K015007a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20110318

Título: La reconciliacion con Dios debe llevarnos tambien a la reconciliacion con el hermano

Original en audio: 4 min. 55 seg.


Uno de los nombres más hermosos que tiene la Cuaresma es "Tiempo de Reconciliación". Y esta es la palabra que marca las lecturas del día de hoy: la reconciliación, reconciliación con Dios, reconciliación con nuestros hermanos.

La reconciliación con Dios tiene otro nombre, se llama "conversión". Y la idea de la conversión es muy simple, es cambiar el rumbo: "Iba yo en cierta dirección, me doy cuenta que ese rumbo es equivocado y lleva al desastre, y entonces cambio de rumbo".

Y el cambio de rumbo salva la vida. De hecho, nos dice el texto del profeta Ezequiel que: "Si el malvado se convierte de sus malos caminos, entonces salva su vida" Ezequiel 18,21.

Efectivamente, mientras vamos de camino hay tiempo para la conversión; mientras vamos de camino, mientras estamos avanzando en esta tierra hay tiempo para recapacitar. Tanto la Sagrada Escritura como la Historia de la Iglesia nos traen hermosos testimonios de personas que recapacitaron.

Tal vez el ejemplo más visible lo tenemos en el evangelio según San Lucas, cuando aquella parábola del hijo pródigo dibuja ante nuestros ojos lo que significa recapacitar y volver, reencontrarse con los brazos amorosos de Papá Dios. Eso es recapacitar, eso es convertirse, eso es reconconciliarse.

También en la Historia de la Iglesia hay famosos convertidos, personas que han recapacitado y que se han dado cuenta que sus vidas iban camino del desastre; dos ejemplos muy notables son San Agustín y San Francisco de Asís.

En ambos casos tenemos personas que ante los ojos del mundo gozaban de cierto éxito; Agustín, por ejemplo, era un profesor renombrado, una persona influyente y, sin embargo, se sentía y sabía vacío por dentro.

Recapacitó, buscó profunddamente la verdad, y en ese camino se reencontró con la fe de su infancia, o mejor, con la fe que en su infancia había querido inculcarle su santa madre llamada Mónica.

También en el caso de Francisco de Asís podemos hablar de una conversión. Este es un muchacho de muy buena posición, una persona acomodada, con gran éxito social; pero lo mismo que en el caso de Agustín, se sabe y se siente profundamente vacío.

Entonces Francisco recapacita, su oído se abre, percibe la voz de Dios que le dice que "repare la Iglesia". Al principio Francisco no comprende bien, y el primer intento de reparar la Iglesia él lo realiza con cemento y con piedras, porque cree que se trata del templo material.

Pero la luz de Dios y ha entrado en ese corazón, y a medida que va entrando más luz, Francisco comprende que ayudar a reparar la Iglesia no es simplemente asunto de cemento y de ladrillos, sino que es asunto de la verdadera virtud de la santidad. ¡Y qué gran santo Francisco!

Esta es la reconciliación con Dios, pero tenemos también que reconciliarnos con nuestros hermanos. Nos dice la Primera Carta de Juan que "el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede decir que ama a Dios, a quien no ve" 1 Juan 4,20.

Tenemos que convertirnos en agentes de paz, en constructores de reconciliación, gente que levanta y que completa puentes entre las personas. Nuestra vocación no es levantar murallas, sino levantar puentes, tender puentes, que nos ayuden a crear el espacio para ese Dios, Padre de todos, ese Dios que a todos nos ha mostrado misericordia.

El mismo Dios, que se compadece de ti, se compadece de tu hermano. Dale oportunidad de extender su reinado de misericordia y de paz.