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Fecha: 19960308

Título: El sacrificio de Cristo en la Cruz no esta aislado de la historia de los hombres

Original en audio: 9 min. 35 seg


Estamos avanzando, junto con Jesucristo, por estos días de reflexión y de conversión, por estod días de desierto y de penitencia, por estos días en que la Iglesia nos invita a escuchar con más frecuencia, pero sobre todo con más intensidad, la Palabra de Dios.

No se trata de oír un mensaje nuevo, sino de oír nuevamente el mensaje que nos salva, o mejor todavía, se trata de oír, de una manera nueva, el mensaje que hemos escuchado desde antiguo, y por el cual somos salvos, si es que el Evangelio permanece en nosotros, como decía San Pablo en algunas de sus cartas.

En el caso de hoy, lo mismo que los demás viernes de Cuaresma, la mirada se dirige muy espontáneamente hacia Cristo y hacia el final de su vida con un énfasis particular en este segundo viernes, y es que el Cristo traicionado, el Cristo torturado, el Cristo envidiado tiene sus antecedentes y sus consecuentes.

Este Cristo ya estaba anunciado, ya había empezado a padecer, podríamos decir, en la persona de todos los justos injustamente perseguidos; podemos decir que este Cristo ya había hecho su aparición en la historia, desde que hubo ese primer débil e inocente que fue envidiado y asesinado por su hermano.

Predican los Padres de la Iglesia sobre este misterio de Cristo que ya hizo su aparición en la historia de los hombres desde mucho antes de encarnarse en las entrañas de María.

Y si uno revisa la Escritura, pues podrá decir con alguno de estos Padres de la Iglesia, uno podrá decir que Cristo ya estaba presente en ese Abel cuya sangre gritó justicia al cielo; este Cristo ya estaba presente en el José del que se nos ha hablado hoy, víctima de la envidia de sus hermanos; este Cristo ya estaba presente cuando David es perseguido y acosado por Saúl; este Cristo ya estaba presente en todas la insidias y en los lazos tendidos a Jeremías.

Pero ninguno de los crímenes cometidos contra estos hombres justos, contra estos hombres de Dios, ninguno de esos crímenes se equipara al cometido contra Jesucristo, y por eso dice Jesús que los que habían venido antes de Él eran como criados del Padre Celeste, eran como enviados por Él, pero no eran todavía su Hijo.

La expresión del dueño de la viña, la expresión del Padre Dios, es dramática: "Por lo menos a mi hijo lo respetarán" San Mateo 21,37. Pues bien, ni siquiera el Hijo fue respetado.

La historia no acaba ahí, porque después de Cristo también los Apóstoles son irrespetados y también los mártires; porque después de Cristo también los pobres son oprimidos y marginados, porque también después de Cristo sigue habiendo inocentes envidiados y perseguidos .

La eseñanaza entonces es que el sacrificio de Cristo no está aislado en la historia de los hombres, sino simplemente es el punto más denso del amor, es el punto más denso de la inocencia y es también el punto más denso de la injusticia cometida contra Él.

Cristo aparece en las lecturas de hoy como solidario de todas las injusticias, aparece como el representante, en cierto modo el vocero de todos aquellos que como Él han sido perseguidos, han sido torturados, han sido crucificados.

Cristo no está solo en su dolor, Cristo no es el único que ha recibido esos oprobios, esos insultos, esas soledades; y esto también significa que nosotros seguimos encontrando a este Cristo en nuestra propia historia, y que no podemos venerar, agradecer y adorar a Jesús, al Crucificado, olvidándonos de los crucificados.

Que no podemos agradecerle su sacrificio sin agradecer también todos los esfuerzos que se hacen por superar la injusticia; que no podemos amar a este Cristo, probablemente con inmensa ternura y con inmensa poesía, sin también reconocer la generosidad de corazón que hay en tantos corazones, que hay en tantos que sufren injusticias, envidias, mentiras, soledades.

Todavía podemos dar un paso más si caemos en la cuenta de que en cada una de nuestras vidas hay también un algo que ha padecido esa injusticia; en cierto modo nosotros somos amigos y padres o madres de nosotros mismos; pero en otro modo también somos enemigos de nosotros.

Cristo es no sólo representante y defensor de la justicia para bien de todos los que padecen injusticia. Cristo también es salvación para nosotros de nosotros mismos.

A ver, trato de explicarme. ¿Quién ha dañado muchas veces la plana en nuestras vidas? Nosotros mismos.

A veces pienso que debajo del peso de los pecados y de los errores y de los egoísmos que ha tenido mi vida, allá sigue estando una especie de, llamémoslo así, de Nelson bueno, de Nelson santo, que no ha podido surgir porque esta aplastado, porque está encadenado, porque está sujeto por las injusticias, por los pecados míos.

Por eso también la invitación es hoy a imaginarse qué pasaría si nos quitamos ese peso de encima. Cristo viene a nuestras vidas a decirnos, también hoy, que el pecado no somos nosotros, que una cosa es usted con todos los pecados que tiene encima, y otro cuento hubiera sido usted si le quitamos todas esas injusticias y todos esos males, si le quitamos todas esas heridas que otros nos han causado o que nosotros mismos nos hemos hecho.

Cristo viene a defender en cada uno de nosotros aquello que ha sido inocente y que ha sido víctima, y en el fondo la santidad ¿qué es? Es como ese dejar aparecer, dejar aflorar lo más auténtico, lo más santo, pero también lo más frágil, lo más débil que hay en nosotros.

Uno le tiene miedo a ser demasiado bueno, porque entonces los demás se van a aprovechar, porque entonces uno va a resultar inútil para ganar en este mundo tan competitivo, tan difícil, tan duro.

Pero viene la palabra de Cristo a nosotros para que no nos dé miedo estar débiles en el bien y ser buenos, para que no nos dé miedo estar desarmados, aunque todos tengan armas; para que no nos dé miedo ser inocentes, aunque todos los demás pretendan aprovecharse de esa inocencia.

Es una invitación a vivir en carne viva como Él, y a saber que si llegan a herirnos, si llegan a causarnos llagas, esas serán glorificadas como las de la Pascua de Jesucristo.

Que venga Él a nuestras vidas, entonces, en esta Eucaristía, que nos permita reconocerlo en los crucificados de la historia, y que nos permita permanecer en inocencia y en carne viva para gozar de su Pascua.