I156001a

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Fecha: 19990717

Título: El maximo poder y sabiduria de Dios esta en su misericordia con nosotros

Original en audio: [10 min. 26 seg.]


La máxima manifestación del poder de Dios, así como su máxima sabiduría y su máxima misericordia, están en Jesucristo, su Hijo, "porque el Hijo es la plena revelación del Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" San Mateo 11,27.

Las obras del Padre Celestial en la creación son inmensas, son portentosas; los abismos, el cosmos, causan asombro y casi temor en nosotros; la duración de los siglos, la complejidad de la materia, la belleza inagotable de miles y miles de especies de animales y plantas, todo esto nos deja sobrecogidos, y en cierto modo, humillados, por la grandeza de un poder y de una sabiduría que nos supera.

Pero el evangelio de hoy nos muestra dónde está el máximo poder de Dios; está escrito con aquellas palabras del profeta Isaías: "La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará" Isaías 42,3.

Aplastar al débil, parece una fortaleza, pero sanar al que decae, restaurar al que amenaza ruina, curar al que ya desesperaba, esta es una manifestación más grande de poder. Ese poder que sirve para aplastar al débil, ese poder está lejano de la misericordia; en cambio, este poder que aparece en Jesucristo, es al mismo tiempo misericordia, es el poder de la misericordia.

El que hace ruido, el que se hace sentir, el que hace ostentación de su poder, todavía necesita del reconocimiento, del aplauso de los demás.Pero este gobierno majestuoso, silencioso, sereno que Dios tiene sobre el Universo, y sobre todo, este gobierno majestuoso, suave y amoroso que tienen los corazones humanos, nos hace reconocer en Él verdaderamente al que todo lo puede.

Es la misma idea que ya nos encontrábamos en el libro de la Sabiduría: "Tú te compadeces de todos porque todo lo puedes" 11,23. Y por eso, en esa aparente debilidad de Jesucristo, en esa debilidad del Corazón de Dios, debilidad por los débiles, esa atracción que tiene Dios por el más pequeño, por el más humillado, es al mismo tiempo, la muestra más perfecta de su poder.

En este momento, saquemos tres enseñanzas para nosotros.

Primera: este es un mensaje de mucha esperanza, porque de muchos modos nosotros experimentamos nuestra vida como caña resquebrajada y nuestra fe como pábilo vacilante.

Saber que Dios va a mostrar su poder especialmente en nuestra debilidad, es la mejor noticia que se le podía dar a la estirpe humana; saber que nuestra debilidad va a ser ocasión propicia, ocasión próxima y cercana para la obra de Dios, y que nunca Dios mostrará tanto que es Dios como ahí, esa es una noticia de mucha esperanza para nosotros no sólo por las debilidades que tengamos hoy, en este momento, sino porque al mirar el curso de nuestra vida, todos tenemos zonas oscuras, zonas heridas por el pecado, cada quien de acuerdo con su debilidad.

En alguien será el egoísmo, en otro la mentira, en otro la lujuria, en otro la codicia, en otro la cobardía, en otro la inconstancia; saber que las áreas que Dios mira con más amor, las que cuida y las que rescata con mayor poder, son precisamente nuestras llagas, esto supera lo que podíamos esperar nosotros de Dios, y es un mensaje de mucho consuelo.

Puede decirse que Dios obra con nosotros como el médico al que llega un herido gravísimo, un accidentado espantoso, y el médico cuida con mayor cariño y con mayor ciencia, con mayor cuidado lo que está más herido. Esto nos mueve a una confianza sin límites en Dios y a un deseo irreprimible de entregarle todo lo que somos, empezando precisamente por lo más miserable de nosotros mismos.

Razón, que cuando Jesús iba por esas calles,la gente obraba con Él como todavía obran los mendigos:mostrando sus heridas. Lejos de esconderlas con vergüenza y con orgullo, hoy somos convocados a mostrarlas a Dios, para que Dios sea fuerte ahí.

Una segunda aplicación de esta enseñanza está en quienes tenemos vida comunitaria. Quienes estamos bajo el régimen de una vida comunitaria en una consagración religiosa y también, guardando las proporciones, quienes hacen comunidad en una familia, el verdadero vínculo que nos une no es el de nuestros talentos y fortalezas; en esos talentos y en esas fortalezas, a veces se dividen las comunidades, porque surge la emulación, porque surge la envidia, porque surge la desconfianza.

La sabiduría legendaria, la sabiduría secular tiene dichos, refranes sobre esto para los religiosos: "Si estás en comunidad, no muestres habilidad", como indicando que cualquier cosa que nos singularice por encima, en algún sentido, nuestros hermanos van a ser motivo de conflicto tarde o temprano.

Pues tomemos el refrán, pero apliquémoslo de otra manera. Es verdad que todas nuestras fortalezas y talentos pueden ser ocasión de división, de envidia, de presunción, pero hay un vínculo más profundo que nos une: somos una comunidad de compadecidos, gente de la que Dios se apiadó.

Si nos ponemos a mirar qué nos diferencia de los otros, qué nos hace mejores o qué los hace mejores a ellos, nos dividiremos. Los psicólogos dicen hoy que una de las principales causas de separación en los matrimonios es la emulación económica, como ambos trabajan, hay una cierta competencia, hay una cierta rivalidad, una mala independencia que proviene de la diferencia económica.

¿Qué vamos a hacer? ¿Anular, cancelar, eliminar las virtudes que Dios nos haya dado? ¿Enterrar los talentos? Eso sería desobedecer a Dios, ¿qué hay que hacer? No enterrarlos, usarlos con humildad y con amor, pero sobre todo tener claro que lo que nos une, lo que realmente nos une, es que somos una comunidad de gente de la que Dios se ha compadecido.

Aprender a descubrir en cada hermano, en cada hermana y en la familia, en el cónyuge, que lo que nos une es: Dios se apiadó de esa persona, como se apiadó de mí". Ese sí es fundamento para la vida comunitaria, este sí.¿Por qué esta hermana aquí? Porque Dios la amó, porque Dios se compadeció de ella, porque Dios quiere conducirla. Estas sí son razones para fundamentar la vida comunitaria.

Y la tercera aplicación de este texto, es la misma celebración en que nos encontramos, en la Eucaristía. En la humildad, en esa pobreza última de la Hostia, ahí está la máxima manifestación de Dios.

La contemplación desde la Eucaristía, nos ayuda a recordar continuamente, diariamente este modo singular que Dios escogió para mostrar su poder, su amor y su sabiduría.

Sigamos, pues, esta celebración agradeciendo a Dios el don de la Eucaristía, el don de la Palabra y el don del sacerdocio.