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Fecha: 19980213

Título: A la memoria de Jordan de Sajonia

Original en audio: 18 min. 21 seg.


Respetado Padre Prior Fray Rubén Darío López. Respetado Padre Rector Fray Mauricio Galeano. Padre Jaime Valencia, Rector de la Universidad de Santo Tomás. Hermanos sacerdotes y estudiantes de nuestro Convento de Santo Domingo. Queridas directivas, estudiantes, profesores de nuestro Colegio Jordán de Sajonia.

Esta ceremonia, esta Eucaristía reúne tantos sentimientos en el corazón, que sólo con la gracia de Dios nuestro Padre, podemos expresar de viva voz todo lo que significa esto que estamos viviendo, pero precisamente eso es lo que se le pide a un predicador: que le dé voz al corazón.

Cuando el corazón no tiene palabras, cuando se queda sin palabra, cuando no puede articular, se rompe; y cuando la palabra no tiene sentimiento, cuando no tiene un corazón que la respalde, es vacía y no alcanza su cometido; necesitamos un corazón lleno de amor, lleno de luz, y una palabra clara, cristalina, luminosa, oportuna, una palabra que atraiga.

Eso es ser frailes predicadores, a eso estamos llamados. Y hoy nuestra Orden Dominicana celebra la gracia de la predicación en uno de sus personajes más simpáticos, más atrayentes.

¿Qué había, me pregunto yo, en Jordán de Sajonia, qué había en este corazón? Un hombre con la inocencia de un niño, con la alegría de un joven, con la experiencia de un adulto, con la paciencia y la prudencia de un anciano.

¿Cómo puede alguien vivir eso así? ¿Cómo podía él, al mismo tiempo tener una admiración tan regalada y generosa por la figura de Santo Domingo y un temple y una firmeza tan clara en el gobierno de una Orden que se estaba multiplicando ante sus ojos y por la labor de sus manos?

Jordán de Sajonia es un regalo inmenso que Dios, en su providencia, lo dio a nuestra Comunidad, y sus frailes lo reconocieron prontamente.

Todos sabemos que llevaba muy poquito tiempo en la Orden cuando ya fue elegido Provincial de Lombardía, y no había completado tres o cuatro años en la Comunidad cuando ya un Capítulo General le pidió que tomara en sus manos el rumbo de la Orden de Predicadores.

Mientras se dedicaba a la predicación, mientras dirigía la Orden Dominicana, mientras fundaba conventos, tenía todavía tiempo para cautivar lo mejor de la juventud europea de la época, para atraer con su ejemplo, con su alegría, con su estilo a muchísimos jóvenes.

Tiempo, corazón y sabiduría todavía para que con sus cartas, con sus epístolas, llenas de cariño, llenas de humanidad, llenas del perfume del Evangelio, dirigiera la obra de la santificación en los monasterios de religiosas que había fundado nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán. Un santo grande.

Y a veces, cuando hablamos de la grandeza de los santos, sentimos como un poco el temor de que simplemente va a aparecer nuestra mediocridad, no. No hablamos de la grandeza de ellos para que se vea que nosotros somos pequeños, sino para que se vea quién los hizo grandes, para que se vea cuán cerca está el Señor de su pueblo.

El mismo Jordán, primer y más preclaro biógrafo de nuestro fundador Santo Domingo de Guzmán, decía que alcanzar esa cima de virtud como la de Santo Domingo, escapa a la fragilidad y a las fuerzas humanas, pero también advirtió, sin embargo, "Dios, que todo lo puede, podrá también reproducir en algún otro ese modelo acabado de perfección."

Y si, puesto que Dios es el dueño de las vidas, puesto que Él es el autor generoso de nuestra redención, Él tiene en abundancia, y aquí vale aquello que decía el Apóstol Santiago: “El que esté falto de sabiduría que la pida a Dios” Carta de Santiago 1,5. necesitamos de esa sabiduría.

De toda esta obra del Señor en Jordán de Sajonia, yo quiero destacar tres elementos, que me parece que tiene un mensaje muy especial para nosotros hoy.

Se trata de un santo alegre, de un santo optimista, de un hombre que es amigo de la juventud, no por compinchería con la juventud, sino porque lleva dentro de sí una carga tan grande de entusiasmo, un sí tan resuelto a la vida, que precisamente en estas edades en las que necesitamos un rumbo, algo que nos convenza, Jordán se presentaba como ese hombre íntegro, alegre, generoso, capaz de atraer la mirada de los jóvenes.

Segunda característica: un hombre con un alto sentido de la amistad. Lleno de amigos se presentó a los cielos, y sus frailes eran eso para él; ahora, no es el amigo cómplice, no es el amigo para que me diga que todo lo estoy haciendo bien, es el amigo que precisamente, porque me quiere tanto, sabe encontrar la palabra y la manera de decirme: “No pierdas tu tiempo, no pierdas tus fuerzas por este camino”, eres importante para mí”.

Su amistad con los frailes, con obispos, con religiosos de otras comunidades; su amistad llena de pureza y de alegría en el trato con las religiosas y con otras mujeres, muestra un corazón que tiene por dentro armonía, un corazón que tiene por dentro a Cristo.

Nosotros no podemos imaginar a Cristo rechazando a nadie: “¡Ah, eres un caso perdido!” no. Cristo lo que tiene son casos encontrados, no casos perdidos; y por eso el que lleva a Cristo y la armonía de Cristo en el corazón, tiene también esa capacidad, como la tuvo Jordán, de crecer en la santidad sin menguar en la humanidad, esta es la tercera característica.

Un hombre intensamente humano, y lo había aprendido de Santo Domingo de Guzmán, el mismo Santo Domingo que gozaba, por bondad del Señor, de revelaciones extraordinarias, de carismas que hoy nos parecen increíbles, en sanación de cuerpos y de almas, como dice la antífona.

De ese mismo Santo Domingo, que tenía esas alturas místicas, tenía también la capacidad de recordar con un detalle a sus monjas, de consolar al fraile que estaba deprimido, de ayudar al otro que no entendía su vocación, de sanar a la mujer que estaba enferma de un cáncer, etcétera.

No es la grandeza del que se va, sino la grandeza del que se sumerge en lo profundo de la naturaleza humana; ser verdaderamente grande es comprender a los pequeños, ser verdaderamente grande es saber trabajar con los pequeños.

No es mucha grandeza la del que necesita gente perfecta a su lado; grandeza la de Cristo, que con esos instrumentos rudos como eran los Apóstoles, he aquí todo lo que se pudo hacer; grandeza la de Domingo que sabía tomar a las personas y conducirlas; grandeza la de Jordán que supo con alegría, con amistad y con humanidad llevar a sus frailes a la cimas de la santidad.

Hoy 13 de febrero nuestra Orden Dominicana celebra al bienaventurado Jordán de Sajonia, y con motivo de esta celebración nos encontramos en este mismo recinto quienes conformamos la comunidad formativa, religiosa y educativa de este Convento y de este Colegio.

Yo me alegro en esta reunión, me alegro porque no son pocas ni tampoco son muchas y nunca serán demasiadas las ocasiones en las que podemos reunirnos como comunidad formativa, como comunidad educativa.

Yo quiero decir a nuestros estudiantes del Colegio Jordán de Sajonia que también nosotros estamos en proceso de formación, y quiero decir a nuestros frailes estudiantes que en esos alumnos está, por decirlo así, una embajada del mundo que nos espera, del mundo que aguarda una palabra de predicación, del mundo que también tiene tanto que aportar desde sus propios valores, desde sus propios esquemas, desde su propio estilo, que no siempre es el estilo de nosotros.

Qué hermoso, pues, poder encontrarnos en este mismo recinto, que hoy precisamente estamos, por la iniciativa de quienes han colaborado en él, inaugurando, estamos dando al servicio, -a mí me gusta más esta expresión-, las inauguraciones a mí me suenan a esos actos protocolarios que grandes personalidades hacen y que quizá quedan solamente en el olvido.

No, aquí se trata de dar al servicio, y quienes estamos aquí del Convento y del Colegio, estamos manifestando con nuestra presencia, que es para servicio nuestro este auditorio; para servicio de la comunidad educativa del Colegio, que ahora tiene un recinto más apropiado para sus múltiples labores pedagógicas, y también para servicio de la comunidad del Convento de Santo Domingo.

Este es un motivo de alegría, y por eso, que la alegría del bienaventurado Jordán de Sajonia, alegre modelo para nosotros y también para los estudiantes del Colegio, presida y acompañe esta celebración.

Ya estos dos motivos serían inmensos, pero hay también un cálido distingo de alegría que nos acompaña: hoy hace un mes, el día 13 de enero, uno de nuestros religiosos, hermano mío, que estuvo en formación, hermano de todos por su fe y por su testimonio, por su alegría y por su amor a Santo Domingo de Guzmán, por su amor a este Colegio Jordán de Sajonia, partió a la Casa del Padre: Fray José Domingo Guerrero Quintero.

Y de alguna manera yo sentía desde el principio, y así lo habíamos hablado con nuestro Padre Mauricio, que ese tenía que ser el nombre de este recinto, tenía que ser porque ¿quién vivió con tanta intensidad su ser fraile y su ser educador?

Al mismo tiempo, ¿en dónde encontraríamos -sí, ya sé que también hay nombres, pero yo me acuerdo de Fray José Domingo-, una sonrisa tan amplia, tan sincera, tan atractiva, una acogida, una armonía de corazón, como las que Dios le concedió a José Domingo? No sólo desde que llegó a la comunidad, sino ya desde sus orígenes, desde su familia, una familia bendecida por la gracia del Espíritu Santo.

Sí, yo creo que no son simplemente palabras de retórica ni elogios fúnebres; yo creo que se puede decir, con el rigor que nos gusta a nosotros los Dominicos, yo creo que se puede decir, con una analogía profunda entre la vida de José Domingo y la vida del bienaventurado Jordán de Sajonia; yo creo que no estoy descubriendo nada demasiado especial.

¿Sabe usted que Jordán murió en medio de su labor? Debía tener alrededor de unos cuarenta años, estaba visitando las provincias del Oriente por la región de Grecia y de Tierra Santa, por allá se encontraba Jordán, y un accidente mal dado lo llamó a la Pascua del cielo.

Un hombre joven como José Domingo, y José Domingo un hombre alegre como Jordán, y en ambos una armonía profunda, un deseo muy grande de Dios. Yo me acuerdo cómo tantas veces, cuando visitaba a José Domingo en la pieza, lo encontraba leyendo, ¿y qué leía? Cuando no tenía que preparar sus clases u otros deberes inmediatos leía a Santa Teresa de Jesús, ¿y qué quería estudiar? Antropología Filosófica.

Un hombre que no se despidió de la humanidad para buscar a Dios y un hombre que no traicionó la santidad de Dios para acercarse a sus hermanos los hombres.

Yo creo que esta fue una gracia que Jordán de Sajonia, al que José Domingo apreció y quiso tanto, le concedió. Y por eso, el recuerdo de José Domingo, su vida, su testimonio, también de alguna manera, habitan en este recinto donde frailes y estudiantes del Colegio Jordán nos encontramos.

Finalmente, quiero comentarles que según las costumbres de la Orden Dominicana, al principio del año de estudios se realiza lo que se llama la Lectio Inaugural, podríamos decir, una primera clase, pero una clase dada no en un salón sino dada normalmente en un auditorio, con un tema propio de lo que se va a estudiar durante el año.

Pues, este año los frailes quisimos que nuestra Lectio Inaugural se transformara en una Lectio Solemne.

Sí, ya hemos iniciado las clases, no tuvimos Lectio inaugural para dar inicio a las clases, las clases empezaron, pero hacía falta esta aula, y hacía falta el testimonio de Domingo, y hacía falta la alegría y la amistad de Jordán para que tuviéramos una Lectio Solemne, una lección distinta aquí junto a Jesús; una clase distinta que se llamará ¿Caridad I? ¿Vocación I?

Cada uno dele el nombre que quiera, pero aquí, junto a las entrañas amorosas de Jesucristo, junto a la Palabra luminosa del Evangelio, junto al amor generoso de Jordán, aquí hay una lección que todos tenemos que aprender, y por eso no quisimos que hubiera ninguna otra Lectio, sino esta Lectio en la que todos nos reunimos para aprender junto a Cristo.

¿Cuál es el poder? ¿Cuál es el alcance? ¿Cuál es la alegría de darse en amor a los hermanos? Bendito Dios que nos lo ha concedido, gracias a todos los que han trabajado en esta obra, materialmente, algunos en su diseño, en su finalidad; en su inspiración, otros.

Gracias a todos por su presencia, y que el Señor bendiga toda la labor de formación y de educación de nuestro Colegio Jordán de Sajonia y de nuestro Convento de Santo Domingo.

Así sea.