I233003a

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Fecha: 20090909

Título: El lugar de encuentro entre el misterio de Cristo y nuestra vida se llama el Bautismo

Original en audio: [11 min. 43 seg.]


Vayamos juntos, mis hermanos, a ese texto precioso que nos invita a la renovación espiritual en el día de hoy. Me refiero a la primera lectura que hemos oído, tomada de la Carta de San Pablo a los Colosenses. Se trata de un pasaje lleno de doctrina rica y de permanente valor para nosotros.

Esos nombres que aparecen en la Biblia suenan un poco extraños a nuestros oídos. Colosenses, ¿qué será eso? Pues los colosenses son los habitantes de una ciudad griega antigua. La Carta a los Colosenses es la carta a los fieles cristianos que vivían en Colosas. Colosas es esta ciudad griega antigua.

San Pablo era un gran misionero y él iba fundando comunidades cristianas por donde iba pasando. Por eso, está esta comunidad en la ciudad de Colosas, y por eso está esta Carta a los Colosenses.

De la misma forma, la Carta a los Efesios se refiere a los cristianos de la ciudad de Éfeso. La Carta a los Tesalonicenses se refiere a los cristianos que vivían en Tesalónica. Y la Carta a los Filipenses, pues, a los que vivían en Filipos.

Es importante familiarizarnos con la Biblia, es importante reconocer estos lugares donde la fe cristiana brotó al comienzo de la predicación evangélica.

Entonces, San Pablo escribe a estos fieles de Colosas, y ¿qué características tenía esta comunidad? Bueno, entre otras cosas, ellos tenían una gran admiración por los seres espirituales, es decir, los que nosotros llamamos los Ángeles.

En Colosas había toda una espiritualidad, vamos a decirlo, una espiritualidad dirigida a ese mundo que no se ve con los ojos, pero que sí se puede presentir con el corazón, y que se puede describir hasta cierto punto, con la razón. El mundo de los Ángeles, el mundo de los seres espirituales.

San Pablo no niega la existencia de los Ángeles, pero tiene una preocupación. Él quiere que la primacía, él quiere que el primer puesto quede claramente para Jesucristo. Es decir, la Carta a los Colosenses es un himno a la grandeza y a la unicidad de Jesucristo. Cristo es único. Lo que ha hecho Cristo por nosotros es único. El lugar de Cristo en nuestra vida es único.

Es verdad que hay Ángeles, es verdad que hay santos, pero nada ni nadie puede reemplazar a Jesucristo. Él tiene que ocupar el lugar absolutamente central en nuestra vida. Él es Aquel en quien nuestra vida ha encontrado su verdadero rumbo.

Por eso, la Carta a los Colosenses es una gran afirmación de fe cristológica, de gran afirmación de fe en Jesucristo. ¿Y cuál es el punto de unión entre la grandeza de Jesucristo y mi vida personal? Él es tan grande, Él es tan Santo; mi vida no es tan grande, y mi vida no es tan santa.

Entonces ¿cómo puedo relacionar a este Cristo tan grande, tan Santo, tan puro con mi vida? San Pablo nos enseña en varios lugares, por ejemplo en esta Carta a los Colosenses, que el lugar de encuentro entre el misterio de Cristo y nuestra vida se llama el Bautismo.

Precisamente lo que ha sucedido en el bautismo es que nuestra vida ha sido sumergida en el misterio de Cristo, porque también Cristo tuvo su propio bautismo. El bautismo de Cristo, del cual Él mismo habló a los Apóstoles, fue su muerte.

En el bautismo Cristo fue sumergido en su bautismo definitivo, el de su muerte; Cristo experimentó todo el poder de la maldad, pero sin volverse malo; experimentó el poder del pecado, pero sin pecar. Toda la dureza, toda la crueldad del mal cayó sobre Cristo en la Cruz. Y por eso, el verdadero y definitivo bautismo de Jesucristo fue ese bautismo, el de la Cruz.

Es verdad que Cristo había sido bautizado por Juan en el río Jordán, pero mucho después de ese bautismo en el Jordán, Cristo dijo una vez a dos de sus Apóstoles: "¿Estáis dispuestos a recibir el bautismo que yo voy a recibir?" San Marcos 10,38.

Ahí Cristo no se estaba refiriendo a las aguas del río Jordán, sino se estaba refiriendo a ese sumergirse en el misterio de la muerte, eso que iba acontecer a la hora de la Cruz.

Entonces, el bautismo decisivo de Cristo, el que marcó para siempre su historia y su misión fue el momento de la muerte, en el cual Él quedó como sepultado bajo el peso de toda la iniquidad del mundo. Se abalanzó sobre Él toda la maldad del mundo, y eso fue lo que despedazó su pobre cuerpo, y eso es lo que celebramos extensamente en la Semana Santa.

Pero Cristo no quedó sepultado bajo todo ese peso de maldad, a pesar de que gustó la muerte, la muerte no fue la palabra decisiva. La última palabra la tiene la vida: Dios Padre resucitó a su Hijo Jesucristo de entre los muertos. Y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo significa que, en primer lugar, el amor y la unción que Él recibió son más fuertes que toda la maldad del mundo.

Y esto significa que si nos unimos a este Cristo que es capaz de vencer toda la maldad del mundo, también nuestras propias maldades, también nuestras propias iniquidades pueden ser superadas.

Si Cristo se sumergió en el misterio de la muerte, se sumergió en el misterio del pecado sin pecar, esto significa que este mismo Cristo al levantarse de la muerte y al salir de ese espantoso lago de la iniquidad del universo, está mostrándonos el camino para que también nosotros seamos libres.

Esto es exactamente lo que sucede cuando recibimos el bautismo. El bautismo nos pone en contacto con el misterio de Cristo, por eso los antiguos cristianos celebraban el bautismo sumergiéndose en el agua. Sepultados en las aguas ellos estaban haciendo memoria de Cristo sepultado bajo el misterio de la muerte, soportando la iniquidad del mundo.

Ahí, en ese momento, en ese sumergirse, estamos uniéndonos o fuimos ya unidos al misterio de Cristo que murió; pero nosotros no nos quedamos sepultados bajo el agua, sino que salimos de las aguas del bautismo, así como Cristo salió del diluvió espantoso, de la inundación espantosa del pecado y de la muerte.

Así como Cristo se levanta resucitado, nosotros también salimos de las aguas del bautismo, ¿para qué? Esto es lo que Pablo nos dice en la Carta a los Colosenses: ¿para qué nos hemos levantado de las aguas del bautismo? Para tener la vida de Cristo.

Cristo salió del sepulcro, ya no para experimentar la maldad, ya no para experimentar la fuerza del pecado en su cuerpo; ya eso quedó atrás, ya eso fue lo que Él vivió en la Cruz. Cristo se levanta del sepulcro, ya no para que cayera sobre Él el peso del pecado, sino para juzgar al autor del pecado y para liberar al universo de las cadenas del pecado.

Entonces nosotros, al levantarnos de las aguas del bautismo, estamos llamados a tener esa clase de vida. Por eso nos dice San Pablo en su carta: "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra". Carta a los Colosenses 3,1-2.

Pidamos al Señor que nuestra vida sea renovada en el Espíritu, que nuestra vida sea transformada en Jesucristo, de manera que tengamos esas primicias de la vida resucitada que Él ganó por nosotros a precio de su propia Sangre.

Amén.