I233001a

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Fecha: 19970910

Título: Dios toma nuestros males y les obliga a convertirse en luz de nuestra vida.

Original en audio: [22 min. 31 seg.]


Santa Teresa de Jesús, en una carta escrita a un padre, precisamente de mi comunidad, a un padre dominico, decía este elogio de un cierto predicador que había estado allá en el Carmelo; decía la Santa, con su acento gráfico, pintoresco: "Ha predicado sobre la Cruz, -decía-, y ha puesto en tal lugar los sufrimientos, que bien quisiera yo empezar a padecer".

Pienso que era un santo aquél predicador que había encendido tan altas llamas en el corazón de esa otra santa, Teresa de Jesús.

Las lecturas de hoy son como una invitación, para que se levante gloriosa la Cruz de Jesucristo en nuestras vidas.

Le haría falta entonces un santo, para que supiera predicar hoy, para que pudiera hablar y pudiera explicar ese misterio que encierra Cristo en sus palabras: "Dichosos los pobres" San Lucas 6,20, "¡ay de vosotros los ricos!" San Lucas 6,24; "dichosos los que lloráis" San Lucas 6,21, "ay de los que reís!" San Lucas 6,26, etc.

Mientras la homilía no la haga un santo, y mientras la homilía no la escuche otro santo, ni yo sabré lo que estoy diciendo, ni ustedes sabrán lo que están oyendo.

Pero tal vez llegue un día en que se vayan descorriendo los velos, tal vez llegue un día en que este texto ya no nos parezca opaco y oscuro, sino de repente, por un milagro, por un instante, se vuelva transparente, cristalino, intensamente luminoso.

Y entonces comprendamos que la única manera sensata de vivir, es vivir crucificado; y que la única manera sensata de ser feliz, es esa mezcla de llanto, pobreza, hambre y persecución.

Pero mientras llega ese día no podemos tampoco detenernos, quisiéramos que nuestro entendimiento y nuestro corazón no se quedaran en ayunas de lo que nos ofrece el Señor Jesucristo, y de lo que nos predica el Apóstol San Pablo.

Por eso, con la bondad de Dios, y consciente, por lo menos un poco de mis miserias, yo quiero compartir con ustedes alguna palabra sobre este texto.

Yo empiezo diciendo que cuando la Iglesia tiene que darle lecturas a la vida de un santo, así en general, es lo que se llama el Oficio Común de Santos, se escogen las bienaventuranzas, a veces leídas según San Mateo, capítulo quinto; a veces según en Lucas, en este capítulo sexto.

Las bienaventuranzas son el camino de la santidad, y en ese sentido, ser santo, es llevar aquella vida en la que se pueden leer las bienaventuranzas; ser santo es vivir de tam manera, que cada día sea una página, y en esa página se pueda leer la gracia de Dios.

Llegados a la noche, -ya se acerca la noche-, la página que ha quedado escrita la encomendamos a Dios, y Dios sella cada una de esas páginas, porque jamás podremos volver a ninguna de ellas; ni esforzándonos, ni rogando, ni blasfemando, ni protestando, ni suplicando podemos volver a ninguna de las páginas de nuestra vida; están escritas, y no sólo escritas, sino selladas.

A uno le da pesar decir esto, sobre todo cuando ha sido pecador, y grave pecador, como es mi caso, pero aunque esa noticia es mala, hay una noticia buena, y es que aquí pasa como en unos juegos de palabras en los que toca ir agregando letras, entonces se van agregando letras y se trata de construir palabras lo más largas posibles, y hay personas que siempre tienen la cualidad de agregar otra letrica que logra alargar la palabra.

Por ejemplo, una persona da la letra “M”, porque quiere escribir, por ejemplo, "monte"; pero cuando va en mont..., a alguien se le ocurre que se puede decir "montaña", entonces escribe la "A" y luego la "Ñ"; pero cuando ya el otro creía que se iba a cerrar la palabra y se iba a quedar en "montaña, a alguien se le ocurre la "I", porque se puede decir "montañismo".

El que va agregando letras no cambian las que ya estaban, y sin embargo así las cambia, porque ahora dice una palabra distinta.

Algo parecido es lo que hace Dios con nuestra vida, y Él no cambia las letras que ya están escritas. Que robamos, que hemos maldecido, que hemos sido impuros, que hemos sido desagradecidos, eso no lo quita Dios, ahí está; pero Dios construye una palabra nueva con letras antiguas, agrega letras, Él mismo las escribe, y con esas letras nuevas, finalmente la obra es de Él.

Esa es una comparación, ahora doy otra: supongamos que a mí me han dado un cuadro para pintar, como yo no sé de pinturas, cojo un poco de negro e intento pintar un tigre, y queda un mamarracho y entonces digo que "el tigre no es como lo pintan".

Sin embargo eso no convence a nadie, y mi cuadro no sirve, mi cuadro es un mamarracho, ¿qué es un mamarracho? Un mamarracho es aquello que parecía figura, que iba para figura, pero no llegó; un mamarracho es un aborto, un aborto de un cuadro, un aborto de una figura. Ese es un mamarracho.

Por eso yo podría llamarme “Fray Mamarracho”, porque yo iba, pero no llegué, no he llegado por lo menos, me he torcido muchas veces, no he llegado.

Muchas de nuestras vidas son mamarrachos, son vidas que iban para cosas muy grandes, iban a ser palabras muy bellas, empezó una poesía maravillosa, pero resulta que el tiempo pasó, y después de una primera pincelada extraordinaria, empezamos a revolver colores y quedó un manchón negro.

Entonces así se presenta uno ante Dios, con su cuadro, con su lienzo que es un puro manchón negro. ya uno no sabe qué hacer con eso. Pero entonces uno se acuerda de ese gran pintor español, Velásquez. Velázquez casi siempre empezaba pintando así, cubriendo todo de negro. La obra tal vez más conocida de velázquez es su famoso Cristo, un Cristo crucificado sobre un fondo negro.

Nosotros le presentamos a Dios el fondo negro de nuestra vida, que eso corresponde a las letras que ya no dicen nada, y Dios recibe esa negrura, y no la cambia, ahí está, en el Cristo de Velásquez, ahí está esa oscuridad, ahí está ese negro.

Pero sobre esa negrura empieza a dibujar él la cruz, empieza a dibujar al Crucificado, y el efecto queda tan bello, que uno cuando ya mira el cuadro al final,dice: "¡Qué bien queda ese Cristo en esa noche, y qué bien le queda esa noche a ese Cristo!"

Ya uno no reniega de ese negro, de esa oscuridad; ha quedado integrado, ha sido vencido por una gracia mayor; el cuerpo exánime de Jesús, le ha dado luz, y le ha dado belleza, y le ha dado su sitio a las oscuridades antiguas.

Así llega Cristo a nuestra vida, Cristo llega a nuestra vida de “mamarracho”, Cristo llega nuestra vida de muchos intentos y pocas obras, a nuestra vida de muchos propósitos y pocas realizaciones; nuestra vida llena de promesas sin cumplir, llena de libros si acabar.

A veces creo que nuestras vidas se parecen a esos libros malos en los que se dice: "Y como luego explicaremos...", pero resulta que al señor que escribió el libro se le olvidó luego explicar qué era lo que iba a decir.

Así nosotros, cuando hemos hecho nuestras promesas de ofrecernos a Dios y como luego algún día sucederá y nunca sucede, o tarda tanto en suceder ese amor que le habíamos ofrecido al Señor; pero Dios dibuja su Cristo, Dios presenta su Pascua, Dios arroja en el río amargo de nuestra vida el leño de la cruz, y el agua ya se puede beber.

Ese milagro lo realizó Eliseo, como tal vez recordaremos, Eliseo vivía con una comunidad de profetas, y pasaron y pasaron tierras, y muertos de sed no hallaban cómo beber agua, de pronto, una pequeña laguna o cosa parecida, intentan beber, triste frustración: agua amarga, imposible de beber; Eliseo arroja un leño en el agua, y por la palabra y la fe de Eliseo, el agua toda se transforma y ya se puede beber.

Así también llega la cruz de Cristo a nuestras vidas, nuestra vida es, como nosotros decimos de algunas personas: "Impotable", literalmente impotable quiere decir que no se puede potar, y potare en latín es beber. Impotable, ¿qué es? Que yo lo mastico pero no lo paso, y ¡ojalá lo mastique harto, pero ¿pasarlo? No lo paso. Ése es el impotable.

Nuestras vidas seguramente son "impotables", impotables, ojalá fuera sólo para las otras personas, hay momentos que ni uno se aguanta a sí mismo; hay momentos que uno ya sabe que eso que está haciendo es ridículo, es absurdo, es negativo, es destructivo, y sin embargo no logra cambiarlo; uno no se aguanta ni a sí mismo, nuestra vida se ha vuelto impotable.

Ya no es manantial cristalino, sino agua ponzoñosa, agua cenagosa, de pronto se arroja el leño de la Cruz, llega la cruz de Cristo a nuestras vidas, y resulta que entonces, eso que parecía impotable, se va convirtiendo en agua que salta hasta la vida eterna.

¿De qué manera logra la Cruz esta obra? Porque bueno, así dichas las cosas, uno se maravilla de las bondades de la gracia divina, pero, ¿cómo logra la cruz eso en nuestras vidas?

Bien, yo les voy a compartir un pedacito de luz, que yo creo que el Señor me ha querido regalar en ese tema.

Porque así como es verdad que yo me he visto estrellado una y otra vez, con mis límites y con los problemas de la gente, y con que la Iglesia no crece, no florece, no brilla como uno quisiera; así como me he visto tan estrellado con mis fragilidades y las de mis hermanos, así también yo creo que Dios se ha compadecido y a querido regalarle, al calabozo de este prisionero, ha querido regalar un poco de luz, y esto es lo que he querido compartir con ustedes.

Yo he podido cambiar mi manera de ver la Cruz, desde una inspiración que el Señor, en su piedad, me quiso regalar.

Aquella vez, estaba yo preparando el sacramento de la reconciliación, quería confesarme, y sentía, –como yo creo que sentimos casi todos-, gran vergüenza, porque no tenía con qué justificarme, además, la confesión no es para justificarse uno, sino para que Dios lo justifique a uno.

La manera rápida de hacer una pésima confesión es llegar uno a justificarse, esa es la manera de que la confesión sirva poco, si queremos hablar en esos términos, porque llega uno a justificarse, y la confesión es para que Dios lo justifique a uno.

Preparada mi confesión. Y el Señor Dios me inspiró este pensamiento, que sí por ese sólo pensamiento hubiera venido a la tierra, yo creo que hubiera valido la pena: "Un día, -sentí yo que me hablaba el Señor, o me inspiraba, como queramos hablar-, un día comprenderás de cuántos males te he salvado a través de tus pecados".

El que tiene hambre, el que llora, el que es perseguido, inspiran compasión en nuestro corazón; pero el que tiene hambre porque echó a perder su propia comida, el que llora porque echó a perder su propia vida, y el que es perseguido, no por otro, sino por su propia conciencia, ése necesita más que nadie de la Cruz, y ése soy yo. Y eso es lo que el Señor, en su bondad, quiso iluminar con aquél pensamiento.

Porque yo puedo decir, efectivamente, que ha habido algunas personas que me han ofendido, que me han calumniado; a mí me han insultado, a mí me han agredido, sacerdote y religioso, y me han golpeado, pero eso no se llaman persecuciones, son cosas casi de niños.

Mi gran perseguidora, mi implacable perseguidora, esa conciencia que no puede negar lo que yo he sido, y el hambre mía es más amarga y mi llanto más triste, porque yo ya no quiero echarle la culpa de mi llanto a nadie, ni yo quiero reclamarle a nadie el alimento que yo mismo eché a perder, lo que puedo hacer es volverme a Dios y suplicarle.

Y la respuesta que Él me ha dado es: "Algún día comprenderás de cuántos males te he salvado a través de tus pecados".

Cuando uno mira sus deficiencias, sus límites, sus pecados, uno siente disgusto.

A ver si me sirve esta comparación: vamos a decir que uno es como una especie de casa, y vamos a decir que uno quiere salir al campo, por esta puerta, por ejemplo, porque uno quiere extenderse, uno quiere crecer, y las limitaciones de uno y los pecados de uno, no lo dejan salir, sino que lo mantienen como recluido.

Por ejemplo, la persona que quisiera ser como más valiente en anunciar la Palabra de Dios, y siente que la cobardía le puede, quisiera salir, quisiera crecer; o la persona que quisiera ser siempre sincera, o siempre honrada, o siempre casta, o lo que sea.

Quiere crecer, quiere abrir la puerta, y uno se disgusta porque no puede abrir la puerta y porque no puede crecer: "Yo quisiera abrir la puerta para correr, yo quisiera ir por esos campos", hasta que un día el Señor le dice: ”Mira, tú estás que abres esa puerta, pero es que la puerta no sólo sirve para que tú abras y salgas, sino para que alguien entre”.

Tú tienes un límite, tú tienes un pecado, tú tienes un problema, tú tienes una limitación, y has renegado, y has llorado, y has suplicado que se te quite ese límite, esa barrera, ese problema, esa tentación, tú quieres que se te quite eso.

Porque tú dices: "Si se abriera esa puerta, saldría al campo y correría", ¿y qué tal si fuera al revés? Si se abriera esa puerta, entraría el león y te devoraría. "Es que tú no sabes a cuantas fieras he detenido yo ante tus puertas”.

¿Cómo así? Pues sí, Dios ha frenado terribles desgracias en nuestra vida, y la ha frenado, a través del pecado, aquí es donde la mente humana empieza a perderse: ¡cómo así, pero si el pecado ofende a Dios! Pues claro, como ofenden a Dios los latigazos a Cristo, pero esos latigazos, que son malos, traen bienes; es que precisamente, nunca brilla tanto el poder de Dios, como cuando pone al mal a su propio servicio.

A Santo Domingo de Guzmán, el Fundador de mi Comunidad, una vez se le apareció el demonio en persona. Santo Domingo estaba leyendo un libro, a la luz de una vela, el demonio se aparece, ¿qué hace Santo Domingo? Le ordena en el nombre de Cristo al demonio que sostenga la vela, mientras él sigue leyendo. Y el demonio reniega, despide azufre, maldice, pero ahí se queda con su velita, hasta que Santo Domingo quiso leer.

Eso es lo que hace Dios, esa es la omnipotencia de Dios; Dios no echa a patadas los males de nuestra vida, los pone al servicio de su plan, los obliga, -como el demonio de la historia de Santo Domingo-, los obliga a que sostengan la vela, los obliga a que sostengan la gracia, hasta que finalmente amanece, hasta que llega la luz de Cristo.

Nosotros hemos tenido males, y esos males y esos pecados, son pecados y son males, lo que estoy diciendo no le cambia ni el negro al cuadro, ni lo feo a la palabra, ni lo rudo y triste a la vida, no, siguen siendo males, pero Dios toma esos mismos males y, a ellos, les obliga a convertirse en luz de nuestra vida.

Ejemplos: Pablo, perseguidor de Cristo. Pablo persigue a Jesucristo. Supongamos que el demonio quisiera reclamar victoria en los cielos, supongamos que el demonio se presentara en los cielos a decir: "Ese es un perseguidor de Cristo, -sabemos, entre otras cosas, que la palabra Satán significa eso, acusador, es decir, el que intenta hundir-.

Se presenta Satán en los Cielos y dice: "Ése es un perseguidor", y Pablo se levanta y dice: "Tienes toda la razón, soy un perseguidor perdonado".

Se acabó la acusación, nadie puede decir nada, todos callan en la presencia de Dios, porque es un perdonado. Si Pablo no hubiera sido perseguidor, ah, pues dice uno: "¡Muy bello!" Fue un perseguidor:"¡Qué triste!" Es un perseguidor perdonado: "¡Bellísimo!"

Esos son los tres estados del corazón humano: el que no ha cometido pecado, muy bueno; el que cometió pecado, dolor; y el que ha cometido pecado, pero ha sido perdonado, gloria a Dios.

Traduciendo eso a nuestro camino de vida espiritual significa: que el primer paso para acercarse a las bienaventuranzas es dejar de renegar uno de sus males, pero de sus males internos, amigos de sus males internos, no son los males externos los que roban la paz, son los males internos.

Cristo lo dijo: no es lo que viene de fuera lo que hace impuro al hombre, no es que me ha tocado vivir una situación muy difícil, es que nadie me comprende, todos me hacen sufrir, pero yo, víctima..., no son los males externos los que hunden son los males internos.

Entonces, primer paso: convencerse de eso, no saco absolutamente nada con renegar ni de la vida que me toco, ni de la familia que me toco, ni de los amigos que me tocaron, ni de este cuerpo deforme que tengo, ni de esta voz que no me gusta, ni de estos ojos, ni de esta nariz de patacón, ni de esta... No saco nada, absolutamente nada con renegar de esto.

Segundo punto: Basándome en esa inspiración, yo me atrevo a aconsejar: Empieza a agradecerle al Señor, todo, todo, todo, todo. Ese es el camino de las bienaventuranzas, si sabemos que el camino de las bienaventuranzas en esta tierra prepara el camino de la bienaventuranza en el cielo. Darle gracias a Dios por todo, por todo, por todo.

Tercer paso: Ahora vamos a alabar a Dios, pero vamos a alabarlo, no por todo, por todo por todo, sino sobre todo y por encima de todo, por aquello que es lo que duele, lo que incomoda. ¿Y por qué? ¿Porqué voy a alabarlo en esas circunstancias? si yo por ejemplo tuve un año de muy buena salud y otro año en que estuve muy enfermo, ¿porqué le voy a alabar más en el año que estuve muy enfermo que en el año que tuve buena salud?

Por una razón hermosa, toda tribulación, puede traer el dolor que sea, pero trae dentro de si, veneno de muerte para la soberbia, eso es lo maravilloso.

Las tribulaciones sean internas o externas, en el cuerpo, en el alma, en la imaginación, los recuerdos, la memoria, la sensualidad, la inteligencia, la voluntad, cualquier tribulación viene, viene cualquier tribulación a los elegidos, a los amados de Dios, a nosotros redimidos por la Sangre de Cristo, cualquier tribulación vine siempre con la bendición de Dios, siempre.

Es como la ropa extranjera que trae siempre su etiqueta, Hecho en Francia, Hecho en Italia, toda tribulación trae un sellito chiquito, uno tiene que revisarla, aveces la tribulación es así, una tela grandota entonces uno tiene que revisarla hasta que encuentre la etiqueta.

La etiqueta que dice? la etiqueta dice: muerte a tu soberbia, vida en Cristo. Toda tribulación tiene eso, entonces como eso lo traen las tribulaciones y eso no lo traen los éxitos. Los éxitos traen muchas gracias de Dios estoy de acuerdo. Si se hizo una buena predicación y se convirtieron centenares de millones ay pues que dicha. Si hubo buena salud que dicha, si hubo prosperidad y la cosecha resulto que dicha, si nuestros trabajos son reconocidos que dicha.

Pero esas dichas no todas llevan la etiqueta y nosotros que somos pecadores aveces nos dejamos llevar más por los colorines de la tela y no nos damos cuenta donde fue hecha.

¿Cuántas veces uno no ha caído en eso? yo el primero, apenas dice uno oiga yo hace rato que como que por fin supere tal o cual pecado, preciso no es sino que uno diga eso, y ese mismo día o antes... recae. Eso es matemático, eso es milimétrico, dice uno bendito sea Dios yo creo que por fin ha llegado la paciencia a mi vida. Diga eso, no más diga eso. Pasan 5 minutos, 10 minutos.

¿Qué quiere decir? que los periodos de tranquilidad, son como esas telas de colorines, pero esas no llevan siempre la etiquetica de muera la soberbia, viva Cristo. No la traen, entonces uno se maravilla de los colorines de la tela y de los colorines de la tela y cuando menos lo espera le paso con la tela como le paso a los niños chiquitos con las bolsas del mercado.

El niño ve la bolsita del mercado y se mete dentro de la bolsita de mercado y al cabo del rato esta... está ahogado el niño. asi nos pasa a nosotros, nos llega la tela de colorines, los éxitos y prosperidades, creemos que todo está vencido que todo está superado en ese momento somos los ricos, los que ríen, de los que todo el mundo habla bien. No nos damos cuenta de que esas telas no llevan la etiqueta, no llevan el sello de Dios.

En cambio la tribulación si lleva el sello de Dios. Cuando uno ha sido pecador, y hay un nivel de pecador que se llama crápula, cuando uno a sido muy pecador, uno llega un punto en el que empieza a buscar con desesperación. Señor dame un camino para no ofenderte, así para no embarrarla más, para no embarrarla peor mejor dicho.

Porque como voy ya no me queda mucho tiempo de vida, entonces por lo menos hombre un desenlace decoroso,¿si? porque la situación ya no dá para esas vidas que uno de pronto haya querido llevar. Esas vidas que uno lee en los Santos. y a los tres años cuando descansaba de los éxtasis hacia el viacrucis y dice uno ahí si me va a quedar muy complicado a mi.

Como no hemos llevado esa vida dice uno bueno, pues por lo menos un desenlace decoroso no? y uno empieza a buscar con denuedo un camino para no perderse.

Eso fue lo que le paso a una Santa, una dominica del siglo XIV, Santa Catalina de Siena. Se le aparece Cristo a Catalina de Siena y le ofrece dos coronas, bueno aquí tenemos esta corona hermosa de flores y aquí tenemos esta corona de espinas. Las una eran las espinas sin las rosas y las otras como que las rosas sin las espinas o una cosa asi. Bueno escoje.

La respuesta de Catalina es un modelo de prudencia Cristiana, dice ella: Sea en todo servido mi Señor (empezó muy bien, porque hay otros que dicen: No. Para mí las tribulaciones, que caigan sobre mi todos los dolores del Foyer, yo cargaré lo que me mande Dios... a los tres días está que protesta, está que reniega, hasta que ya los hermanos de comunidad le tiene que decir, oiga suspenda su promesa esa que hizo porque ya no nos lo aguantamos. O usted suspende su santificación o lo echamos de aquí. porque se ha vuelto insoportable. Uno tampoco debe dárselas aquí de gallito fino).