I322001a

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Fecha: 19971111

Título: La muerte nos despoja de todo, pero nos tenemos que fiar de la gracia de Dios.

Original en audio: [34 min. 44 seg.]


El libro de la Sabiduría, presenta abiertamente el problema de la muerte, se le presenta en su versión más trágica y más difícil, es decir, la muerte del inocente, la muerte del justo. Hay que decir que para los judíos existía como una ley de retribución, que un poco todos la tenemos, esa ley que en el fondo es como una conciencia de justicia, como un llamado de justicia en el corazón. Dice que a los buenos les debería ir bien y a los malos les debería ir mal.

Uno como que quiere que al malvado algún día le salgan mal las cosas y caiga en la cuenta qué es lo que está haciendo, uno quiere que al final de la película el bueno sea recompensado, pero varias veces y muchas veces el problema de la muerte y el problema del morir, que son dos problemas distintos pero parecidos, el problema de la muerte y el problema del morir se presentan así con crudeza.

Una niña muerta en un accidente va en el carro de su papá y el papá va conduciendo y en la carretera un irresponsable, lleno de licor, pasa de uno a otro carril, se estrella aparatosamente con en el carro donde iba este padre de familia con su pequeña niña.

A duras penas alcanza a evitar el choque frontal, pero el terrible impacto lo recibe sobre todo la parte del carro donde se encuentra esta pequeñita, como consecuencia de semejante accidente, horas después fallece la niña. ¿Qué podemos decir? ¿Qué podemos pensar? ¿A quién se le pasa la cuenta de cobro? ¿A quién se le reclama que algo así suceda?

La muerte es siempre difícil, la muerte siempre dolorosa, pero lo es especialmente cuando menos se la espera, creo yo, es decir, en las vidas que tienen salud, que tienen juventud o que tienen buenas obras.

Hay personas que se quejan a Dios, pero cansadas de hablarles a las nubes que parecen no responder, un día buscan a los representantes de Dios para quejárseles como embajadores del Altísimo.

Entonces buscan a un sacerdote, que puedo ser yo por ejemplo, para pasarle esa cuenta de cobro y para decirle al sacerdote: "¿Por qué sucedió esto a mi? ¿Por qué si hay tantas personas que viven inicuamente y que hacen a su antojo? ¿Por qué a esas personas los negocios sí les resultan, los aviones no les caen, los semáforos no se les equivocan, las llantas no se les estallan? ¿Por qué no le pasa nada a esas personas, mientras que yo que no le hago mal a nadie y trato de obrar bien, sí tengo que pasar por este trago amargo?"

La muerte, ¿qué hacemos con el misterio de la muerte? Sobre todo porque ese misterio de la muerte viene a ser como una especie de juicio de toda la vida, será por esto que nuestro tiempo no gusta mucho de reflexionar sobre la muerte, no nos gusta pensar en la muerte.

Yo creo que no son sólo razones estéticas las que llevan a las personas a templar el cuero, a mantenerse en línea, a emprender nuevas cosas. Nos resistimos a la idea de la muerte.

En sociedades que ya prácticamente han borrado a Dios de su vocabulario y de sus afectos, como pasa en buena parte de Europa; hay ahora un cargo público un poco extraño, persona encargada de presidir exequias laicas, vamos a llamarlas. Hay muchas personas que mueren sin mucha fe en Dios y las familias saben que esa persona no creía en Dios.

Y las mismas familias tampoco les importa Dios, pero al fin y al cabo ha quedado un cadáver y hay que hacer algo con ese cadáver, una solución es meterlo en una bolsa impermeable y desaparecerlo de la vista, pero como eso suena un poco indecoroso, entonces se hace una reunión y hay una persona que está encargada de decir algunas palabras.

Yo no me imagino cómo pueden ser esos discursos en los que las personas hablan a una familia, que no cree en nada, sobre una persona que se murió y que tampoco creía nada, sabiendo que esos restos van a ser llevados, qué sé yo, a incinerarlos o algo parecido. No nos gusta pensar en la muerte, pero ahí está ella igualando las desigualdades.

Bien se ha dicho desde antiguo que la muerte nos iguala a todos; la vida del rico es muy distinta a la vida del pobre, pero el cadáver del pobre y el cadáver del rico ya se parecen bastante.

El que murió lleno de buenas obras y el que murió después de una vida inicua, dejan huesos bastante semejantes, la muerte le mejora mucho la vida. Esta es la razón por la que algunos cuadros o esculturas de santos tienen calaveras, se quiere indicar así de una persona que reflexionó mucho en la muerte, por ejemplo, a Francisco de Asís se le representa a menudo así con una calavera.

O sea que parece que la muerte también tiene su aspecto positivo, podríamos decir, no sólo porque hace justicia, porque acaba con las desigualdades, sino también porque positivamente mejora la vida.

Pero bueno, hay que seguir como una especie de orden en medio de todas estas ideas, y por eso nos vamos a guiar por la lectura que providencialmente nos ofrece la Iglesia hoy; porque no hemos escogido una lectura particular, sino que hemos tomado la de la Misa de hoy, libro de la Sabiduría capitulo dos, y nos dice: “Dios creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza” Sabiduría 2,23.

Esto quiere decir que la muerte no está en el plan original de Dios, esto quiere decir que si no hubiera habido pecado, no hubiera habido muerte tampoco.

Algunos católicos consideran que esto ya es exagerado, que esto ya es demasiado decir, entonces si no hubiera habido pecado quiere decir que todavía andaría por ahí Adán, lo tendrían por ahí en una especie de ancianato y allá llegaría toda la gente a ver el viejito que tendría no sé cuántos años”; pero aquí dice la Sagrada Escritura: “Dios creó al hombre incorruptible” Sabiduría 2,23.

Una vez me preguntaron: ¿Usted cree verdaderamente que si no hubiera pecado la gente no moriría? Yo respondo: “Yo creo que eso es así”. Y voy a tomarme unos minutos para comentarle por qué creo que si es así. Voy hacer un pequeño rodeo, por aquello de los poderes mentales, la concentración y cosas parecidas.

Es un hecho que las personas que se dedican a cultivar los poderes mentales, logran un cierto dominio sobre sus funciones corporales; es un hecho, por ejemplo, que los músculos de la mayor parte de los aparatos y sistemas internos no dependen de nuestra voluntad.

En este mismo momento yo pienso que la mayor parte de nosotros tenemos en nuestros intestinos una serie de movimientos que los fisiólogos llaman peristálticos, entonces son una serie de compresiones y de compresiones que van ordenadamente conduciendo a las sustancias del “bolo alimenticio” por el tracto intestinal, pero nosotros no tenemos que gastarle tiempo a esas cosas, uno no tiene que concentrarse y decir “¡huy, verdad que almorcé, debo concentrarme para que siga moviéndose!”.

¡Desde luego que no! Igual que tampoco tengo que concentrarme en los movimientos propios de la respiración o de la circulación sanguínea, estos movimientos son como automáticos, hasta un grado que nuestra voluntad usualmente no tiene ninguna influencia sobre ellos.

Pero resulta que hay personas que se ponen a cultivar y a concentrarse, por ejemplo, comen concentrados y hacen meditación y llegan a adquirir un cierto dominio; entonces hay que gente que logra cambiar su temperatura corporal, no poniéndose bravos, esto lo conseguirían muy fácilmente todos, sino así solamente con concentrarse; es decir, mueven el termostato de su ser, se concentra y baja la temperatura.

Yo creo que ese género de poderes mentales hubieran podido existir, me parece a mí, desde el principio, es más, yo creo que si muchos de nosotros no desarrollamos esa serie de actividades, o de poderes, o como se les quiera llamar, en parte es porque vivimos ocupados de muchas otras cosas, sobre todo muchas cosas que fascinan a nuestros sentidos.

De manera que yo creo que en el plan original de Dios había una unidad muchísimo mayor dentro del ser humano, había una especie de armonía profunda entre lo mental, lo psíquico, lo somático, lo espiritual, lo corporal.

Esta idea no es nueva, muchas personas creen por ejemplo, que el ejercicio de la sexualidad es como contrario a Dios; así no lo piensan los verdaderos teólogos, dice Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, con respecto al acto sexual, dice que si no hubiera habido pecado, el acto sexual sería mucho mas deleitable; y dice también que las personas, en esas circunstancias, vivirían la sexualidad no sólo con muchísimo mayor gozo sino sin perder la conciencia.

Porque es un hecho, que la excitación sexual impide a las personas el ejercicio de la racionalidad, las personas van perdiendo como cierta capacidad de discurso, no quiere decir necesariamente que hagan las cosas mal, no; pero a medida que aumenta el placer, va disminuyendo la capacidad racional, por lo menos durante ese tiempo, después se recupera.

El hecho es que se puede pensar, que si no hubiera habido pecado, entonces habría como una reconciliación muchísimo mayor, una reconciliación profunda entre todo el ser humano; y esto nos hace creer que las personas, en tales circunstancias, tendrían un profundo dominio de todo su ser.

De manera que no hay que imaginarse a Adán inmortal, con arrugas dentro de arrugas, para las arrugas, Adán inmortal no sería una uva pasa, acabado, contra hecho, contra los males, no, en el Plan original de Dios lo que había era una profunda armonía de todo el ser.

Ahora tampoco hay que imaginarse a Adán como engendrando hijos, a los ochocientos años o a los mil seiscientos años Adán engendrando hijos, no; hay que tener en cuenta que el engendrar hijos es un bien para la especie, pero no necesariamente es un bien para la persona.

Esa humanidad que hubiera existido, si no hubiera habido pecado, era una humanidad de personas, la mayoría de las cuales seguramente hubieran tenido sus parejas, es decir, se hubieran casado, hubieran vivido en gracia de Dios y hubieran sido personas, que a través de sus cuerpos, engendran vida, pero no indefinidamente. La función reproductora no es la máxima de las funciones humanas y esto incluso después del pecado, nosotros lo podemos apreciar, eso podemos apreciar que es así.

Efectivamente, si uno conoce parejas, uno se da cuenta de que cuando una pareja ha estado unida, y han crecido juntos, y han tenido sus hijos, y los han educado y los han visto salir de la casa, sienten que cada etapa tuvo su belleza. Yo le oí a mi propia madre una expresión muy linda, ella dijo que se sentía feliz con la vida que Dios le había concedido y añadió: "Pero yo no me devolvería a ninguna etapa".

Creo que cada etapa estuvo bien en su momento, y por eso no es igual el comportamiento de un abuelito que de un papá, el papá está quemando fiebre todavía, el papá está con grandes ideales, en cambio el abuelito ya le queda mas fácil, porque ya le toca consentir a los nietecitos.

La función reproductora no es la máxima de las funciones humanas, de manera que podemos suponer que estos seres, como los pensó Dios en el principio, eran seres que no iban a morir y que progresivamente se iban a dedicar más y más a las funciones superiores de la mente y el alma humana.

Es decir que ese Adán no hubiera sido una persona viejita, repleta de enfermedades, estorbo para todo el mundo, ni hubiera sido tampoco un especie de reproductor perenne, sino hubiera sido una persona con un equilibrio de su ser, permanecería en una edad hermosa, en una edad adulta, renovando plenamente sus células y dedicándose cada vez más y cada vez mejor a ejercicios de oración, de adoración y contemplación, esta sería la vida que Dios quería para nosotros, este era.

Podemos pensar así el plan original, este plan ha quedado como una especie de nostalgia en el corazón humano, y por eso hay ciertos credos, ciertas religiones que explotan, por así decirlo, esos anhelos que quedaron en el corazón humano.

Esta descripción que les he hecho sobre como serían Adán y Eva, esta es la descripción que hacen los Testigos de Jehová en su propaganda. Ellos le presentan a la humanidad esa descripción y esa descripción es el Paraíso, es decir, qué es el Paraíso?

El Paraíso es el desenlace que hubiera tenido una humanidad sin pecado original, en ese Paraíso las personas no serían repletas de arrugas ni repletas de hijos e hijos, sino que hubieran vivido la mayor parte de las personas la función reproductora las delicias y bellezas del amor de pareja, pero después de un tiempo, en una edad adulta y hermosa, se hubieran dedicado a la oración, a la adoración, a la contemplación, al conocimiento científico y místico del universo y en él, al conocimiento de Dios.

Estas personas pasarían por una serie de estadíos espirituales cada vez más profundos, cada vez más hermosos, hasta prácticamente ver a Dios cara a cara, esto es lo que está ofreciendo la Nueva Era; o sea que fíjate que la Nueva Era, que el materialismo craso o los Testigos de Jehová están ofreciendo ¿qué?

Están diciendo que nosotros podemos alcanzar a esos bienes del Paraíso como si no hubiera habido pecado, y por eso en este verbo morir tenemos una gran alternativa, o nos devolvemos a los ideales del Paraíso o avanzamos a través de la muerte en la cruz hacia el cielo, o Paraíso o Cielo. ¿Quiénes ofrecen el Paraíso? El materialismo y el sensualismo.

Cuando se quiere hacer un plan turístico, que sea supremamente atractivo: “Mira, esa isla es un paraíso”, ¿qué quiere decir eso? Que te deleitará por todas partes.

A mí no me gusta la palabra Paraíso, debo decirles. ¿Qué ofrece la Nueva Era? Ofrece un crecimiento a través del cultivo de las facultades mentales como si no hubiera habido pecado. Es decir, los Testigos de Jehová, la Nueva Era, el sensualismo, el materialismo ¿qué están haciendo? Están hablando como si no hubiera sucedido el pecado, es decir, como si nosotros pudiéramos partir de cero, como si nosotros fuéramos Adán, como si no se hubiera introducido el desorden del pecado en la humanidad.

¿Qué nos dice el relato del Génesis? Que después de que sucedió el pecado entonces Dios los sacó del Paraíso Génesis 3, 23. Muchas personas se imaginan que el hecho de que Dios los sacó del Paraíso fue como una especie de desquite, como un castigo, a la manera del papá que dice: “Ya que usted no hizo la tarea, tampoco ve televisión”.

Entonces nos imaginamos a Dios bravo, castigando: "¿Se dan cuenta? No los puedo dejar solos ni un momento, conclusión: se me van de aquí, pero como fue una falta tan grave y una desobediencia tan fea, por aquí no vuelvan a aparecerse, adiós"; Dios diciendo adiós.

Así se imaginan muchas personas el relato del Génesis, eso no es cierto. El relato del Génesis lo que nos dice es, que después de que ellos cometieron el pecado, después de que comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal, ¿qué dijo Dios? “Es mejor que se vayan, no sea que coman del árbol de la vida y tengan vida indefinidamente” Génesis 3,22.

¿Qué quiere decir comer del árbol de la ciencia del bien y del mal? De acuerdo con los estudiosos quiere decir que el hombre se arrojó con soberbia la potestad de determinar qué es lo bueno y qué es lo malo, es decir, no atendió a que es criatura, sino que pretendió ser el creador y definir por su cuenta y riesgo qué es lo bueno y qué es lo malo.

Pues bien, una vez que esto ha sucedido y esa es la esencia del pecado original, esa soberbia. No hay que pensar que el pecado original en términos de sexo, no; es un problema de soberbia y altanería ante Dios.

La humanidad se volvió invivible, porque la felicidad para la que habíamos sido creados, es decir, Dios mismo, esa felicidad quedó fuera del alcance de nuestras manos, porque el hombre lleno de altanería, ya no puede plegarse ante Dios, se ha convertido en un discípulo de Satanás el cual dijo: “No serviré” Jeremías 2,20, por consiguiente, el ser humano ha perdido la capacidad de ser feliz.

Segundo, una humanidad que se considera en la potestad de decir qué es lo bueno y qué es lo malo, es una humanidad del más fuerte, porque si yo puedo determinar qué es lo bueno y qué es lo malo, es una humanidad del más fuerte, ¿cuál es el límite de mis anhelos, de mis deseos, de mis concupiscencias, de mis codicias?

Si el otro se deja, lo explotaré; y si se opone, lo mataré; esa es precisamente la imagen de lo que pasó entre Caín y Abel. Y además, una persona que ya no puede alcanzar su propia felicidad y una persona que ya no puede mirar a los demás seres humanos como hermanos, es una persona que ya no puede tener paz consigo mismo.

Luego, ¿qué debemos decir? Que en tales circunstancias, prolongar la vida no es un bien sino un mal, prolongar una vida, hacer eterna una vida en la que la ley es la del más fuerte, en la que la felicidad nunca se alcanza, y en la que el tedio se convierte en ley, prolongar una vida así ¿puede llamarse felicidad? ¿Puede llamarse realización humana? Jamás.

Por consiguiente, hay que afirmar que si Dios sacó a nuestros primeros padres de ese estado que llamamos el Paraíso, no lo hizo por rabia sino por misericordia con ellos.

Fue la misericordia la que hizo que Dios sacara a nuestros primeros padres de ahí y por misericordia les dio la muerte, la muerte es un acto de misericordia de Dios, porque la muerte supone un término de esa condición, en la cual prima la ley del más fuerte, en la cual la felicidad no se puede alcanzar, en la cual las personas no pueden tener la paz consigo mismos.

De manera que la muerte que Dios puso como destino de nuestra vida, es decir, esa especie de desarmonía de las fuerzas mentales de nuestros cuerpos, esa desarmonia es ahora querida por Dios, querida expresamente por Dios, para que ahora nosotros pasemos por la muerte, porque la muerte en este estado en el que nos encontramos, tiene características de medicina.

Ahora vamos recogiendo las ideas que hemos dicho, porque efectivamente, ante la certeza de la muerte, mi mente se ve obligada a pensar en lo esencial; ante el hecho de que voy a morir, sólo me quedan dos posibilidades, o me sumerjo en el absurdo, que es entregar las armas, porque suicidarse ¿qué es? Es anticipar el absurdo.

Si yo digo que esta vida es un absurdo y me suicido, pues estoy anticipando el absurdo, no me quedan sino dos posibilidades, o el absurdo o descubrir que yo no soy dueño de bien y del mal.

Es decir, que ese pecado de nuestros primeros padres, esa soberbia que acompaña también nuestras vidas, tiene su principal antídoto en el hecho de que voy a morir, y por eso lo que le dice Dios a Adán y lo que le dice a Eva tiene características de medicina, no es crueldad, no es castigo, por favor, no blasfememos de esa manera, no es castigo principalmente, es ante todo medicina y misericordia.

Dios, en lo que le dice a la mujer y lo que le dice al hombre, les está quitando sus propias soberbias, para aquella mujer que cree que es fuente de vida y que puede hacer un universo.

Efectivamente, la corriente de la vida pasa por la mujer, a esa mujer le dice: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos” Génesis 3,16. Con esto no le estaba diciendo las incomodidades de dar a luz, no; le estaba diciendo que el hecho de dar vida no es simplemente crear un universo, que lo que surge de sus entrañas es distinto de ella, y precisamente porque es distinto de ella, ella no manda en ese universo.

Las que son mamás saben cuánto dolor trae eso, saber que los hijos son tan propios y tan ajenos, tan ellos mismos; saber que estuvieron, que fueron casi una parte del propio cuerpo, y que después no se puede mandar en ellos, y saber que no son otra voluntad, saber que no son otra historia.

Con esas palabras Dios le estaba diciendo a la mujer: “Aunque el hijo de la vida pase por ti, tú no eres la dueña de la vida”. ¿Qué está haciendo con ello? Dándole por la cabeza a la soberbia con la que la mujer se podría creer creadora de universos.

Cuando le dice al hombre: “Con trabajo, con sudor sacarás el fruto de la tierra” Génesis 3,19, ¿qué le está diciendo al hombre? "La vida se te volverá difícil a ti", porque la soberbia masculina está muchas veces en el trabajo, en todo lo que yo logro con mi inteligencia; “¡Ah, mis manos cuántas cosas han construido!”

Pues a ese hombre se le dice: “Para ti hay dificultad, hay dolor en la vida”, y efectivamente, ese dolor del ser humano que no alcanza todo con sus manos y ese dolor de la mamá que sabe que no logra hacer un universo a su antojo, sino que le salen universos que tienen otras cabezas y otros intereses, esos dolores que son los dolores de la muerte en el hombre y en la mujer, humillan la soberbia del hombre y de la mujer, para que cada uno recuerde que no puede simplemente decidir qué es lo bueno y qué es lo malo.

Claro que la mujer también puede decir: “¡Ah, pues entonces yo creo un universo de otra manera y entonces yo no engendro!” Sí, claro, puede decir eso, pero si lo dice con soberbia, lo primero que se encuentra es que el universo que le rodea a ella no es creado por ella ni puede hacerlo a su antojo.

Mujeres como Jezabel, la esposa del rey Ajab, son mujeres que intentaron eso, intentaron mandar por encima de todo y poner su voluntad por encima de todo y aplastar y destruir. Y la misma Sagrada Escritura cuenta cuál fue el final de esas mujeres.

¿Y hombres soberbios cuántos? ¿Y hombres que creen que con sus batallas y con sus técnicas logran hacer universos, cuántos? Pero a cada uno de ellos le llega la hora de su propia muerte, y esa hora de la muerte le denuncia a cada uno sus propias soberbias, y si la escucha le permite ser sensato, le permite reconocer que el no es el dueño, que hay alguien más. Así podemos llegar a una conclusión: en la muerte dejó Dios una medicina, en la muerte dejó Dios un mensaje, en la muerte dejó Dios una gracia.

Medicina es, porque vivir eternamente en un mundo de egoístas y de la ley del más fuerte, eso se llama infierno, ese es el infierno; y es un mensaje porque humilla mi soberbia, pero para que sea una gracia, se necesitaba que hubiera una victoria sobre la muerte y esto es lo que ha dado precisamente el Señor Jesucristo. La victoria de Jesucristo sobre la muerte hace que la muerte misma sea no sólo una medicina y no sólo un mensaje, sino que sea una gracia.

Cristo llegó a la muerte desnudo, no sólo desnudo de sus ropas, sino desnudo de honores, desnudo de riquezas, desnudo de afectos; Cristo llegó desnudo y desnudo peleó contra la muerte. La desnudez de Cristo en la cruz me hace pensar que yo también voy a ser desnudado, voy a ser despojado absolutamente de todo y esto hace que la desnudez de Cristo sane mi despojo.

La sensación de infinito despojo que siento ante la muerte, hace que yo podía sumirme en la desesperación miro solamente la luz de Jesús, se que voy a morir, se que se acerca la hora de mi muerte.

Un pensador lo dijo trágicamente: "Tu cadáver te va a alcanzar"; sí, sé que eso va a suceder, sé que el momento y la hora de mi muerte, aunque no los conozca, están cerca de mí y llegarán hasta mi, sé y reconozco que eso es de ese modo, sé que es así.

Sé que voy a ser despojado de todo, incluso de mis ideas, pero es que la fe no es una idea; sé que me van a quitar hasta mis sentimientos, pero es que la fe no es un sentimiento; me quitarán las ropas, me quitarán la salud, es posible que incluso pierda la razón.

Frente a mi pieza aquí en el convento, agoniza un sacerdote desde hace semanas, este padre de avanzada edad, por sus años y por su enfermedad, a veces desvaría, ¡qué despojo tan absoluto el de la muerte! Ya sea de forma progresiva, viendo cómo se desmorona un anciano, ya sea irreversiblemente.

Cómo ver cómo se deshace un enfermo terminal, ya sea abruptamente; cómo ver la destrucción en un accidente. La muerte hace que uno quede sin nada, incluso sin las ideas, incluso sin los sentimientos, con la sola misericordia, con la sola fe, con la sola confianza en Aquel que ha vencido a la muerte.

Decía Pablo:”Si Cristo no resucitó vana es nuestra fe” 1Corintios 15,14. Efectivamente, no valdría la pena, sería un esfuerzo estéril sacrificarnos por tratar de ser buenos si todo acabara simplemente con esta tierra, pero no; a través de la resurrección del Señor y de la fe que todos tenemos en esa resurrección, nosotros, que seremos desnudados de todas las cosas, seguimos mirando esa luz.

¿Cómo la miramos si probablemente nuestra cabeza ya no pensará? ¿Cómo la miramos si nuestra voz ya no podrá decir nada? ¿Cómo la miramos si nuestro corazón ya no tendrá como latir sus amores? ¿Cómo la miramos? No sabemos. Pero sabemos que hasta donde llega nuestra súplica, y hasta donde llega nuestra fe, avanzamos por esa senda de misericordia, y creemos que esa muerte puede ser vencida.

Porque efectivamente, hubo algo en nosotros que no quedó vencido por el pecado y es el hecho que Dios, que nos hizo inmortales, ha dejado en nosotros operaciones del alma que no dependen del cuerpo, y por eso sabemos que hay una inmortalidad del alma, esa inmortalidad será terrible, pavorosa, si no tiene en donde ejercer su objeto propio.

Es decir, si el entendimiento no tiene una luz, si el amor no tiene un amor, será terrible de soledad y absurdo, y esto es lo que llamamos el infierno; o será el encuentro y el abrazo feliz, o será sonrisa de eternidad, o será luz infinita si nosotros nos fiamos de esa gracia que el Señor nos ha presentado con su propia muerte en la cruz.

Sigamos esta celebración y sigamos el camino de la vida. Después de encontrarnos así con el pensamiento de la muerte, no podemos seguir viviendo igual; esta área de nuestra existencia tiene que ser evangelizada, como tiene que ser evangelizado el orar, el ganar y el perder y tantos otros verbos.

Necesitamos evangelizar esa parte de nuestro corazón que se resiste a morir y necesitamos enseñarle a obedecer a la Cruz Santísima de Nuestro Salvador Jesucristo.

Así nos lo conceda Dios por su gracia.

Amén.