rodeado de amor y rodeado de reconocimiento? Que le reconozcan a uno lo que uno es, lo que uno vale, todos lo necesitamos.

Y muchas veces las amarguras que llevamos en esta vida es porque no recibimos el amor que quisiéramos, o porque no recibimos el honor, el reconocimiento que esperaríamos. Por eso, ese nombre de José, también es una enseñanza para nosotros, porque esos sueños de José de alguna manera los tenemos también nosotros.

Y otra enseñanza, la última que quiero compartirles hoy. Resulta que, ustedes ven cómo a José lo maltrataron, lo iban a dejar ahí que se muriera en ese pozo y después lo vendieron como esclavo a unos comerciantes. ¿Ahí qué obró? Pues ahí obró la envidia de los hermanos de José y la codicia de estos comerciantes.

Los hermanos de José no vieron a una persona en él, sino vieron un problema, vieron un fastidio, no vieron a una persona. Y los comerciantes tampoco vieron a una persona, sino vieron un negocio, vieron una mercancía.

Es decir que José llegó a Egipto ¿por causa de qué? Por causa de la envidia y por causa de la codicia; la codicia y la envidia. Podemos decir que la codicia y la envidia fueron las que enviaron a José a ese destino terrible de esclavo en Egipto.

Pero en el Salmo que hemos proclamado, fíjate esta frase que se dice, recordando las maravillas que hizo el Señor: "Por delante había enviado a un hombre" Salmo 105,17. El Salmo, que es el Salmo 105, nos dice que José fue un enviado de Dios, que fue Dios el que lo envió a Egipto.

Porque ustedes seguramente recuerdan el desenlace de la historia: luego José alcanzó una gran importancia en Egipto y fue el que salvó a Egipto de morir de hambre. Y luego fue el que salvó a sus propios hermanos de que murieran de hambre. Porque los propios hermanos tuvieron que ir a Egipto a buscar alimento.

¿Qué es lo que quiero destacar yo? Que si uno mira las cosa, digamos, si uno mira la película así como nos la contó el Génesis: el odio que le tienen, el fastidio, la envidia. Luego lo venden a esos comerciantes que ven en él una mercancía, una moneda, y el tipo que acaba allá como esclavo en Egipto.

Si uno mira las cosas así uno dice: "Esa vida es una vida marcada, señalada por el odio, señalada por la maldad, dirigida por los poderes de las tinieblas, una vida como se dice "salada", una vida de malas.

Pero, pasa el tiempo, y el Salmo, fíjate lo que nos dijo: "Fue Dios el que envió a José" Salmo 105,17. Eso no quita nada a la gravedad del pecado de los hermanos o a la gravedad del pecado de los traficantes esos que lo compraron y lo vendieron.

Lo que quiero destacar yo es cómo uno a veces se queda mirando la vida solamente en las intenciones humanas y en la gente que le ha hecho mal o que ha querido hacerle mal a uno. Y la historia de José nos muestra, como dice el refrán, que Dios escribe derecho en renglones torcidos. Los renglones son torcidos porque ahí hay odio, ahí hay envidia y ahí hay codicia. Los renglones son torcidos.

Es una vida marcada por la maldad, pero es una vida en la que Dios ya estaba obrando. Es la cosa más misteriosa del mundo. ¿Cómo es posible que Dios estuviera enviando a José hacia Egipto a través del odio, a través de la envidia y a través de la codicia? Pero la Biblia dice: "Era Dios el que lo estaba enviando a Egipto".

Uno se rompe la cabeza, pero de ahí podemos a aprender dos cosas. La primera es que uno nunca debe quedarse mirando sólo las intenciones humanas. Por encima de las intenciones humanas Dios escribe una historia que muchísimas veces, mejor dicho, si estamos unidoa a Él, siempre será una historia de amor y de salvación. Eso es lo primero.

Y lo segundo: resulta que la envidia y la codicia estaban obrando, eso nadie lo niega, pero estaban obrando en el plan de Dios.

Podemos personificar el espíritu de envidia y el espíritu de codicia, y podemos imaginarnos al mismísimo diablo tratando de destruir a José y gozándose de verlo maltratado, humillado, olvidado. Pero ahí ese diablo tiene que obedecer a Dios. Y esa es la parte majestuosa del relato.

No solamente que Dios escribe derecho en renglones torcidos, sino que Dios obliga a los renglones torcidos a escribir derecho. Es decir, Dios somete a su imperio y a su reinado incluso a las fuerzas del pecado.

Por eso no hay que asustarse, aunque uno a veces se descorazona viendo tantas maldades y tantos problemas, o adentro de uno o afuera de uno en el mundo. Pero no hay que descorazonarse, no hay que desanimarse, porque Dios es tan grande, es tan sabio, es tan poderoso que incluso pone a los demonios a que le sirvan. Y tienen que servir al plan de Dios.

Hay una anécdota de la Edad Media, ahora que vemos consumirse esta vela. Estaba Santo Domingo de Guzmán, nuestro fundador, leyendo la Biblia y algún libro espiritual a altas horas de la noche, y se iluminaba con un mechón.

Mientras Santo Domingo estaba en ese ejercicio piadoso se le apareció el diablo; entonces Santo Domingo cogió el mecho ese y le ordenó al diablo: "usted ahora, en nombre de Cristo, me sostiene esto para que yo pueda seguir leyendo".

Una historia medieval, pero que tiene una enseñanza tan linda: "En el nombre de Cristo, usted se somete, usted se somete". En el fondo es lo que dice Filipenses: "Delante de Él toda rodilla se dobla, toda rodilla se dobla" Carta a los Filipenses 2,10.

Y eso es lo que sucede aquí. "¡Ay, qué codicia tan horrible! ¡Ay, qué odio tan espantoso! ¡Uy, qué gente tan envidiosa!" Pero esa envidia, como ese demonio que se le apareció a Santo Domingo, tiene que obedecer al plan de Dios. Ahí verá uno si es tonto y cierra los ojos ante esa maravilla, pero la Biblia nos está enseñando que eso es así.

Tengamos pues confianza en el plan de Dios porque la máxima manifestación de la Providencia y de cómo Dios saca bienes de los males no es la historia de José, sino la historia de Jesús. Ahí sí fue un destierro peor, porque no fue el destierro a Egipto, sino el destierro a los terrenos de la muerte, y ahí brilló de modo supremo el poder y la gloria de Dios.