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De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio del día de hoy está tomado de San Lucas, en el capítulo número 21, este capítulo nos ha acompañado durante estos últimos días y de ahí también se toma el pasaje de hoy.

Quiero destacar en las palabras de nuestro Señor Jesucristo, el contraste que Él hace entre lo que podemos llamar la “mente embotada” y la “mente despierta”. “La mente embotada es aquella que se ha dejado llevar por el vicio, por la bebida o por los agobios de la vida”, dice el Señor Jesús (cf. Lc 21,34). La mente despierta es la que se da cuenta qué es lo que le va a suceder en el mundo, pero sobretodo ésta, está despierta porque está guardando la llegada, la visita del Señor. Ese es el contraste que se nos presenta en el Evangelio de hoy, y creo que viene bien que reflexionemos sobre estas dos posibilidades, porque si Cristo las menciona es porque suceden, porque sucedían en su tiempo y porque también nos puede suceder a nosotros.

Empecemos con la “mente embotada”. Básicamente hay dos cosas que embotan la mente, una es el vicio, es decir, el exceso de placer, y otra es el agobio de la vida, es decir, el exceso de preocupación. Hay dos excesos que nos vuelven miopes, nos vuelven torpes, nos vuelven incapaces de reconocer el lenguaje de Dios en la historia humana y nos vuelven también incapaces de admitir para nosotros las advertencias que son tan saludables, tan necesarias. Exceso de placer o exceso de preocupación. El exceso de placer hace que absoluticemos el momento presente. Exceso de placer es lo que le sucede, por ejemplo, a aquel rico del Evangelio según San Lucas, ese hombre que tuvo una cosecha maravillosa, una cosecha súper abundante y en medio del regocijo por aquella abundancia, absolutiza su presente, es decir, él cree que ese presente va a ser también su futuro, y entonces dice: “¿Ahora qué voy a hacer con esta gran cosecha? Ya sé, voy a derribar graneros, voy a hacer otros más grandes, y le diré a mi alma tienes acumulados bienes para muchos más años, túmbate, come, bebe, date buena vida” (cf. Lc 12,16-29).

Entonces el exceso de placer se caracteriza porque nos lleva a absolutizar el presente, la persona que está encadenada a su placer, se le olvida una historia, que finalmente es historia de salvación, una historia de la que podría aprender que es débil y que es pecador, una historia de la que podría aprender que hay un Dios providente, que también es justo, tanta es su bondad como su justicia, y como absolutiza el presente también se le olvida el futuro, y se le olvida que de nuevo en su futuro va tener que enfrentar fragilidad, por la vejez, por la enfermedad, por los accidentes, por las pérdidas, por las traiciones.

Entonces la mente se embota cuando se queda solo en el presente, y en ese presente se considera fuerte, y olvida entonces el camino de las providencias pasadas, y olvida también el camino de las incertidumbres futuras, por supuesto el remedio para no caer en eso, es recibir el bien presente agradeciendo en primer lugar a Dios, pero sin perder de vista de dónde venimos, ni hacia dónde vamos. Al recordar el camino que Dios ha hecho con nosotros, y al recordar el trecho que nos hace falta, recuperamos bastante sensatez y se amplía bastante, también la mirada. Eso ayuda a desembotar la mente, por seguir con ese verbo, la otra cosa que embota la mente son las preocupaciones, porque lo que hace finalmente la preocupación es paralizarnos en un acto de admiración frente al mal, la preocupación es en el fondo un homenaje intelectual al poder del mal. Se parece mucho a aquello que Cristo dice sobre el escándalo, dice que el escándalo es el que impide que la gente se acerque a Él, “Ay de aquellos que escandalicen”, por ejemplo, a los niños (cf Lc 17,1-4). Como sabemos la palabra escándalo, hace referencia a un obstáculo, particularmente a una piedra o roca, que aparece en el camino y no te deja avanzar, ese es un escándalo. Entonces pues el escándalo es la aparición súbita, presuntuosa, magnificada del mal, que hace que uno quede como en un acto de admiración. Alguna vez trataron de escandalizar a Cristo, cuando fueron a contarle de aquellos que habían muerto por un accidente, y entonces Cristo dice, manteniendo su compostura y la claridad general sobre los hechos y las personas, dice Cristo: “¿Y ustedes piensan que esos eran más pecadores que los demás? (cf Lc 13,1-5). Entonces Cristo no se deja escandalizar, Cristo no le brinda al mal el homenaje de su admiración y lo mismo debemos tener cuidado nosotros, porque a veces frente a los actos terroristas, a veces frente a los poderes corruptos, a veces frente a nuestra propia fragilidad, que nos lleva a recaer en muchas faltas, podemos quedar como paralizados en un acto de admiración, diciendo cuán poderoso es este pecado del que nunca me puedo desprender, cuán poderosos son los corruptos que siempre están mandando, pues ahí hay que aplicar aquello que enseña la Sagrada Escritura.

El porvenir del justo es la paz, y si nosotros miramos la secuencia de la historia, la rueda, se puede decir, de la historia toda esa corrupción y toda esa presunción pasan pronto, y los imperios van cayendo uno tras otro. Cuando uno le quita al mal el homenaje de la admiración, y le devuelve en cambio ese tributo de amor al único Dios, al que reina, cuando uno recupera su pasado y tiene presente la fragilidad de su futuro, entonces la mente despierta, y esa mente despierta, es la que reconoce la gravedad del tiempo en el que estamos, pero sobre todo reconoce que hay un Dios que está ahí presente, que sigue obrando, que sigue haciendo sus prodigios y que también a través de nosotros manifiesta su plan de salvación.