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De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 19 de San Lucas. Es una parábola o probablemente la combinación de dos parábolas de Cristo. En la parte que yo quisiera que reflexionáramos, es lo que sucede cuando el señor de estos empleados regresa a su casa y empieza a pedir cuentas de lo que cada uno ha hecho. Hay uno, en particular, que le dice: “ Tuve miedo, porque tú eres persona exigente, entonces, lo que hice fue guardar tu onza de oro en un pañuelo, y aquí te la entrego, aquí te la devuelvo. Toma lo tuyo le dice este empleado, lo he tenido guardado en un pañuelo, te tenía miedo. Aquel señor le habla a ese empleado y le dice: Eres un holgazán, y lo manda castigar” (cf. Lc 19, 11-28). La holgazanería es la característica de aquel que no actúa, y yo creo que ahí hay una primera enseñanza: no nos es lícito abstenernos de actuar.


Hoy en esta frase, no hacer nada, también es una opción. A veces se piensa que las opciones se limitan a tengo que hacer esto, o puedo hacer esto, o puedo hacer lo de más allá; ¡No!, no solamente cuando optamos hacer algo, estamos optando. Si pretendemos no hacer nada, ese no hacer nada, también es una opción, y es una opción desastrosa, según nos muestra el Evangelio de hoy. Pero, meditemos un poco más qué quiere decir esta holgazanería; creo que en español, nosotros asociamos esta palabra, fundamentalmente, con la pereza: la persona que se siente cómoda en su lugar, en su sitio, y simplemente deja que la vida pase. Pero no es solo pereza, recuerda la palabra que él dice: “tuve miedo”; ese miedo está indicando la distancia que este siervo siente, entre los intereses de su señor y sus propios intereses.


Nos damos cuenta que otros empleados tomaron una actitud distinta: por ejemplo, hicieron algo, trabajaron el dinero de su señor; en cambio, este, el miedoso, y por miedo, holgazán, no hace nada, no actúa, no se involucra en los intereses de su señor. A mí, se me ocurre que ahí está el punto central de la enseñanza de esta parábola: el empleado llamado holgazán, es uno que finalmente no toma como suyos los intereses de su señor, lo que le puede servir a su señor, lo que le puede agradar a su señor, no se apropia, no asume como propios esos intereses de su señor. Ahí es donde está el problema, y creo que ahí también es donde está la aplicación más directa, la más concreta a nuestra propia vida, porque lo que tendríamos que preguntarnos es: ¿Cuánto pesan en nuestros intereses, cuánto pesa en nuestra vida, cuánto pesa lo que a Dios le importa, o lo que a Dios le ofende, o lo que pretende marginar, o lo que pretende anular el mandato de Dios?.


Cuando una persona, por ejemplo, oye hablar de su papá; vamos a suponer que el papá es un empresario, y este señor que es el hijo del empresario, está en una reunión social, y alguien que no lo conoce, se pone a hablar del papá, y dice: “pocos ladrones más repugnantes que ese señor”. Te puedo asegurar que el hijo oyendo semejante lenguaje del papá, sale a defenderlo, no se resigna, actúa, hace algo; lo mismo, una esposa si oye hablar mal de su esposo. ¿Qué tanto me interesan a mí, qué tanto pesan en mí los intereses de Dios, lo que le da la gloria a Dios, o lo que le quita la gloria a Dios?.


Cuando se ofende el nombre de Dios, cuando se ofende la ley de Dios, cuando se da la espalda a Dios, ¿eso a mí me importa? Me parece que este es el sentido más profundo de esta parábola: el hombre que metió la onza en ese pañuelo, por medio de ese pañuelo está representando la distancia entre el dinero y las cosas de su señor, y su propio dinero y sus propias cosas; no es capaz de asumir los intereses de su señor. ¿Somos así también nosotros?, o ¿hemos aprendido a que nos duelan aquellas cosas que lastiman la gloria divina? Es una buena pregunta: ¿Qué tanto nos importa lo que ofende a Dios?, ¿qué tanto nos importa lo que le roba la gloria a Dios?, ¿qué tanto nos importan aquellos que fueron adquiridos por la sangre de su hijo?; preguntas profundas que nos deja el Evangelio de hoy.