I315006a

De Wiki de FrayNelson
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Es bastante singular el pasaje de la primera lectura de hoy tomada de la Carta a los Romanos, prácticamente hacia el final de este hermoso y luminoso documento. El Apóstol San Pablo, nos habla de su propia misión, nos habla con alegría, con satisfacción, nos gusta estas palabras que dice: “En Cristo Jesús, estoy orgulloso de mi trabajo hecho por Dios” (cf. Rom 15,17), hay varios modos de traducir la expresión que está originalmente en griego, pero el sentido es ese, el de una persona alegre, el de una persona que tiene satisfacción, que rebosa entusiasmo después de años y años de un trabajo tan duro. Debe ser porque pertenezco a la orden de predicadores, que es orden misionera, que es orden dedicada a la evangelización, debe ser por eso por lo que siento tan profundamente las palabras de San Pablo; efectivamente, cuánto necesitamos de hombres y mujeres que desde la alegría y la plenitud del Evangelio se entreguen a la propagación de la Buena Noticia, pero lo he dicho a conciencia, con alegría, con ese espíritu de satisfacción como lo muestra San Pablo.


La evangelización es un combate, no se puede entrar al combate con el rostro ensombrecido, con el corazón arrugado y con la esperanza deshecha, quie pretendiera entrar al combate lleno de tristeza y de malos augurios, seguramente ya está derrotado, necesitamos entrar en este combate de la evangelización con alegría, por algo el Papa Francisco habla del gozo del Evangelio, la alegría del Evangelio, en latín “Evangelii gaudium” necesitamos ese gozo del Evangelio, y por eso es reconfortante ver que un hombre que se esforzó tanto, que se entregó tanto como San Pablo, llegando hacia el final de su labor, él puede decir: “estoy orgulloso de mi trabajo por Dios”. Ese orgullo por supuesto, no hay que entenderlo como vanidad o como soberbia, corresponde más a la palabra que he utilizado antes “satisfacción”. ¿Es cristiano ese sentimiento? ¿Es cristiano que una persona se sienta, como dice San Pablo, orgulloso por su trabajo hecho por Dios? El sentido es el de estar satisfecho, y estar satisfecho no es sino reconocer que lo que yo soy eso que Dios ha hecho en mi, ha alcanzado un fruto y una plenitud. Podemos decir que esta es una alegría semejante a la que puede sentir un papá cuando ve que su hijo alcanza madurez y su plenitud, o la alegría que puede sentir un gobernante cuando ve que esos graves problemas, esas heridas profundas del tejido social se han ido sanando y su pueblo se encuentra en mejor condición; o la alegría que puede tener un médico cuando ve que el enfermo al que estaba cuidando ha tenido un verdadero progreso en la salud. ¿Por qué estas comparaciones? Porque esa es la verdadera satisfacción cristiana, lo que me hace sentirme bien no es que yo soy un héroe, sino que Dios ha hecho de mi un instrumento suyo, que Dios ha sacado plenitud de mi pobreza, que más allá de mis limitaciones y dolencias, Dios se ha manifestado en la magnífica salud, la obra de salvación, que solo puede venir de Él.


Cuando cada uno va encontrando la plenitud para lo que fue creado, puede decir también como San Pablo: “me siento gozoso y agradecido, satisfecho y lleno de alabanza porque Dios ha hecho de mí verdaderamente una creatura nueva útil para su gloria”; que eso lo podamos repetir todos. Amen.