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El libro del Génesis, queridos hermanos tiene cincuenta capítulos, y a partir del capítulo 12 hasta el capítulo 50 tenemos la historia de los patriarcas, empezando por Abraham, siguiendo con Isaac, luego Jacob, y después la atención se centra en uno de los hijos de Jacob, un hombre llamado José.

Precisamente el día de hoy la primera lectura está tomada de un par de fragmentos del capítulo 49 y 50. Qué bueno asomarnos a estos textos, y qué bueno sentirnos como parte de nuestra propia familia; solamente cuando empezamos a sentir que Abraham, Isaac y Jacob son parte de nuestra familia, son algo así como nuestros abuelitos en la fe, solamente en ese momento podemos hacer realidad lo que dijo San Pablo: “hemos sido injertados en el antiguo olivo de la primera alianza” (cf. Rom 11,17-24), porque todas esas bendiciones que Dios ofreció, concedió a Abraham, Isaac, Jacob y José, son bendiciones también para nosotros, pero así como una rama separada del árbol no recibe la savia que la alimenta, así también nosotros, si no estamos espiritualmente en sintonía y conexión con estos abuelitos nuestros en la fe, no podemos recibir tantas bendiciones y enseñanzas que están en estos relatos.

Por ejemplo, observemos que hoy se comenta de la muerte del patriarca Jacob, y de la muerte años después de su descendiente José, aquel que estuvo como administrador general, podríamos decir, en el país de Egipto. ¿Por qué se nos cuentan estos dos fallecimientos, estas dos muertes?, porque en ambos casos, tanto Jacob como José, tienen perfectamente claro que no quieren que sus restos queden en Egipto, sino que un día sus huesos sean llevados de ese lugar y sean puestos en comunión, en reunión con los huesos de Abraham, de Sara, de Rebeca, de Isaac, de Lía, es decir, de todos aquellos primeros personajes en los que nosotros reconocemos la entrada del querer y de la promesa de Dios en la historia humana.

¿Por qué es importante esto?, hay una enseñanza, hay una alegoría muy bella que podemos aplicar: ¿Qué era Egipto en aquel momento? y ¿Qué era Canaán en aquel momento?, ahí está la clave.

Egipto, en el momento que estamos describiendo, era el lugar de la prosperidad, el lugar de la abundancia. Nosotros sabemos, recordamos por otros pasajes de la Biblia, que las cosas cambiaron radicalmente: el libro del Éxodo nos va a contar una historia bastante distinta, porque cerca de 400 años después de los hechos que se narran en el Génesis, lo que vamos a encontrar es un faraón completamente distinto, que no sabe nada de José, y que en cambio mira a los israelitas como esclavos a los que hay que exprimir hasta la última gota de su trabajo y sudor, pero eso vendrá después. Por ahora, en el Génesis lo que encontramos es que Egipto es la tierra de la abundancia, de la prosperidad, Egipto es algo así como la despensa del mundo entero. Egipto le da alimento a todos, precisamente por las provisiones que tomó José, porque él era el administrador, y él supo hacer los ahorros apropiados de modo que se pudiera cumplir lo que Dios le había dicho en sueños, aquello de las vacas flacas y las vacas gordas, de modo que Egipto era el lugar de las vacas gordas, era el lugar de la abundancia, era la despensa del mundo.

¿Qué era Canaán en cambio?, Canaán era una tierra en necesidad, por algo el patriarca Jacob, como escuchamos al principio del pasaje de hoy, sale de Canaán con todas sus posesiones, su familia y sus criados; ¿Por qué?, porque en Canaán no había ni siquiera de qué alimentarse, por eso Jacob tiene que salir de Canaán. Es decir, Egipto es la abundancia y Canaán es la escasez; Egipto es la prosperidad y Canaán es la indigencia; y sin embargo la promesa de Dios es una promesa para Canaán, es decir, Canaán es la tierra de la promesa, y lo que están diciendo Jacob y luego José, cuando llegan al final de sus días es: “yo no quiero quedarme en esta tierra que parece tierra de abundancia, yo quiero ir a la tierra de la promesa”. Es decir que ahí está el mensaje: preferir la promesa, así sea difícil de creer, así parezca incierta, y así esté en el futuro; creer en la promesa más allá de creer en la abundancia y la prosperidad, porque el mundo nos tienta y fácilmente queremos quedarnos en la prosperidad, pero la prosperidad es engañosa, y el que hoy parece tu amigo, como el faraón, mañana puede ser tu explotador. No te fíes demasiado de la abundancia y de la prosperidad; cree con todo tu corazón en las promesas del Señor.