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El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo 17 de san Lucas, podemos decir que es un pasaje en el que Cristo por medio de una sencilla comparación nos invita al mismo tiempo a la generosidad y a la humildad. Nos habla el Divino Maestro de unos trabajadores que al al final de su jornada simplemente deben decir: “hemos lo que teníamos que hacer”. Da la impresión de que esta generosidad raya en la injusticia, tanto trabajo solamente para decir: “era mi deber”; no se supone grandes y hermosas recompensas para los que son fieles a Dios; por supuesto que las hay, pero es un grave peligro trabajar simplemente por la paga o por la recompensa; Cristo en esta comparación quiere despertar en nosotros la capacidad de trabajar no por la recompensa o el pago que nos va a dar el Señor, sino porque Él es el Señor; es decir que se trata de descubrir que nuestra primera recompensa y nuestro primer pago es ser siervos de semejante Señor. Cuando uno trabaja por la recompensa fácilmente termina centrado en sí mismo, en lo que a uno le conviene, en lo que a uno le gusta, en lo que a uno le sirve; pero llevar la vida cristiana con ese criterio sería un terrible error porque entonces cuando llegan los momentos de tentación y de persecución, uno fácilmente dice: “esta no es la vida cristiana que yo estaba esperando”.


Cuando uno trabaja por la recompensa, en el fondo se piensa que Dios tiene un deber con uno, y si Dios no cumple su parte, entonces por qué tengo que cumplir la mía”. Estas ideas no las sacó de una especulación abstracta, es de la experiencia que he tenido también como sacerdote; todos conocemos personas que cuando tienen algún problema realmente grave, por ejemplo se enfrentan con una quiebra, con una enfermedad muy seria, sufren la pérdida inesperada de un pariente, en esos momentos se preguntan: “¿pero yo qué hice?”; ¿qué hay detrás de esa pregunta?, esa persona lo que está diciendo es: “Dios tendría que responder al mismo nivel que yo le estoy trabajando, si he sido buena persona, honrado y correcto entonces no me debe dar ninguna enfermedad seria, no me debe pasar ninguna tragedia, no debo tener ninguna quiebra económica”. Fijémonos que estas personas están cayendo en la lógica del negocio y de la transacción con Dios, y considerando que Dios tiene obligación con ellos, empiezan a medir a Dios a partir de su comportamiento, el cual estiman “óptimo”. Por supuesto es una trampa terrible porque esa persona, por ejemplo que se considera muy buena se casa y luego resulta que tiene un hijo, y este niño trae una condición genética extraña o tal vez inesperada, o lo que el mundo considera desafortunado, por ejemplo un niño que tiene un síndrome de down o un niño autista, entonces la reacción es: “¿dónde está Dios?, ¿Dios por qué me hace esto?, Dios es injusto”; incluso he conocido personas que dejan su práctica religiosa y abandonan a Dios, porque consideran que Dios no ha sido correcto en su pacto con ellos. ¡Ves hasta donde llegan las consecuencias de esto!, cuando uno está pensando en que Dios tiene una deuda con uno, se termina juzgando el comportamiento de Dios, pero obviamente uno se considera el inocente, ¡es una trampa terrible!; por eso Jesús porque nos ama, en el Evangelio nos invita a una perspectiva completamente diferente: “tengo mi confianza puesta completamente en el Señor, en su bondad y en su misericordia y por eso en esa confianza, sé que Él me dará lo que más me conviene”; pero mi alegría está en primer lugar que Él es el Señor, lo cual significa entre otras cosas que no tengo otro señor en mi vida, que no busco otro dios en mi vida; esa es la fuente de mi alegría y cuando tengo convicción, cuando tengo esa certeza entonces soy verdaderamente libre y dejo de juzgar a Dios para más bien ser amigo suyo, siervo suyo, hijo suyo.