K015001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19960301

Título: Reconocer ante Dios que somos culpables

Original en audio: 7 min. 5 seg.


Una de las dimensiones, quizá la más hermosa de la conversión a la que estamos invitados especialmente en la Cuaresma, es la reconciliación.

Reconciliación con Dios, cuando el pecador recapacita, deja su mala vida y se acoge a aquella palabra que hemos escuchado hoy por boca de Ezequiel: "¿Acaso quiero yo la muerte del pecador y no que se convierta y viva?" Ezequiel 18,23.

Nuestra conversión entonces no nace de nosotros sino nace del deseo mismo de Dios. Convertirse no es tanto un esfuerzo nuestro, a menos que hablemos del esfuerzo por abrir la puerta para que entre la salvación.

Convertirse es darle la razón a Dios, es reconocer que su Palabra es verdadera, es más fuerte que nosotros, que su modo de vida; que lo que Él quiere para nosotros es bello y es bueno; es recibir esa Palabra de Dios, es abrirle espacio entre nosotros y dejar que esa Palabra que estuvo primero, finalmente venza, finalmente gane en nuestras vidas.

Y por eso la conversión es también reconciliación. Una de las razones por las cuales uno a veces no echa marcha atrás es por orgullo, "no le voy a dar gusto." Cuando diferimos en un cierto parecer con otra persona, ahí hay por lo menos tres elementos o tres dimensiones.

Uno es el tamaño verdadero del problema, otro es el orgullo de uno y otro es el orgullo del otro. Y lo que hace que los problemas no se resuelvan no es tanto el tamaño de los problemas, sino el tamaño de los orgullos.

Es decir, todo aquello que hace que uno le dé una importancia mayúscula al propio parecer. Algo semejante sucede con la conversión, con la diferencia de que en Dios no hay orgullo, entonces ahí sólo hay dos términos en el problema, y son: el problema mismo y el orgullo de uno.

Entonces la dificultad para convertirse es porque uno, lo mismo que los mulos y las mulas y alguna que otra criatura en este universo, pues no da marcha atrás tan fácilmente, es un poco difícil ver a un río o a una mula dar marcha atrás.

Entonces uno no quiere darles el gusto a las demás personas, y así quedan encadenados los antiguos pecados, y así empieza a repetir sus antiguas culpas por no darles el gusto a las otras personas.

Por eso hay un elemento en la conversión que es fundamental y es reconocer que nuestro pecado es ante todo pecado ante Dios.

Mientras uno esté mirando los ojos de otra persona, no se convierte, porque siempre agregará ese tercer elemento y es el gusto, "yo no le voy a dar ese gusto a otro", "ella también tiene su culpa."

Por eso, fíjate lo que aparece en el Evangelio que a uno le puede sonar extraño si lo piensa bien: "Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti" San Mateo 5,23. No dice: "Te acuerdas de que has ofendido a tu hermano", no dice eso, sino simplemente dice: "Te acuerdas de que hay un problema con tu hermano" San Mateo 5,23.

Normalmente, ¿qué hace uno? Cuando uno llega ante el altar y se da cuenta de que tiene problemas con un hermano o con una hermana, ¿qué hace uno? Entrar en un largo discernimiento, en un juicio más largo que el "Proceso Ocho mil", para ver quién es el que más tiene la culpa, "a ver, ¿cuántos son los miligramos de culpa que yo tengo y cuántos son los milímetros de responsabilidad del otro?" "Y a mí me hacen el favor me aclaran bien quién es el de la culpa, porque yo tengo que quedar inocente de muchas cosas y por que yo…"

Mientras uno esta espulgando los milímetros y las micras de culpa que uno tiene, no ha caído en cuenta de que el gran ofendido con nuestras ofensas con nuestros hermanos es Dios, el Señor.

Lo mismo en este ejemplo que nos da el Señor, mira, "Mientras vais de camino, poneos de acuerdo con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida." San Mateo 5,25.

Ahí no habla de quién tiene la culpa. Hombre, ¿esto qué es lo que está diciendo? Que el camino para resolver las cosas no es empezar a ver quién es el que tiene cuántos milímetros o microgramos de culpa, ese no es el camino.

El camino es que cada uno descubra delante de Dios que es culpable, descubra su propia culpa, por eso dice David: “contra ti, contra ti solo pequé” Salmo 51,6. Y resulta que había adulterado con Betsabé y había provocado la muerte de Urías.

Cualquiera diría que había pecado también contra Betsabé y contra Urías. Pues sí, eso es cierto. Pero ante el hecho de que Dios es el ofendido, deja de estar mirando a los ojos de las personas, "a ver si le voy a dar gusto, a ver si va a ganar él, a ver si va a ganar ella."

Mientras uno está en ese juego, el camino se va acabando, y cuando llegas al término del camino, "te entregan al juez, y el juez al alguacil, y de allí no sales hasta que hayas pagado el último centavo." San Mateo 5,25-26.

Pidámosle entonces a Dios que se nos abran los ojos a la verdad de su amor, a la belleza de su reconciliación, y se nos cierren los ojos a tanta miradera de las demás personas; que podamos nosotros fijarnos en Él, reconciliarnos ante Él, y en Él aprender a vivir en paz con las demás personas.