I153004a

De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo o 11 de San Mateo. La frase central del texto, que la Iglesia nos ofrece para este día, es: "Te doy gracias Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla" (Mt 11, 25). ¿Cuáles son esas cosas que quedan ocultas a los ojos de los sabios y entendidos?, ¿por qué quedan ocultas?, ¿quién las oculta?. Esas cosas que quedan ocultas, tienen que ver todas con una palabra tan importante, que en cierto sentido resume el Nuevo Testamento; es la palabra "gracia".

Nos dice San Pablo que hemos sido salvados por la gracia , y mediante la fe (cf. Rom 3,24-25), es decir es un don, un regalo de Dios; regalo que nos ha llegado en la persona de Jesucristo, por la donación de su vida sobre la cruz, y que ha quedado confirmado para siempre, con la resurrección de nuestro Señor.

Recibir un regalo no es tan fácil como parece; cuando uno se siente fuerte e importante, siente que puede adquirir lo que quiere, y dejar de lado lo que no quiere. Cuando uno se considera importante, uno cree que lo que tiene, es fruto del propio esfuerzo, de la propia astucia, de haber jugado bien las propias cartas, es decir, uno se da gloria a sí mismo; y en la medida en que nosotros nos centramos en nosotros mismos, en la medida en que estamos llenos del humo de nuestra propia vanidad, ese mismo humo nos vuelve ciegos para reconocer la grandeza, la belleza, y sobre todo la urgencia del regalo que Dios nos trae. Y eso es lo que está oculto a los que se consideran sabios ante sus propios ojos, eso es lo que queda oculto a los que piensan que saben mucho, a los que se creen demasiado buenos.

En la época de Cristo, por ejemplo, los escribas, los estudiosos de la ley, los maestros de la ley, se creían llenos de conocimiento; los fariseos, se creían llenos de virtud y de pureza. Pero resulta que esa idea, esa vanidad, esa arrogancia, los volvió ciegos para reconocer que en la sencillez de la palabra de Jesús; en su lenguaje tan preciso, tan simple, que estaba al alcance de los más humildes oyentes, ahí estaba Dios hablando.

Ellos no pudieron encontrar esto, y por eso tenemos que pedir al Señor, que limpie nuestros ojos de tanta vanidad, de tanto orgullo, de tantas cosas en las que nosotros nos creemos fuertes. Si somos libres de esa arrogancia, quedaremos libres de todo pecado, dice el salmo (cf. Sal 19,14); y por eso necesitamos esta sencillez de corazón, para no perder la dimensión de regalo y para no perder el tamaño de los regalos que Dios quiere darnos

A Él sea la alabanza, a Él sea la gloria, y que nuestros corazones vivan agradecidos por tanta ternura de su amor.