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De Wiki de FrayNelson
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La primera lectura de hoy está tomada del capítulo 18 del Profeta Ezequiel, la palabra que se destaca en este texto ha de brillar con toda su fuerza durante el tiempo de Cuaresma, es la palabra “conversión”. La frase central, creo que estará bien clara en nuestra mente, “acaso quiero yo la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Esa palabra la dice el profeta, o si me explico mejor esa palabra la dice Dios por boca del profeta, ese es el corazón de Dios, el corazón que quiere, anhela y prepara, facilita y posibilita la conversión.

Es interesante describir como rasgo del corazón divino, este anhelo de la conversión del pecador, porque significa que si mi corazón no anhela la conversión del pecador, sino que tal vez mi corazón por resentimiento, por ignorancia, por lo que sea; si mi corazón está buscando la muerte del pecador, debo entender a partir de este texto de Ezequiel que me he apartado del corazón de Dios, tengo que entender que cuando quiero muerte y castigo para el otro, si lo que yo quiero simplemente es que brille mi rectitud, y que se hunda el que se apartó de lo que es correcto, ese no es el corazón de Dios, me he apartado, me he alejado del Señor, no puedo decir que estoy cerca de Dios, mientras anhelo o busco revanchas, venganzas, desquites, cuando mi corazón está puesto fundamentalmente en el castigo y no en la conversión, el que se ha extraviado soy yo, y probablemente me he extraviado probablemente peor que aquellos que a los que supuestamente quiero corregir, esa es la seriedad que tiene el texto de Ezequiel.

Repitamos con otras palabras, si lo que anhelamos es el primer lugar, el castigo del culpable, me he apartado del corazón de Dios, por supuesto se puede anhelar rectamente que Dios corrija al que está obrando mal, pero hay una intención, que lo corrija en lo que está haciendo mal, para que obre el bien.

El Papa Francisco lo dijo en una catequesis, decía el Papa, que el verdadero orden de la justicia está en el arrepentimiento y está en la conversión del pecador y está en que, por supuesto compense por aquello que ha hecho mal, es decir la justicia no riña con la misericordia, porque si el orden de la justicia es apegarnos a lo que Dios ha querido, se logra mejor el orden de la justicia cuando lo que Dios ha querido para el pecador, que no es ciertamente su muerte, se cumple.

Que sea entonces este el tiempo para suplicar nuestra propia conversión, para suplicar la conversión de nuestros criterios, la conversión de nuestra mente, la conversión de tanto fariseísmo que a veces se nos pega a todos. Pidamos al Señor esa conversión, y pidanos al Señor un corazón que participe del amor que palpita en Él, en el corazón de Dios, un corazón que fundamentalmente anhele, que desee con toda su fuerza la conversión del pecador para que tenga vida y vida abundante.