I155001a

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Fecha: 19970718

Título: Es necesario acompanar el el trayecto de Cristo hacia el sacrificio desde el inicio de su vida

Original en audio: [10 min. 57 seg.]


Es doctrina común entre los Padres de la Iglesia que los sacrificios y las ceremonias y las instituciones del Antiguo Testamento, son como figuras en las que se iba anunciando progresivamente esa gran realidad, esa maravillosa realidad que es Jesucristo. Y también es doctrina común, que la figura que más nos habla de Cristo en el Antiguo Testamento, es ese sacrificio de la Pascua.

Porque de hecho, lo que realizó Cristo en la Cruz fue al mismo tiempo la plenitud de ese sacrificio pascual, una plenitud, que, yendo más allá de los que significaba esa primitiva Pascua judía, anuncia una reconciliación y un perdón que antes estaban sólo en esperanza.

Pero comprender qué quiere decir esta Pascua de los judíos, no resulta sencillo. No es sencillo, pero sí es importante, porque yo pienso que no tendremos el suficiente, el profundo, el verdadero amor al sacrificio de Cristo, si no recorremos con Él el camino que llevó a ese sacrificio.

En efecto, si una persona va a entrar a Jerusalén en el momento en el que Cristo estaba allí pendiente de la Cruz, y con Él estos dos malhechores que nos dicen los Evangelistas, si alguien entra a Jerusalén en ese momento y ve a estos tres crucificados, difícilmente podría imaginarse que uno de ellos era el Redentor, que uno de ellos era el Salvador de los hombres, que uno de ellos era el Hijo de Dios, el Mesías anunciado y preparado por el Antiguo Testamento.

Con esto quiero decir, que si uno no ha acompañado el trayecto de Cristo hacia el sacrificio, se queda sin entender lo que está ahí pasando, y esto es lamentable, porque precisamente ese sacrificio fue ofrecido por Cristo a gloria de Dios, en favor de nuestra salvación, en favor de nosotros.

Si se llega tarde a la Cruz, y uno apenas ve al Crucificado, no entiende nada. Es necesario haberlo acompañado un poco antes. Eso es precisamente lo que quiere el santo ejercicio del Viacrucis, que nosotros acompañemos ese camino de Cristo. ¿Pero cuál será el momento en el que empieza el Viacrucis?

Las estaciones con las que solemos orar en la Iglesia Católica empiezan con la declaración de la muerte de Cristo: "Jesús es condenado a muerte", ¿y ese es el momento en el que empieza el camino de Cristo hacia la Cruz? Pues no, porque ya Él había dicho antes, por lo menos tres veces le había dicho a sus discípulos, que el Hijo del hombre iba a ser entregado en manos de los hombres, y que lo iban a azotar y a rechazar.

De manera que ahí no empieza el camino de la Cruz. Hay un pasaje importante, que está en los tres sinópticos, en el que se destaca cuando Cristo empieza su camino definitivo hacia Jerusalén. Por ejemplo, Lucas dice que "Jesús empezó resueltamente el camino hacia Jerusalén" San Lucas 9,51, y esa resolución era necesaria porque se trataba de un camino sin retorno.

Ahí no iba Cristo a celebrar una fiesta judía, sino a llevar a toda su plenitud, a su consumación misma al judaísmo, que quedaría enteramente renovado por la efusión del Espíritu, y ese Espíritu se iba a derramar en la faz de la tierra precisamente por el Corazón abierto del Señor.

De manera pues, que el sacrificio de Cristo tampoco empezó cuando fue condenado a muerte, empezó por lo menos antes, cuando Él se resolvió a caminar hacia Jerusalén; pero si lo miramos mejor, ¿sí será verdad que ahí empezó el sacrificio de Cristo?

Cuando Él se encuentra en la montaña, que usualmente identificamos con el Tabor, en esa montaña en la que se transfiguró, ahí les habló de la Cruz; estaba orando con ellos y les habló de la Cruz y del sacrificio.

Si miramos bien, la Cruz de Cristo empezó con la vida de Cristo; no fue cuando lo condenaron a muerte, ni cuando ya recibió el leño; desde antes ya estaba Cristo encaminándose hacia allá; de alguna manera, para eso vino a esta tierra. El sacrificio de la Cruz empieza cuando empieza la vida de Cristo. Toda su vida estuvo orientada hacia eso.

Mira que los Evangelios no nos dicen que Jesús estaba organizando una microempresa, y como no le resultó, entonces se volvió profeta; o tampoco dicen que Jesús, pues parece que tenía más o menos amoríos con alguna muchachita de Nazareth, pero como al fin esa cosa no cuajó, entonces dijo: "Voy a predicar el Reino de Dios; ni tampoco dicen: "Jesús se dedicó a la Filosofía, pero como no se vendían sus libros, entonces dijo: "Mejor voy a hacer milagros".

La vida de Jesús es una vida que tiene una profunda unidad, una única dirección; es como una flecha dirigida a la gloria de Dios y a la salvación nuestra. Es un designio que empata maravillosamente con todo aquello que había sido prometido en el Antiguo Testamento.

Y por eso, Padres de la Iglesia hubo que dijeron que el sacrificio de Cristo ni siquiera empezaba cuando Él empezó a existir. El sacrificio de Cristo empieza antes, el sacrificio de Cristo ya estaba anunciado en estos corderitos que se sacrificaban.

El sacrificio redentor de Cristo ya estaba figurado en ese Isaac, que llevó la leña de su propio sacrificio; el sacrificio de Cristo, dice un Padre de la Iglesia, "ya estaba anunciado en ese Abel, que muere inocente; el sacrificio de Cristo ya estaba anunciado cuando Dios le dice a la mujer que, "su descendencia, la de la mujer, vencerá sobre la descendencia de la serpiente" Génesis 3,15.

Si uno llega tarde a al Cruz, no entiende nada. Es como el que llega a un chiste cuando ya se están riendo; lo único que puede hacer es sacar una sonrisa un poquito cortés y tratar de, bueno, dirigirse a los que están sonriendo, pero no entiende nada.

El "chiste" de la Cruz, la gracia de la Cruz, cuanto más la recorremos, cuanto más la acompañamos, más la recibimos. La persona que llega simplemente al momento de ver al Crucificado, lo único que ve es a un hombre retorciéndose de dolor, padeciendo, y finalmente, muriendo. Y en eso no hay mucho qué comprender, ni hay mucho qué saborear.

Si hace un recorrido un poquito más largo, y mira cuál fue el proceso por el cual fue condenado ese Cristo, y mira sobre todo con qué amor, con qué paciencia, con qué profunda oración y nobleza vivió Él su propia muerte, entonces ya se le abren un poco más los ojos y entonces dice: "No es cualquiera el que está muriendo ahí, aquí hay algo, aquí hay algo".

Mira que el centurión romano, que llegó bastante tarde, porque ese no sabía nada de estas cosas, seguramente, aquel centurión que estaba al pie de la Cruz, algo alcanzó a ver, porque llegó a decir: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" San Marcos 15,39.

Osea que si uno acompaña un poquito más la Cruz de Cristo, uno entiende un poco más qué era lo que Él quería y sobre todo uno recibe un poco más de luz, un poco más de amor y un mucho más de gracia. Y si uno se va un poco antes, y mira qué género de vida llevaba Cristo, uno entiende que Cristo murió como murió, porque vivió como vivió.

La vida de Cristo no tuvo una casualidad, un accidente, un tropiezo cuando llegó a la muerte; su muerte cruel y misericordiosa a la vez, espantosa y bellísima a la vez, es el desenlace de su vida.

Entonces, cuando uno va recorriendo la vida de Cristo, uno va viendo que hay tanto qué comprender y tanto qué amar y tanto qué agradecer en esa Cruz. Y si uno se devuelve un poco más, y llega a estas imágenes del Cordero sacrificado cuya Sangre detiene las consecuencias del pecado de los hombres, para que no haya más muerte, uno agradece más.

La invitación entonces, ¿cuál es? La invitación es: acompañar el recorrido del sacrificio de Cristo desde su origen, desde su principio; mirar cada lectura del Antiguo Testamento, invito yo, mírela usted relacionándola con Cristo: ¿qué tiene esto que ver con mi Señor? ¿Cómo se me está hablando aquí de mi Jesús? ¿Cómo se me está anunciando aquí la salvación que llegaría a su plenitud después?

Y así, uno va haciendo de estas lecturas y de estas meditaciones, actos de contemplación, actos de amor, que le permiten conocer, saborear, apreciar, agradecer y proclamar mejor la salvación que nos ha sido dada en la Cruz bendita, en el sacrificio redentor de Nuestro Señor Jesucristo.