K025002a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970228

Título: La inmensa miseria humana y la infinita misericordia divina

Original en audio: 6 min. 10 seg.


José, vendido por sus hermanos, un hijo del propietario muerto para conseguir la herencia; Jesús, crucificado por su pueblo. En verdad las lecturas de hoy tienen el sello, la característica del viernes.

Cada uno de los viernes de Cuaresma va anunciando ese viernes definitivo en el que Jesús, como un verdadero José, es enviado por sus hermanos a Egipto.

En el que Jesús, como el hijo de este propietario, es muerto por los que tenían en arriendo la viña. Lo que quiere la liturgia de la Iglesia es que al escuchar estas lecturas, nuestro corazón se vaya preparando para escuchar la terrible iniquidad de la Cruz y el terrible amor de la Cruz.

Prepararse para el Viernes Santo es preparar el corazón para las dimensiones de la miseria humana y para las dimensiones de la misericordia divina. Prepararse para el Viernes Santo es comprender la terrible injusticia de los hombres y la hermosa Providencia de Dios.

Sabemos el desenlace del relato de José, aunque en estos capítulos veamos cómo se amontonan las injusticias sobre su cabeza, luego descubriremos que había un plan de Dios.

Será precisamente José el que salve a sus hermanos. Traicionado por ellos, por ellos ofendido y vendido, sin embargo su historia maltratada está en la historia de salvación que Dios escribe.

En pocas veces en la Sagrada Escritura queda tan claro que Dios escribe derecho en renglones torcidos.

Hay que saber que están torcidos y retorcidos los renglones del corazón humano, pero hay que saber que están derechos y justos y bellos los escritos de Dios.

Hay que saber que nuestros propios renglones, las torceduras, los traumas, las heridas, los pecados de nuestra vida, están retorcidos, pero hay que aprender a creer que en esos caminos tortuosos, Dios escribirá también en mi vida, escribirá con letra hermosa y con palabras derechas y bellas su amor.

Y hay que creer que en medio de las injusticias que azotan, que debilitan, sin duda, a la Iglesia y a las comunidades religiosas, también allí Dios escribe con belleza, con sencillez, con humildad y con firmeza sus palabras de salvación.

De este modo, semana a semana nuestro corazón se va disponiendo para escuchar la verdad de la Cruz.

El que se quede mirando sólo los renglones retorcidos, dirá: “Perdido está este caso”, y el que quiera olvidarse de esos renglones y mirar solamente la caligrafía divina, dirá: "Nada importa de lo que se haga, sólo importa la obra de Dios”; pero hay que aprender a mirar las dos cosas y las dos las encontramos en la sangre que se consagra en la Eucaristía.

Esa sangre es escandalosa como las injusticias humanas, pero es también por oráculo pregonero de la bondad y del amor divino. En su escándalo cuenta hasta dónde puede llegar la maldad del hombre, pero en su rojo brillante anuncia hasta dónde puede llegar el amor de Dios.

Es una sangre que se ha hecho salir a golpes, a látigo, a fuerza de miedo, de terror, de traición, pero es una sangre que se ha hecho salir como donación, como ofrenda, como intercesión como sacrifico expiatorio.

Cuando comulgamos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, comulgamos en la verdad de Dios y en la verdad del hombre para ya no juzgar a nadie, para no condenar ni vender a nadie, para no pedir sino ojos redentores teniendo una Víctima de tan alto precio.