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De Wiki de FrayNelson
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Hay tres buenas lecciones que podemos tomar del Evangelio de hoy, que fue leído del capítulo 19 de San Lucas. La primera es, la contradicción en el nombre: Jerusalén es una palabra derivada de raíces hebreas, una palabra que se puede traducir como, “Visión de paz”; y lo primero que dice Cristo, con lágrimas en sus ojos, lágrimas de muy profundo dolor, es: “Si al menos tú comprendieras lo que conduce a la paz” (Lc 19, 42); es decir, que en la palabra de Cristo descubrimos que la ciudad de Jerusalén, lleva la “paz” como nombre, pero, no tiene la “paz” en la realidad; tristemente, dicho sea de paso, esto sigue siendo cierto, también, en el siglo XXI. “Si tú comprendieras lo que conduce a la paz”, es la contradicción del nombre, y yo creo que esto nos lo podemos aplicar nosotros, porque cada uno de nosotros lleva el nombre de Cristo; cada uno de nosotros, que somos cristianos, cada uno lleva el nombre del Hijo de Dios. Como decía el antiguo catecismo: “Cristiano”, quiere decir “Hombre de Cristo”. Ese es el nombre que tenemos; ahora viene la pregunta: así como Jerusalén se llamaba “Visión de paz”, y no había paz, nosotros, que hemos recibido el más augusto y noble de los nombres, el nombre de “Cristiano”, ¿tenemos a Cristo reinando en nuestras vidas?; esa es la primera observación.


Una segunda observación, dice Jesús: “Está escondido a tus ojos”; lo que conduce a la paz, está escondido a tus ojos, es decir, se trata de una ceguera. No hace mucho el Evangelio nos invitaba a contemplar la figura de aquel ciego que pedía limosna, y que grita y le dice a Jesús: “Señor, que yo vuelva a ver” (Lc 18, 41); creo que tenemos que hacer nuestra, esa súplica. Me gusta esta traducción: ¿De qué me estoy perdiendo?, no una traducción literal, sino, una traducción llamémosla existencial.


Aunque las cosas vayan relativamente bien en nuestra vida, ¡Qué bueno que nos preguntemos!: ¿Qué me hace falta? ¿De qué me estoy perdiendo? ¿Será que los bienes de esta vida, me están ocultando el bien por excelencia, que es Dios mismo? ¿Será que las seducciones, o los temores de esta tierra, me tienen encarcelado?; ¿De qué me estoy perdiendo? Es una pregunta necesaria.


Y un tercer punto: esa ceguera lleva a perderse la oportunidad; ¿Cuál oportunidad? La visita de Dios. El que está demasiado ocupado en su mundo, el que está demasiado ocupado en sus dioses falsos, no sabrá reconocer al Dios verdadero. Entonces, la pregunta es: ¿Cuántas veces me ha visitado el Señor?, ¿cuántas veces ha querido llegar a mi vida?, ¿cuántas veces ha querido traer un cambio real a mi existencia? Jerusalén no reconoció la visita de Dios, Jerusalén la perdió (cf. Lc 19, 44). ¿Cuántas veces me ha visitado el Señor?; muchas veces su invitación, muchas veces su visita es discreta, es suave, porque es amorosa. ¡No esperemos más!, este es el tiempo de volverse a Dios y decirle: “Si muchas veces perdí mi tiempo, y perdí tu visita, perdóname Señor, pero no me abandones; yo Señor, yo sí quiero ser verdadera obra y visión de paz, para ti”.