I222002a

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Fecha: 20090901

Título: "¿Qué tiene su Palabra?"

Original en audio: 9 min. 39 seg.


Mis Amigos:

Yo creo que esa pregunta que se hacía la gente en la Sinagoga de Cafarnaún, nos la seguimos haciendo nosotros cuando escuchamos con atención a Jesucristo. "¿Qué tiene su Palabra?" (véase San Lucas 4,36).

¿Qué es lo que hay? ¿Cuál es su secreto? ¿Cuál es la fuente? ¿Cuál es la raíz? ¿Dónde está el manantial de ese encanto maravilloso, de esa seducción de amor, de esa luz que nunca se apaga? ¿Esa capacidad aparentemente infinita de sorprendernos que tiene Jesucristo?

¿Cuál es su secreto? Yo pienso que Jesús, al mostrar el esplendor de esa luz que lleva adentro, nos está invitando también a buscar su fuente. Yo pienso que Jesús, al desplegar su mansedumbre, su ternura, su misericordia, nos está invitando a remontarnos hacia la fuente de todo bien.

Yo pienso que Jesús, al sanar a los enfermos, consolar a los tristes, dar vida a los ciegos, nos está invitando a ponernos en marcha, a salir al encuentro: quiere que busquemos dónde está la vida, dónde está la verdadera salud.

Yo creo que este Jesús, que con una sóla palabra expulsa al demonio, nos está invitando a encontrarnos con Aquel que es la fuente de toda autoridad y de todo poder.

Jesús sale a nuestro encuentro. Pero, Jesús también quiere que nosotros nos pongamos en movimiento. Él se ha puesto en movimiento al venir a nuestra tierra, pero Él ha venido para que nosotros nos pongamos en movimiento, para que nosotros seamos peregrinos de su Cielo.

Ha entreabierto su Corazón para que nosotros entremos por la herida del costado y encontremos el banquete delicioso de su amor, la luz infinita de su verdad, la paz cumplida que sólo se halla allí donde Él está.

Ésta es la primera idea para el día de hoy: ponernos en movimiento. La pregunta del evangelio nos la tenemos que repetir muchas veces: "¿Qué tiene su Palabra?" (véase San Lucas 4,36).

Y ésto es muy concreto, tan concreto como la vida humana. Me acompañan muy cerca en el presbiterio algunas religiosas, por ejemplo. Estas mujeres han sido cautivadas, han sido fascinadas por Cristo. Estoy seguro de que en el corazón de cada una de ellas está esta misma pregunta: "¿Qué tiene su Palabra?" (véase San Lucas 4,36).

Y por eso, porque la Palabra de Cristo tiene algo que no podemos descifrar pero que nos atrae incesantemente, por éso nosotros, los religiosos, como estas consagradas que están aquí, nos hemos puesto en movimiento.

La vida religiosa es seguimiento de Cristo. En cierto sentido, la vida religiosa entera se condensa en esa pregunta: "¿Qué tiene su Palabra?" (véase San Lucas 4,36).

¿Qué tiene Él? "Es que ya no puedo vivir sin Él. Iré donde Él vaya, estaré donde Él se encuentre". Ésa es la vida religiosa, y por eso están estas mujeres consagradas aquí, por eso está mi hermano Andrés Felipe aquí.

¿Qué ha traído a Andrés Felipe a la Basílica y a Chiquinquirá? ¿Qué lo ha traído? Lo ha traído Jesucristo. Andrés Felipe ya no puede vivir sin Jesucristo: necesita ponerse en movimiento para servir a Jesucristo.

Y ésta es la segunda idea del día de hoy: Cada uno de nosotros encontrará su verdadera vocación en la medida en que responda a esta pregunta: "¿Qué tiene su Palabra?" (véase San Lucas 4,36).

Finalmente, a las personas de aquel tiempo les llamaba la atención la autoridad de Jesús: "Da órdenes de autoridad y poder a los espíritus inmundos. ¡Y salen!" (véase San Lucas 4,36).

Jesús es Aquel que tiene la capacidad de separar el pecado del pecador. Y esto es muy importante, hermanos, tan importante que en realidad marca la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Si miramos la Ley del Antiguo Testamento, es decir, la Ley de Moisés, una gran cantidad de pecados, una gran cantidad de faltas recibían un castigo: bueno, el máximo castigo, la pena de muerte.

Por ejemplo, nos dice el libro del Deuteronomio, que, "si alguien se aparta de Dios, si alguien maldice a Dios, tiene que ser apedreado" (véase Deuteronomio 17, 2-5). "Si una mujer comete adulterio, tiene que ser apedreada" (véase Deuteronomio 22,22).

Incluso, en cosas que no son exactamente pecado pero que son una amenaza para la comunidad, como la lepra, "si alguien está enfermo de lepra, exclúyasele de la comunidad" (véase Números 5,2).

Ese rigor, esa drasticidad, esa dureza de la Ley de Moisés, ¿de dónde viene? Viene, por una parte, del deseo de mantener la pureza, la verdad y la santidad en la comunidad; y éso está muy bien.

Pero, esa dureza viene también de la incapacidad de separar el pecado del pecador. Cuando, por poner el caso, se manda enérgicamente que la adúltera debe ser apedreada, con el pecado se está destruyendo a la pecadora.

Es decir, el Antiguo Testamento no podía separar al pecado del pecador, no podía separar al enfermo de la enfermedad. Y por eso el Antiguo Testamento nos parece casi cruel, nos parece excesivamente duro, porque de lo que se trata es de castigar, juntos, al pecado y al pecador.

¿En dónde está la autoridad de Jesucristo? ¿Está en que Él grita como un bravucón? ¿Está en que Él se exhibe? ¿Está en que Él se humilla? ¡Nada de éso!

¿En dónde está la autoridad de Cristo? El poder de la Palabra de Cristo y la fuente de su autoridad están en que Él sí es capaz de separar el pecado del pecador.

Cuando una persona se siente echada a perder, cuando una persona siente que su vida no vale la pena, esa persona no es capaz de separar su pecado de ella misma. Pero, ya el Antiguo Testamento anunciaba en el Salmo: "Dios aparta de nosotros nuestros delitos" (véase Salmo 103,12).

Solamente Dios puede hacer éso: solamente Dios puede quitar de nosotros lo que hemos cargado pero no somos.

Y yo hoy te invito a que tú le digas a Dios, Nuestro Señor, una oración parecida a esta: "Señor, sé que he cometido muchas faltas, sé que he cometido muchos pecados. Pero, una cosa son mis pecados y otra cosa soy yo. ¡Quítame lo que no soy yo! ¡Yo no soy mi pecado! ¡Quítalo de mí! Arráncalo de mí y aparecerá lo que yo sí soy, que no es otra cosa sino lo que tú has querido que yo sea".

Con este sentimiento y con la alegría de creer en Jesucristo, sigamos nuestra celebración eucarística. Admirémonos de la Palabra de Cristo y confirmemos hoy nuestra vocación cristiana y religiosa, para seguir sus huellas, para preguntarnos una y otra vez: "¿Qué es éso tan hermoso que tiene su Palabra?"