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De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 21 de San Lucas. Como sabemos, para las lecturas de entre semana, nuestra Iglesia Católica sigue un criterio muy sencillo y muy claro: se empieza el año leyendo textos de San Marcos; luego, avanzamos a aquellos textos de San Mateo que no están en San Marcos; y finalmente seguimos hacia San Lucas. De modo que como estamos ante el final del año litúrgico, pues, es San Lucas el que nos está guiando.

Capítulo 21 de San Lucas: Cristo ya está en Jerusalén, pero no es una visita más. El mismo Lucas nos había contado varios capítulos atrás, en el capítulo noveno, que se requirió una particular moción en el corazón de Cristo; Él tuvo que tomar una decisión, que no fue fácil, para decir voy a Jerusalén y, entonces, nos dice el mismo evangelista: “Emprendió resueltamente el camino hacia Jerusalén” (Lc 9,51). ¿Por qué era difícil emprender ese camino? Porque era un camino sin retorno; todos los años, miles de judíos con sus familias, iban a celebrar la pascua y también otras festividades a la ciudad santa, pero iban en calidad de peregrinos y sabían que después de las festividades volverían a sus trabajos, volverían a sus hogares. Es muy distinta la visita de Cristo; Cristo sabe que no va como un peregrino, el nombre que se da a sí mismo, es el de un profeta que va a morir en Jerusalén, es decir, la suprema palabra, la palabra definitiva, el discurso perfecto de Cristo, va a suceder en Jerusalén, y no va a ser un discurso de palabras simplemente, no va a ser pronunciado simplemente con su boca, lo pronunciará cada poro de su cuerpo, derramando esa sangre preciosa por la que somos salvos.

Así, que Jerusalén significa para Cristo, el lugar de la entrega, el lugar del todo, el lugar de darlo todo, para entregarlo todo, para no reservarse nada. Y esto inmediatamente nos hace recordar todo aquello que el Antiguo Testamento nos había dicho sobre lo que quiere decir “Amar a Dios”, empezando por el Libro del Deuteronomio. Recordemos como en el Deuteronomio se dice que el mandamiento central es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser” (Dt 6,5). El lenguaje de Dios es el lenguaje del todo; la palabra que Dios pronuncia, es una palabra definitiva, es irreversible. Como dice alguna oración de la Liturgia de las Horas, “nosotros los seres humanos estamos sometidos a los vaivenes”, y de hecho, ¿cuántas veces prometemos cosas, y luego resulta que no las cumplimos?, ¿cuántas veces nos endurecemos en el pecado, solo para después disolvernos en lágrimas?, ¿cuántas veces manifestamos una ira incontenible, y después resultamos pidiendo perdón?, o ¿cuántas veces después de pedir perdón, causamos una ofensa peor? Ese es el ser humano, es variable, el ser humano no goza de estabilidad; Dios, en cambio, pronuncia palabras, palabras definitivas, palabras profundas, palabras que realizan aquello que dicen, y por eso el lenguaje de Dios es el lenguaje del todo.

Eso es lo que observa Cristo, precisamente, en la humilde ofrenda de aquella viuda; esa viuda que entrega dos moneditas está dando todo, y así lo destaca Cristo: ha entregado todo lo que tenía para vivir (cf. Lc 21,1-4). Y eso es lo que Cristo quiere también de nosotros, y esa es la vida cristiana; por eso el verdadero cristiano, no es cristiano a ratos, ni por un tiempo, ni es solamente cristiano mientras me sienta bien, mientras me parezca, mientras me nazca. Estamos sufriendo una grave crisis de estabilidad en muchas instituciones de la sociedad, incluyendo, por ejemplo, el matrimonio; la gente se casa mientras me sienta bien, mientras las cosas marchen bien; “cristianos de mientras tanto”, no son cristianos. Fíjate lo que es propio de los sacramentos: si miras la Eucaristía, es la entrega de todo Dios, Dios se entrega, cuerpo, sangre, divinidad, todo Dios; el Bautismo, una vez para siempre; el Matrimonio, hasta la muerte. Esa es la vida cristiana, y eso es lo que necesitamos, porque paradójicamente, los seres humanos, precisamente porque no somos estables, buscamos y necesitamos eso que sea estabilidad. Y eso es lo que llama el Antiguo Testamento, “Roca”, “Mi roca”, “Bendito el Señor, mi roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea” (Sal 144,1). Pues, eso es lo que nos está diciendo el Evangelio de hoy; que la vida cristiana es aquello que realizó aquella viuda: es sin cuotas, es sin vacilaciones, no es mientras tanto, es para siempre, y es con todo el corazón.

Pidamos al Señor que nuestro encuentro con la Roca, con Cristo, que es el único cimiento posible, nos devuelva aquella estabilidad que por nuestras vacilaciones e incoherencias, quizá hemos perdido.