K024006a

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Fecha: 20100304

Título: Es en tiempos de sequedad cuando aparece la verdad de cada corazon.

Original en audio: 10 min. 53 seg.


Un tema que era bastante común, o es bastante común en la sabiduría judía, es la comparación de los dos caminos. Ese contraste aparece, por ejemplo, en la primera lectura de hoy tomada del Profeta Jeremías.

El salmo que nos ha servido de respuesta, el Salmo número uno, es también un salmo de los dos caminos. Básicamente de lo que se trata es de hacer una comparación en el destino de dos personas: unos que toman una opción, y otros otra. Y la diferencia está en que unos aceptan el mensaje, la enseñanza de Dios, y otros la rechazan.

También Nuestro Señor Jesucristo hizo esa clase de comparación de varias maneras. Por ejemplo, dijo: "Cuando una persona escucha estas palabras y las pone en práctica, es como aquel que edifica sobre roca; y el que no las pone en práctica, está edificando sobre arena" (véase San Mateo 7,24-26).

Otro contraste que hizo el Señor, fue entre "la senda amplia, espaciosa, que lleva a la perdición, y el camino empinado, arduo, que lleva a la salvación" (véase San Mateo 7,13-14).

Además, el evangelio de hoy, que hace el contraste entre ese rico, egoísta, que tiene toda su felicidad en esta tierra, y Lázaro, que no tiene sobre esta tierra aparentemente nada" (véase San Lucas 16,19-20), pues, también muestra los dos caminos: en dónde termina cada cual.

De la primera lectura yo quisiera destacar que Jeremías dice qué va a suceder cuando llegue la sequía. Algo parecido es lo que manifiesta Cristo: ¿Qué va a suceder cuando llegue el vendaval contra aquella casa que cada uno construyó? Unas casas van a resistir y otras no.

Asimismo dice Jeremías: "Cuando llegue la sequía hay un árbol que no se preocupa, que sigue frondoso y que sigue dando fruto" (véase Jeremías 17,8), mientras que el otro "se reseca y se vuelve sólo espinas" (véase Jeremías 17,6).

Pero, lo interesante, lo que quisiera destacar hoy, es que cuando no ha llegado la sequía, si hay lluvias abundantes para todos, si la lluvia y el agua son suficientes para todos, no se ve diferencia entre uno y otro. Si hay abundante agua, entonces el árbol del desierto también florece y parece no tener ningún problema. Es en la sequía donde se ve la diferencia.

Lo mismo en el ejemplo de las dos casas: mientras el clima está bueno y no ha llegado la riada, el vendaval, pues, resulta que las dos casas se sostienen y nadie nota la diferencia: ambas parecen igualmente buenas.

Sin embargo, cuando llega la dificultad en el caso del evangelio ése de Cristo, cuando llega el vendaval, ahí sí se ve qué casa estaba bien hecha. Y en la propuesta, en el ejemplo que propone Jeremías, cuando llega la sequía, ahí es donde se ve cuál es el árbol que sigue en pie, que sigue dando fruto, y cuál es el que no.

Es decir, la enseñanza completa parece ser: en los tiempos buenos y prósperos, todos parecemos buenos y prósperos. Mas, lo grande, lo virtuoso y lo valioso, es seguir siendo próspero y seguir siendo bendecido y fecundo, cuando llega la dificultad.

Es ahí donde aparecen las diferencias. En el lenguaje de San Ignacio de Loyola: "En tiempos de consolación todos somos virtuosos. En cambio, en tiempos de tentación, de sequedad, en tiempos de persecución, en tiempos de desolación interior, ahí es donde aparece la verdad de cada corazón".

Parece que esta es la virtud propia del desierto. Por algo dijo Dios por boca del Profeta Oseas: "Yo llevaré a mi pueblo al desierto y ahí le hablaré al corazón" (véase Oseas 2,14).

Porque, en el desierto, en la sequía, en la dificultad, ahí es donde aparece la verdad, ahí es donde se ve sobre qué cimiento está cada vida.

¿Cómo podemos aplicar esta enseñanza a nuestra propia historia, a nuestro propio camino? Pues, lo podemos aplicar de dos o tres maneras. Una es mirar y conocer, escrutar nuestro corazón en tiempos de dificultad.

Repito, en tiempos de prosperidad y de abundancia, todos somos buenos. Hay que conocer el propio corazón cuando sufre contradicciones. Hay que conocer el propio corazón cuando somos exigidos, cuando nos piden esa milla adicional.

Dice Jesús: "Al que te pida una milla, acompáñalo dos" (véase San Mateo 5,41), refiriéndose a esa costumbre tan fastidiosa que tenían los soldados romanos.

Sucede que los romanos pedían a veces, exigían a los campesinos, por ejemplo, en Galilea, que les llevaran el equipaje, y ese equipaje pesaba quince, veinte kilos en peso de hoy.

Los soldados éstos, cansados de llevar sus armas, sus sandalias y su ropa, o lo que llevaran, entonces tomaban a cualquier campesino y lo obligaban: "¡Oye, tú! Acompáñame; llévame esto", para ellos seguir caminando más livianos.

Cuando llega ese momento del favor inesperado, de la caridad como obligada, lo que lo saca a uno de sus planes, de lo que uno quería hacer, cuando llega el momento de la ofensa, el momento de la prueba, es ahí donde uno puede conocer el propio corazón.

Y ésta es una gran enseñanza, porque en ese conocimiento de uno mismo, dice Santa Catalina de Siena, ahí está el comienzo de la vida cristiana. Ahí está el comienzo de la sabiduría: en conocerse uno.

Otra manera de aplicar esta enseñanza a nosotros, es darnos cuenta en las vidas de los santos, que ellos precisamente han florecido más en tiempo de mayor dificultad: es ahí donde su fe se ha vuelto más pura, es ahí donde su amor se ha mostrado genuino.

Por eso la Iglesia desde antigua, ha celebrado a los mártires. Lo hermoso de la vida del mártir, lo grandioso, es que en ese tiempo de persecución y de odio, ha dado prueba de fidelidad al Señor y de amor al prójimo.

Entonces, esta reflexión nos ayuda a encontrar qué es lo que hay que admirar, qué es lo grandioso en la vida de estos santos.

Finalmente, podemos aplicar esta enseñanza para darnos cuenta de que la verdadera virtud, la virtud que soporta la prueba, es aquella en la que toda la fuerza está puesta en Dios.

Es decir, esta es una advertencia saludable para que no pongamos nuestra confianza en nuestras propias fuerzas, porque ésas se acaban en el momento de la verdadera dificultad.

La paciencia que uno tenga solamente por temperamento, ésa se le acaba a uno. Lo que uno ha conseguido solamente por razonamientos de la propia cabeza, éso se le acaba a uno. la caridad que uno tiene simplemente porque le gusta ser buena persona, éso se le acaba a uno.

La única caridad que queda es la que tiene su fuente en el agua viva, en el amor de Dios: ésa es la única que queda. La única paciencia que realmente queda, es la que tiene el motivo sobrenatural, por ejemplo, de unirse a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Lo demás, lo que uno tenga sólo por temperamento, por razonamientos, por ideas, éso, lo que es puramente humano, éso se cae como "se cae el follaje del árbol que está plantado en el desierto y se queda sin agua".

Que Dios nos mueva a confiar más plenamente en Él, a conocernos mejor, y a aprender qué es lo verdaderamente admirable en sus amigos, los santos.

Amén.