I326005a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Una de las preguntas más dramáticas del Evangelio aparece en el pasaje de hoy. Dice Jesús: “Cuando el Hijo del hombre vuelva, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Es una pregunta dramática porque se nos ha enseñado, y es la verdad, que la fe es la puerta a todos los bienes divinos y, por consiguiente, perder la fe solo puede calificarse de tragedia, gravísima tragedia; perder la fe es cerrarse a la propuesta de Dios; perder la fe es también perder toda esperanza, porque ¿cómo voy a confiar, y cómo voy a aguardar un bien, si no creo en aquel que me lo anuncia? Perder la fe es reducir el don magnífico de la caridad simplemente a la filantropía, a la simpatía o a la satisfacción del deseo. Pero, esa es la pregunta que nos hace Cristo: “Cuando el Hijo del hombre vuelva, ¿encontrará esta fe en la tierra?”.


¿Por qué nos hace esa pregunta? En primer lugar, porque de verdad, y esto hay que tenerlo claro, sí que hay quien quiere arrebatarnos la fe. No se nos olvide que la vida espiritual es combate espiritual: en la parábola del sembrador, Cristo dice que la semilla que cayó al borde del camino, fue atrapada por los pájaros, y está indicando, como lo explica el mismo Cristo, que el maligno no quiere que esa palabra de salvación entre en nosotros (cf. Mc 4, 1-9). Es decir que el demoni, verdaderamente, lucha contra nuestra fe; por algo nos dice el apóstol San Pedro, que ese demonio ronda como león rugiente y, precisamente, para defendernos de él, dice: “Resistidle firmes en la fe” (cf. 1Pe 5, 8-9), porque lo primero que él va a atacar, es la fe. Grandes santos han sido tentados, han sido atacados en esta línea de la fe: una mujer, que ustedes y yo admiramos, la beata Teresa de Calcuta, fue espantosamente atacada por el enemigo, incluso, hasta el punto de pretender llevarla a la duda misma sobre si hay un Dios, sobre si Dios existe.


O sea, que la advertencia de Cristo es oportuna porque nos recuerda que hay quien quiere acabar con nuestra fe; en segundo lugar, es una advertencia oportuna porque a lo largo de la vida, los distintos desengaños: desengaños de nosotros mismos, desengaños de nuestra familia, desengaños de la Iglesia, nos producen desaliento. ¿Quién entre nosotros, si ama a la Iglesia, no ha sentido profundo desaliento, por ejemplo, con lo que sucedió en este último sínodo?; escuchando las propuestas demenciales de algunos grandes prelados, teólogos, cardenales, dice uno, pero, ¿a dónde estamos?, ¿qué está pasando?, y eso produce desaliento. A lo largo de la vida, y a lo largo de la historia, esa acumulación de pecados, y ese ver prosperar las ideas de los malos, se convierte como en un drenaje que disminuye la fuerza, o que quiere apagar el sentido de nuestra fe. Pero, en tercer lugar, y en un tono quizá más positivo, podemos tomar las palabras de Cristo para preguntarnos si nosotros, como generación de cristianos católicos, estamos haciendo lo que tenemos que hacer para pasar la antorcha de la fe a la siguiente generación, pues, Él no se está refiriendo únicamente a una generación, sino más bien a muchas generaciones, porque lo que Él dice es: “Cuando el Hijo del hombre vuelva, ¿encontrará esta fe en la tierra?” Papás, ¿Están ustedes evangelizando a sus hijos?; queridos catequistas, hermanos en el sacerdocio, señores obispos, ¿tienen ustedes como prioridad absoluta, dentro de su vida y su ministerio, impregnar, llenarlo todo de Cristo, como decía el apóstol San Pablo?; ¿es, esto, prioridad en nosotros?: transmitir íntegro el mensaje de la fe, no venderla barata, no presentar una fe de rebajas como algunos almacenes cuando ya no saben qué hacer con lo que no logran vender, entonces se inventan una venta en rebajas. ¡No!, ¡No es rebajar la fe!, es entregar la fe que recibimos de los apóstoles, y ¡Qué hermoso, si nuestra respuesta es: “sí; estoy haciendo todo lo que puedo para transmitir, vivo y completo, el mensaje de la fe” Así, nos lo conceda Dios, por su bondad. Amén.