I325006a

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Queridos hermanos, hagamos un par de reflexiones sobre el Evangelio de hoy, tomado del capítulo 17 del evangelista San Lucas. Nos dice Cristo que en tiempo de Noé la gente comía, bebía, se casaba, hacía sus planes, llevaba su vida, hasta el día en que Noé entró en el arca; y luego nos hace otra comparación con lo que sucedió en la época de Lot: nos dice cómo aquella gente también vivía como distraída de su realidad eterna, y estaba completamente concentrada en las cosas de esta tierra. De nuevo, nos habla Cristo de ese comer, beber, incluso emborracharse (cf. Lc 17, 26-37).


Me parece que hay tres verbos – y esta es la primera reflexión – que condensan la existencia humana cuando se concentra solo en esta Tierra. Esos tres verbos son: producir, consumir y entretenerse. Y en eso se le va la vida a mucha gente; solamente hacen eso: producen, con su trabajo; consumen, porque tienen necesidades; y el tiempo libre para divertirse, para entretenerse. Cristo pone el ejemplo de aquellos que se emborrachan. Así que una primera aplicación de este texto a nuestra vida, es que tengamos cuidado con ese círculo, ¿no?; el círculo del producir, consumir y entretenerse. Cuidado con ese círculo, porque la vida es más que eso; porque más allá de esa repetición de acciones, en realidad, de supervivencia, más allá del sobrevivir, está la verdadera vida. Y yo creo que esa podría ser la síntesis de esto que Cristo nos quiere decir: más allá del sobrevivir, está la verdadera vida.


Entonces, no podemos quedarnos solamente en el producir, consumir y entretenerse. ¿Qué más hay? Pues hay que sacar un tiempo para darse cuenta que la vida misma termina. Indudablemente, es el pensamiento de la muerte el que nos obliga a levantar los ojos, y el que nos obliga a preguntarnos: oye, de verdad, ¿cuál es el propósito, cuál es el sentido de todo esto que yo estoy viviendo?; todo este esfuerzo, todo este trabajo, todo este dinero, ¿para qué? Es necesario preguntarse para qué, porque esa pregunta es la que también nos lleva a descubrir que la vida es preparación, la vida es prólogo, lo que llamamos vida, es decir, nuestro tiempo en esta tierra. Y de inmediato, cuando descubrimos eso, descubrimos que tenemos que trabajar, no solamente, por el alimento que perece (esta es palabra que nos dice, también, Cristo, en otro lugar); y, también, Cristo nos dice: “No atesoréis tesoros en la Tierra […] Atesorad, más bien, en el cielo […] porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (Mt 6,19-21).


Nos invita, Cristo, a atesorar tesoros en el cielo, con la característica extraña de que los tesoros que se acumulan en el cielo son, fundamentalmente, aquellas cosas que nosotros damos con amor por el bien de otros. Es decir, la manera de hacer las consignaciones, o los depósitos en el banco del cielo, son exactamente lo contrario de los depósitos en los bancos de la tierra, porque en en estos bancos, hago un depósito cuando guardo para mí, y cuando no doy; mientras que en los bancos, en la institución bancaria (por utilizar esa expresión) en el cielo, hago un depósito, hago una consignación cuando doy, cuando entrego.


Entonces, la vida es un ejercicio de aprendizaje, es un ejercicio de acogida, de bien y de amor, y de donación de bien y de amor; es preparación para una eternidad, más allá del producir, consumir y entretenerse. La capacidad de reflexionar, la capacidad de buscar sabiduría, y sobre todo, la capacidad de amar, están ahí, también en nuestro corazón, para que nosotros, a imagen de Cristo, hagamos de nuestra vida verdadera fecundidad, y podamos preparar algo más que una buena comida o una espantosa borrachera.