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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20060316

Título: Los frutos de cultivar la conciencia y la oracion

Original en audio: 16 min. 35 seg.


A veces uno piensa que la conversión es el fruto de los prodigios, los milagros: por ejemplo, que un muerto resucite. El rico razonaba de esa manera. Él decía: "Pues si a mis hermanos, que llevan la misma vida que yo antes llevaba, se les aparece un muerto, eso los tiene que cambiar" San Lucas 16,27-30.

Y Jesús sin embargo dice: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto" San Lucas 16,31.

Esto confirma lo que ya oímos en la primera lectura: que el corazón humano es muy extraño. Y yo sé que eso es así, porque en otras oportunidades he contado esta historia que me sucedió. Este es un hombre ateo, profesor universitario, con el que tuvimos unas largas conversaciones, precisamente por el ateísmo de él. No creía en nada, y finalmente yo no pude convencerlo.

Él siguió en su ateísmo, pero pasó una cosa interesante. Tenía una niña pequeña y me dijo: "¿Usted le podría dar una bendición a la niña?" Por supuesto que esa es una contradicción; de ahí que la primera lectura diga: "¿Quién entenderá el corazón humano?" Jeremías 17,9. ¿Cómo le dice a un sacerdote que bendiga a la niña?

Entonces vamos al cuarto de la niña ya tarde en la noche, porque las conversaciones eran largas. Hago yo una pequeña oración, una cosa más bien breve, y después él me cuenta, que mientras estábamos haciendo la oración, él vio como una especie de anillo de luz, como una cosa luminosa que bajaba sobre la cuna de la bebita.

Claro, yo esperé que él dijera: "¡Ahora creo en Dios!" Pero lo que dijo fue: "¡Qué cosa tan rara! Yo nunca había visto que pasara eso. "No dijo: "Yo creo en Dios", y hasta donde llegan mis noticias, el hombre sigue ateo.

O sea que el corazón humano es extraño. Uno puede ver cosas maravillosas, como ese hombre ateo vio ese anillo de luz que yo ni siquiera vi, y uno puede ser terco, uno puede ser obstinado.

Aunque la evidencia grita que Dios existe y es amoroso, es santo y es grande, uno puede ser obstinado. Aunque la evidencia grita, que hay que cuidar a la familia, que hay que proteger al amor humano, que hay que cuidar a los niños y que hay que respetar la vida, el corazón humano es obstinado.

Y hay gente que sigue diciendo que se puede hacer cualquier cosa, que hay que dar plena libertad, con tal de que cada uno sepa qué es lo que está haciendo. Se está destruyendo el matrimonio, se está destruyendo la familia, la evidencia es clara, y sin embargo somos obstinados. El corazón humano es extraño.

El corazón humano es extraño, porque puede ser obstinado, puede resistirse. El mismo Jesús se encontró con eso. En una ocasión curó a un hombre que tenía una mano tiesa. Lo curó en una sinagoga.

Una persona que visiblemente había estado paralizada por tantos años, y Jesús la cura. Eso sería como para convertirse. Pero los adversarios de Jesús sacaron una conclusión: "Hay que deshacerse de este tipo porque está haciendo muchos milagros".

Y ustedes recuerdan a otro Lázaro; -hoy se mencionó un Lázaro en el evangelio-; hay otro Lázaro, que fue el que había muerto y Jesús lo resucitó, en el sentido de volverlo a esta vida. Eso está en el capítulo once del evangelio de Juan.

Y usted sabe una cosa; en ese mismo evangelio leemos, que hubo gente que sacó una conclusión: "Este es el Mesías, el Hijo del Dios vivo" San Juan 11,45.

Pero otros sacaron otra conclusión: "Hay que matar a Jesús" San Juan 11,47-53, y "hay que rematar a Lázaro, hay que rematar al que acaban de resucitar, porque si sigue por ahí vivo, la gente va a recordar que él fue resucitado; hay que matar al que acaban de resucitar" San Juan 12,10-11.

Hermanos, eso demuestra que el corazón humano puede ser terco, puede ser obstinado. Pero hay una buena noticia. Uno también puede ser obstinado en afirmar que Dios es. Así como uno puede ser obstinado en el mal, uno puede ser obstinado en el bien.

Cuando terminó la segunda guerra mundial, quedó a la vista del mundo todo el horror de los campos de concentración, los campos de exterminio que los nazis habían hecho para acabar con el pueblo judío. Pero además de esa monstruosidad, también salieron a la luz muchos actos pequeños y grandes de heroísmo y de fe.

En una de las prisiones oscuras, en uno de los calabozos más oscuros de un campo de concentración, encontraron una oración escrita por uno de esos judíos que fue llevado a la muerte.

Esas palabras se volvieron tan famosas, que yo me las he encontrado en distintos afiches o pósters; son una oración preciosa. Dice: "Yo creo en el sol, aun cuando no brilla, y yo creo en Dios, aun cuando no lo siento". Ese también es un obstinado, pero un obstinado en el bien.

Porque así como uno puede ser obstinado en el mal, -como la persona que está viendo el milagro que Dios le da de amor por su hija y dice que Dios no existe-, la buena noticia es que podemos ser obstinados en el bien.

Ese pobre judío que estaba ahí, que seguramente fue martirizado o fue llevado a la muerte en una cámara de gas, ese hombre en la oscuridad de ese calabozo, cuando todo le está gritando "Dios no existe", él es obstinado, pero obstinado en el bien. Y eso es lo que nos ha presentado también la primera lectura: cómo ser obstinados en el bien.

¿Qué es ser obstinado en el bien? Ser obstinado en el bien es tener un pasaje secreto, un camino secreto de encuentro con la Fuente del agua viva. Ser obstinado en el bien es lo que le sucede al árbol, que aunque hay una terrible sequía, nadie sabe un secreto: ese árbol tiene una raíz que llega hasta la fuente. Por eso, aunque el clima esté reseco, ese árbol sigue con sus hojas verdes.

Eso fue lo que hicieron los mártires. Ellos daban flor y fruto. La flor era la alabanza para Dios, y el fruto eran los actos de amor a Dios y al prójimo.

¿Y cómo los mártires en tiempos de persecución podían dar flor y fruto, si todo estaba reseco, si lo único que había era indiferencia, odio, crueldad? ¿Cómo pueden dar fruto?

Es que ellos tienen conexión secreta; ellos tienen un canal secreto; ellos tienen una raíz escondida. Si nosotros hacemos crecer esa raíz escondida y tenemos ese canal secreto con la Fuente del agua viva, también nosotros seremos obstinados en el bien.

Porque cada vez, hermanos, cada vez parece más absurdo ser creyente. Cada vez parece más absurdo ser sincero. Cada vez parece más absurdo ser puro, ser orante, ser fiel. Todo eso parece absurdo.

A mucha gente le parece absurdo y le parece tonto, que nosotros tratemos de ser buenos, tratemos de ser justos y tratemos de ser honrados. Parece que la honradez, la fidelidad, la sinceridad, la humildad no son virtudes sino taras, estupideces.

A veces nos hacen sentir así. Parece que este mundo estuviera en manos de los orgullosos, los que son capaces de traicionar a cualquiera, los que prometen y no cumplen, los que engañan, los que aplastan a los demás. Esos son los dueños de este mundo.

Por consiguiente, si uno pretende ser humilde, honrado, sincero, puro, orante, uno parece que es un tonto, y entonces uno es despreciado. El ambiente en el que estamos, es un ambiente de verdadera sequía, de sequía de las fuentes vivas.

Pero nosotros no nos vamos a marchitar, porque nosotros estamos cultivando la raíz secreta, la conexión secreta para ser obstinados en el bien. Y ustedes van a recibir una bendición maravillosa en sus familias, si ustedes aprenden a ser obstinados en el bien, tercos en ser buenos, tercos en ser orantes, obstinados en ser humildes, obstinados en ser generosos, sinceros y puros.

¿Y cuál es esa conexión secreta? La conexión secreta tiene dos nombres que son uno solo. Una es la que Juan Pablo Segundo llamaba el santuario de la propia conciencia, que tiene que ver con lo que Jesús nos dijo en el evangelio: la ley y los profetas. Esa es parte de la conexión secreta. Y la otra parte es conocida de todos los Santos; no es otra cosa sino la oración. La oración es el secreto.

Cada vez que Dios quiere renovar a la humanidad, le manda un solo mensaje: "¡Oren!" ¿Se han dado cuenta de eso? ¿Cuáles han sido los tiempos en que la humanidad ha dado pasos hacia adelante? Han sido los tiempos de oración.

Después de que el Imperio Romano se vino a pique en el siglo quinto, ¿de qué manera se pudo conservar lo que quedaba de esa civilización, y cómo se pusieron los cimientos para un nuevo orden? A través de la oración de los monjes. En los monasterios y en las oraciones, ahí se renovó.

¿Dónde están las fuerzas que defiendan a la familia, tan maltrecha en nuestro tiempo? En los grupos de oración, allí donde se ora. Muchas familias podemos salvar, si tienen una conexión secreta.

La conexión secreta que llega hasta la corriente de agua viva, es la oración. ¿Por qué la oración? La oración es darle a Dios la oportunidad de que diga una palabra en tu vida. Y la palabra que Dios va a pronunciar en tu vida, es una palabra de salvación, es una palabra de amor y de redención.

Pero no olvidemos la otra parte del secreto, la conciencia. Si uno verdaderamente hace silencio, si uno hace pausa, y si uno procura realmente escuchar, entonces se cumple lo que dijo el evangelio: "Al que llama se le abre" San Lucas 11,10.

Dios no deja en suspenso a los labios suplicantes. Pídele a Dios de corazón y en silencio, pídele a Dios: "Quiero conocerte. Quiero saber qué es ser amigo tuyo, y no quiero esconderte nada".

Personalmente, amigos, yo no he encontrado ninguna frase que me resulte más tranquilizadora, más liberadora, que ponerme delante de Jesús, por ejemplo, en el Santísimo Sacramento, mirarlo a veces con vergüenza, porque soy un pecador, a veces con gratitud, porque he recibido tantísimo de Él, mirarlo como mira uno un amigo a los ojos y decirle: "No quiero esconderte nada. Quiero ser un libro abierto ante ti".

Jesús en la Cruz es un libro abierto que nos muestra sus llagas. Cuando nosotros nos encontramos con Jesús, tenemos que ser otro libro abierto, y tenemos que mostrarle nuestras llagas.

La oración es el encuentro de dos libros abiertos. Yo le digo a Jesús: "Aquí están mis llagas", y Jesús me dice: "Y aquí están mis llagas". Las llagas de Él establecen una corriente secreta de amor con las mías, y así soy capaz de vencer a la sequía.

Pero si ustedes quieren conocer sequía espiritual, vayan al país donde estoy viviendo. Yo estoy viviendo en Irlanda. Irlanda, como la mayor parte de Europa, está en una sequía espiritual espantosa. ¡Espantosa!

Y por eso, esto que les estoy diciendo, no es un discurso que me aprendí esta mañana para que me saliera bonita la homilía. Esto es lo que me está sosteniendo a mí. Esta es mi vida, esta conexión secreta, este manantial de amor que refresca mi corazón y que hace que yo pueda decir: "Creo en Jesucristo y lo adoro como mi Señor y mi Salvador".

Hermanos, vamos a seguir esta celebración. Les invito a que vivan con gratitud su fe, y les invito a que en toda ocasión cultivemos ese doble secreto: la conciencia: "Voy a oír a mi Señor, voy a oírlo. Voy a oírlo, voy a abrirme a Él", y orar.

Entonces tú, con ese canal secreto de amor, resistes lo que sea.

Amén.