K023004a

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Fecha: 20010307

Título: Cristo es el maximo servidor a la hora de la Cruz

Original en audio: 13 min. 1 seg.


En este evangelio me llama la atención, mis queridos hermanos, que Jesús llama aparte a los discípulos. Jesús enseñaba a grandes multitudes, pero hay ciertas palabras, hay ciertos mensajes que Él quiso reservar para cierto grupo de discípulos.

Incluso, nos dice el evangelio alguna vez, que no quería que nadie lo interrumpiera, no quería que nadie se enterase porque estaba enseñando a los discípulos.

Esto nos muestra que Jesús tenía una enseñanza para todo el mundo, pero también tenía sucesos y palabras muy especiales, muy particulares para los discípulos. Esto no quiere decir que una parte de la doctrina de Cristo debía quedar escondida como esas religiones que tienen doctrinas ocultas, esotéricas, extrañas, que usualmente se supone mágicas.

Jesús tenía enseñanzas especiales para los discípulos, pero también les dijo: "Lo que yo os estoy enseñando en privado, un día tendréis que gritarlo desde las azoteas" San Mateo 10,27.

Es decir, que Jesús tenía enseñanzas muy particulares para los discípulos, pero esas enseñanzas no eran para que quedaran siempre ocultas, sino que la misión particular de Cristo requería que se diera una preparación especial de su grupo de testigos que luego iba a decirle a todo el mundo: "El que murió es el mismo que resucitó" Hechos de los Apóstoles 5,30.

Quedémonos con esa primera idea: Jesús que llama en forma particular a los discípulos para darles una enseñanza, para decirles una especie de secreto, una confidencia de amigo, porque los secretos no son para todos, los secretos son para los amigos.

Jesús trata a sus discípulos como amigos, los llama a una intimidad mayor con Él y les cuenta algunos secretos. Y este evangelio de hoy tiene muchos secretos de Cristo. En la primera parte del evangelio aparece la conciencia, la certeza que Cristo tenía de su destino final.

Cristo llama a los discípulos y les cuenta por anticipado cuál va a ser su destino: "al Hijo del hombre lo van a rechazar, lo van a juzgar, lo van a entregar en manos de los paganos y va a ser torturado y va a morir; pero después resucitará" San Mateo 20,18-20. Mostrándonos tan abiertamente su propio destino, Cristo Jesús estaba haciendo muchas cosas en el corazón de aquellos discípulos.

En primer lugar, quería corregir esa tentación que ellos siempre tuvieron: la tentación de imaginarse el amanecer del Reino de Dios como un éxito social, político que se suponía que los iba a poner a ellos en los cargos de gran importancia, porque ya vemos que incluso dos de los discípulos más queridos, Santiago y Juan andaban buscando estos primeros puestos.

Cristo quería corregir esa ambición mostrándoles que el destino de Él no era el de los grandes poderíos, el de los grandes aplausos, sino más bien el destino del oprobio, del rechazo. De ese modo quería corregir en ellos esas pretensiones de poder y de gloria humana.

Por otra parte, hablándoles así, Jesús los estaba preparando, porque definitivamente el acontecimiento de la Cruz, por más palabras y por más explicaciones que nos den, la Cruz es un gran misterio, es un enigma que reta a nuestra inteligencia, que nos deja desconcertados y tal vez desanimados.

Jesús, hablándoles varias veces sobre ese destino y mostrándoles que después de la muerte viene la resurrección, estaba curando en ellos ese escándalo que debía de causarles la Cruz.

La cruz debía causar a ellos un profundo desaliento, y si Cristo no les hubiera anunciado a ellos que ese misterio de la Cruz estaba en el camino, seguramente ellos habían salido despavoridos de la vocación a la que el mismo Cristo los había llamado, y entonces todo su trabajo se hubiera perdido.

Cristo les habla de su destino para que ellos sepan a qué atenerse, para que no se hagan ilusiones, para que descubran que el mismo Cristo -por decirlo de algún modo- tenía pleno control de la situación. Cristo no ha perdido el control de la situación, Cristo es el Señor de los acontecimientos, Cristo es el Señor de la Historia.

Aunque sucedan cosas tan terribles como la prisión, los azotes, la burla, las espinas, los clavos, la cruz, el sepulcro; aunque todo eso suceda., Cristo sigue siendo el Señor de la Historia.

Esas palabras, esas advertencias con las que Cristo advertía a sus discípulos, tenían también otro objetivo: que ellos supieran que Dios no fue dormido, ni fue distraído, ni estaba muerto. Dios sigue reinando incluso en este acontecimiento desconcertante de la Cruz.

Pero al final del pasaje del evangelio de hoy, aparece como un complemento a esta misma enseñanza. También ahí Cristo los reúne, como quien dice, "vengan de nuevo que necesito completarles la clase, tengo que terminarles la explicación; vengan de nuevo".

¿Y qué les dice? La frase fundamental tal vez es esta: "El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida como rescate por muchos" San Mateo 20,28, es decir, la expresión máxima del servicio es dar la vida. El sentido profundo de la Cruz es dar la vida, y el que da la vida, da vida; el que entrega su vida, vivifica; el que ofrece su vida, comunica vida.

Cristo en este acontecimiento de la Cruz nos deja espantados; pero cuando vemos en la Cruz el máximo servicio; cuando vemos en la Cruz la máxima donación, entonces descubrimos en la Cruz la siembra de un mundo nuevo, el comienzo de una vida nueva. La Cruz es la puerta por la que se abre una existencia nueva.

El sentido profundo de la Cruz es el servicio. Cristo, el servidor de todos: servidor de los enfermos a los que cura, servidor de los hambrientos a los que alimenta, servidor de los pecadores a los que perdona, servidor de los posesos a los que libera, servidor de los ignorantes a los que enseña, servidor de los pobres a los que consuela, servidor de los oprimidos a los que proclama libertad.

Cristo, que ha sido servidor en toda su existencia, tiene el máximo servicio a la hora de la Cruz. La cruz es el supremo servicio de Cristo, porque en la Cruz, entregando su vida, Cristo vivifica, Cristo comunica vida, Cristo da vida. El que da la vida, da vida, esto no se nos puede olvidar: el que da la vida, da vida.

Eso es lo que también nosotros podemos vivir y estamos llamados a vivir. Estamos llamados a entregar la vida para entregar vida. Parece ser un juego de palabras, y es algo muy profundo. Estamos llamados a dar nuestra vida para dar vida.

Y si nosotros miramos las personas que verdaderamente sirven son las que dan la vida. Aquella madre de familia abnegada, aquel profesor generoso, aquel misionero entusiasta, aquel sacerdote santo, aquel funcionario público honrado; todos están dando la vida, están haciendo que la vida crezca, que la vida se renueve, que la vida una y otra vez renazca, para consuelo del Pueblo de Dios y para la gloria de Dios.

Recibamos esta enseñanza de Cristo; de Él hemos aprendido que en el sacrificio eucarístico se renueva para nosotros el misterio de la donación de la vida. Cristo entrega su cuerpo a la gloria del Padre y a nuestra alma hambrienta, de modo que la hostia que nosotros comulgamos, es al mismo tiempo adoración a Dios y salud de la Iglesia.

Comulguemos, hemos comulgado con la Palabra; preparémonos para comulgar con el Cuerpo de Cristo para recibir su vida y así recibir vida.