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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20010315

Título: Aprender a oir la Palabra

Original en audio: 15 min. 41 seg.


Esta palabra del evangelio seguramente ya la hemos oído otras veces; el peligro que uno tiene cuando ya ha oído varias veces un pasaje de la Biblia, es que uno cree que ya lo conoce, y entonces no pone toda su atención, no pone todo su corazón para recibir el alimento que Dios le da ahí.

Una manera de no caer en este peligro es buscar siempre, cada vez que escuchemos un pasaje de la Biblia, aquella frasecita, aquella palabra, aquel trozo que tal vez no le hemos puesto cuidado antes; escuchemos cada vez mejor la Palabra no vaya a ser que oyéndola mucho cada vez oigamos menos; hay que procurar, al contrario, que oyéndola mucho, cada vez la oigamos mejor.

Un ejemplo práctico con el evangelio de hoy; la historia la conocemos: un rico que comía a sus anchas, se daba buena vida y no tenía ojos para ese pobre que estaba a su puerta, y cuando murió fue cuando descubrió que tenía pobre, que tenía vecino.

Pero hay un detalle que tal vez no lo hemos reparado lo suficiente. ¿Cómo empezó el texto? "En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos" San Lucas 16,19.

Siempre es interesante saber a quién le hablaba Jesús en primer lugar. Esto es importante para nosotros porque los fariseos no son unos personajes que se quedaron en el siglo primero con Cristo, sino que tal vez nosotros también tenemos mucho de fariseos.

Tal vez conviene que nosotros miremos por qué Cristo habló de esta manera a estos hombres, porque así seguramente podemos abrir puertas escondidas de nuestro corazón y podemos decir a Cristo: "Entra aquí, sana aquí, ilumina aquí, convierte aquí".

Porque para eso es este tiempo de gracia, para que nosotros le abramos el corazón a Cristo y le digamos: "Aquí donde está esto podrido, emponzoñado, donde estoy muerto de miedo, donde no he podido entender, ¡sáname aquí!"

Si a uno se le pasa la Cuaresma sin encontrar esas áreas del corazón, perdió la Cuaresma, perdió su tiempo.

La Cuaresma es para eso y uno tiene que estar atento en llegar donde el médico y hablarle; cuando uno va al puesto de salud porque tiene una enfermedad o un malestar, uno no llega mudo porque es muy difícil que le adivinen qué le duele, qué problema tiene, desde cuando, cómo le empezó, en dónde le duele, si tiene fiebre.

Lo mismo nosotros: la Cuaresma es la enfermería de la Iglesia y tenemos que llegar a esta enfermería para hablar, para decirle al Señor Jesús que es el gran médico: "Estamos enfermos, Jesús; sánanos, conviértenos, límpianos; duele aquí, tenemos fiebre de esto o de lo otro; el mal empezó hace tanto tiempo".

Jesús hablaba a los fariseos, ¿quiénes eran los fariseos? Eran gente que se sentía muy segura de su salvación, aquí está la relación con la primera lectura que decía: "Maldito el que pone su confianza en el ser humano quitándosela a Dios" Jeremías 17,5, y el salmo decía: "Bendice a quien confía en el Señor" Salmo 1,1.

O sea que el tema de hoy es: ¿dónde estas poniendo tu seguridad? ¿De quién te estas fiando? Los fariseos se tenían por gente muy limpia, muy buena, muy sabia, muy santa, muy salva y que los demás eran unos pobres pecadores que se iban a consumir en el último infierno.

¿Y cuál era la gran certeza que tenían los fariseos? Ellos consideraban que eran los verdaderos hijos de Abraham, padre de todo ese pueblo de Dios. Pero los fariseos consideraban que ellos sí eran la verdadera descendencia de Abraham.

¿Y cuál es el lenguaje que utiliza este rico? Estando en el infierno, levantó los ojos, vio de lejos a Abraham y ¿qué le dice? "Padre, manda a Lázaro" San Lucas 16,24, él le dice: "Tienen a Moisés" San Lucas 16,29, el rico contestó: "No, padre Abraham" San Lucas 16,30.

Ese era el lenguaje de los fariseos. Ellos consideraban que tenían la salvación asegurada porque llamaban a Abraham su padre, y porque consideraban que eran sus verdaderos hijos, y en eso tenían puesta su esperanza y su confianza.

Y Jesús lo que esta mostrando es: pueden ser los hijos de Abraham, si quieren, pero igual está concinándose en el infierno ese señor; esa es la imagen que Cristo le transmite a estos fariseos.

¿Cuál es el mensaje? "Dejen de fiarse de ustedes mismos, dejen de creer que porque se llaman hijos de Abraham ya tienen todo hecho". ¿Ven cómo la vamos sacando un poquito de jugo a esta lectura?

Y ahora, apliquémoslo a nuestro caso. A veces nosotros también podemos creer que somos muy salvos, porque trabajamos con la Iglesia, porque tenemos amigos sacerdotes, porque nos sabemos muchas oraciones, porque oímos muchas lecturas de la Biblia, y de pronto hasta hay gente piadosa que se fía demasiado de su piedad y no está haciendo la voluntad de Dios. Ahí hay una enseñanza que se aplica a nosotros

Este rico era un hombre que vestía de manera muy elegante y comía de manera muy fina; eso era propio de los fariseos, porque aunque no todos eran ricos, tenían esa cultura de las invitaciones: "Yo te invito y tú me invitas".

Acuérdense que Cristo dijo en otra parte del Evangelio: "No inviten a los que los pueden invitar porque ya les pagaron el favor y se quedarán ustedes sin recompensa" San Lucas 14,12.

Cristo nos enseña: "Cuando vayas a dar un banquete, invita a los que luego no te pueden invitar, así tu Padre que te ve en lo escondido es el que te va a pagar" San Lucas 14,13-14.

En cambio los fariseos eran felices invitándose los unos a los otros, es decir, es lo que llamamos popularmente "rosca", el uno invita al otro y el otro al uno; banqueteaban espléndidamente cada día, no necesariamente en su casa, "y aquí entre nosotros los de la rosca, los que somos amigos, los que estamos salvados, los que sí somos buenos".

Cristo va en contra de esa mentalidad de "rosca", de club; el cristianismo no es un club elitista de gente que tiene el monopolio de la salvación; ese no es el cristianismo. El cristianismo es diferente, está en abrir los ojos, más allá de mi grupo, de mi interés, de mis amigos, más allá de la gente que me quiere, me respeta y me invita.

¿Y aunque no seamos ricos tenemos ojos para ir más allá de nuestro círculo? ¿Cuál es nuestro círculo? ¿A quiénes tratamos y a quiénes acusamos? Sobre todo en este tiempo de violencia en que vivimos es muy fácil cerrarnos en nuestro círculo y decir: "Toda la maldad está en los otros, en los del otro grupo, en los de allá".

Cristo nos invita a abrir los ojos y mirar más allá de nuestras amistades, más allá de nuestro grupo, más allá de los que me caen bien, más allá de los que me gustan; Cristo quiere que yo tenga ojos para descubrir a Lázaro, ese que nunca tiene parte en mi banquete, que nunca es invitado a mi casa, del que siempre hablo mal.

Cristo me invita a tener ojos mas allá de mi grupo, a encontrar su paz y su presencia más allá de los que a mí me caen bien; es muy fácil caer en una mentalidad de club, de rosca, de partido, y seguramente todos hemos caído en eso.

Cuántos jóvenes hay que sólo quieren tratar jóvenes porque si es un viejo, "ah, ese viejo no sabe nada, ¡qué le voy a poner cuidado! ¿Y no pasa lo mismo con algunos adultos? "La juventud, esos muchachos están perdidos!" y despreciamos a los otros y cerramos nuestros ojos.

Pero atención: más allá de mi grupo está Lázaro y Dios está mirando con amor también a los que no pertenecen a mi grupo, a mi estilo, a mi manera, a mi club, a mi partido. Dios tiene ojos más grandes y penetrantes que los míos; Dios sabe encontrar lo que yo no veo, Dios sabe ver lo que no encuentro, Dios va más allá.

Los fariseos estaban cerrados en su club, yo te invito, tú me invitas, nosotros nos invitamos, todos comemos en nuestra casa, y Lázaro no tenía un espacio ahí.

Jesús viene a decir: "¡Cuidado!, hay alguien que no pertenece a tu grupo, alguien que Dios está mirando con amor, alguien que es un mensaje para ti, y hay que aprender quién es ese alguien".

Mis hermanos, estas son sólo dos enseñanzas de las muchas que podemos sacar de este texto, son como un ejemplo para que nos acostumbremos a escuchar siempre la Palabra con oídos nuevos; el Espíritu Santo hará maravillas en nosotros si nos habituamos a meditar la Palabra divina.

El Espíritu Santo nos irá acostumbrando a la voz de Cristo, que como el pincel de un escultor, nos va transformando, nos va dando un nuevo aspecto y nos va comunicando una nueva vida.