I145001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20030711

Título: Entre consolaciones y desolaciones, Dios nos va educando

Original en audio: [11 min. 52 seg.]


Yo he llegado a convencerme del valor tan grande que tiene la Palabra y la realidad de la admiración. Es tan importante en la Sagrada Escritura aprender a admirar los caminos de Dios.

Hemos llegado a un pedacito muy interesante, y es cómo Dios ha venido conduciendo la historia a través de las voluntades humanas, para que los israelitas se establezcan en Egipto. Se trata de una cosa que no era obvia en absoluto.

Repasemos la historia: Cuando Abraham salió de Caldea, Dios le dijo: "Te voy a llevar a una tierra, que yo te mostraré" Génesis 12,1, y esa tierra, pues era la tierra de Canaán. Y Abraham llegó allá, y allá se estableció, y allá, pues nació Isaac ( , y luego Jacob.

Es decir, como que ya se había cumplido la promesa que Dios le había hecho a Abraham; como que ya habían llegado, y ya estaba la tierra que se había prometido.

Pero la historia no fue tan sencilla, porque había que salir de esa tierra, ir a Egipto; y es de vuelta de Egipto, cuando Dios hace su gran Alianza con Moisés como instrumento. Es decir, Dios va guiando la historia, y esto es lo primero que yo quisiera destacar.

Ahí aparecen muchas voluntades: La gente que traicionó a José, por ejemplo; esa gente estaba obrando con su propia voluntad, que era una voluntad perversa. Y con esa voluntad perversa, pues llevaron a José a Egipto.

Pero, por encima y a través de las voluntades perversas de los hombres, Dios está manifestando su voluntad; o como dice el refrán, "Dios escribe derecho en renglones torcidos".

Los renglones torcidos son nuestras voluntades, que muchas veces son egoístas, son codiciosas, pueden tener resentimiento, pueden tener pereza, pueden tener soberbia. Pero es muy importante que entendamos, que nuestra soberbia, nuestra pereza, o nuestra codicia, no detienen el cumplimiento de la voluntad de Dios.

No porque nosotros seamos mentirosos, va a dejar de ser cierto y va a dejar de ser veraz Dios. No porque nosotros seamos codiciosos, Dios va a dejar de ser generoso. No porque nosotros seamos impuros, va a perder Dios su pureza.

Lo más maravilloso de ver este plan de Dios en la Sagrada Escritura, es ver cómo se cumple a través de las voluntades humanas. Eso no lo podemos olvidar nunca. Dicho de una manera, de pronto, más cortica, el mal no es un freno para Dios; el mal no detiene el cumplimiento de la voluntad divina.

Pero, por otra parte, nos podemos hacer esta reflexión, cuando ya vemos a Jacob que llega donde José; fíjate que José salió del lado de Jacob, pero luego es Jacob el que llega al lado de José. Es Jacob, el que tiene que dejar la tierra prometida.

Y aquí, también, hay una enseñanza. ¿Qué fue, entonces, lo que hizo Dios? Dios sacó a Abraham de Caldea, lo llevó a Canaán; pero luego sacó a Jacob y a sus hijos de Canaán, y los llevó a Egipto; entonces, esa primera estadía en Canaán, ¿qué lugar tenía? ¿Para qué era?

Era una anticipación, una degustación. Esto es algo muy profundo. Así obra Dios también en nuestra vida. Dios no nos da las cosas de una vez. Dios, más bien, hace como en los grandes banquetes: da un aperitivo, y luego da el plato fuerte; da la degustación, y luego da la realidad. ¿Para qué sirve la degustación? Para despertar en nosotros el hambre, el deseo.

Por eso en los supermercados, nos dan degustaciones: Nos dan lo suficiente para que sintamos el sabor, y nos dan tan poquito que no nos quite el hambre. Porque si la degustación fuera un platado, entonces no sería degustación, sino que estarían dándole almuerzo a la gente. Dan lo suficiente para que uno sienta el sabor, pero dan tan poquito para que uno quede con hambre.

Así hace Dios. ¿Qué fue lo que hizo Dios llevando a Abraham a Canaán? ¿Qué fue lo que hizo? Darles una degustación, les dio a saborear. Les dio lo suficiente para que apreciaran la dulzura, pero no les dio lo suficiente como para quitarles ya el hambre.

Y así nos va a llevar también Dios a nosotros. No pidamos algo distinto. Esto lo hace Dios de muchas maneras. Por ejemplo, Dios nos lleva a experimentar consuelos espirituales dulcísimos. Hay veces que nos sentimos abrazados y amados por Jesús, pero luego como que se fue. Era una degustación. Lo suficiente para que supiéramos el cariño que nos espera, pero no lo suficiente como para que nos estacionemos.

Es lo que se llama el "alimento del viajero". A un viajero hay que darle lo suficiente para que siga caminando, pero no tanto que se sienta y diga: "ya llegué". Para mantenernos en camino, Dios nos tiene que mantener dando degustaciones, que son anticipaciones de Cielo.

Las anticipaciones de Cielo más significativas, o podemos decir, las que más impactan nuestro corazón, son las que tienen que ver con la Palabra de Dios, con los Sacramentos y con el ejercicio de la caridad. Todo ello, desde luego, unido a la oración, que se presupone.

En los Sacramentos, por ejemplo, hay confesiones que uno, verdaderamente, siente: "Dios es pura misericordia", es un saborear, es la dulzura de la misericordia. En la Eucaristía se siente muchísimo.

Santo Tomás, predicando de La Eucaristía, dice: "En ella se experimenta la dulzura de su propia fuente". En los Sacramentos se siente, en la Palabra de Dios se siente: "Tu Palabra es dulce, tu ley es dulce, tus mandatos, tu sabiduría".

Todas esas expresiones de elogio a la Voluntad Divina que aparecen en la Biblia, uno las experimenta. ¡Hay veces que es tan dulce la Palabra de Dios! ¡Es tan dulce sentir cómo nos ilumina, cómo nos transforma! ¡Es tan dulce ver toda la sabiduría que está ahí para nosotros! Y desde luego, en el ejercicio de la caridad.

Pero todas esas experiencias son las pruebitas, son las degustaciones. Así como los Patriarcas apenas alcanzaron a saborear un poquito lo que era Canaán, ya les tocó, prácticamente, irse a Egipto. ¿Qué tenían? Hambre de Canaán.

Así hace Dios con nosotros. Tiene que llevarnos a Canaán, que es la tierra de la consolación, diría San Juan de la Cruz, y tiene que llevarnos a Egipto, que es la tierra de la desolación. Y entre Canaán y Egipto; es decir, entre la consolación y la desolación, ahí nos va llevando, ahí nos va guiando.

Consuelo, consolación, para que no nos falten las fuerzas; desolación, para que no hagamos tienda demasiado permanente en esta tierra. Desolación, para que no se nos olvide que somos peregrinos; desolación, para que no idolatremos a nada ni a nadie en este mundo. Consolación, para que sepamos que Él es bueno; desolación, para que sepamos que sólo Él es bueno.

Cuando ya hemos aprendido esas dos cosas, estamos preparados para volver a la tierra prometida, que eso fue lo que sucedió. Después de que estuvieron en Egipto, ese poco de tiempo, "cuatrocientos treinta años", dice San Pablo Carta a los Gálatas 3,17, volvieron a Canaán, y cuando volvieron a Canaán, ya podían disfrutar, ya podían gozar de esa tierra.

Bueno, eso pensaban los que llegaron, porque, en realidad, esa era otra degustación apenas. Luego vino otra desolación, que fue el tiempo de los jueces, donde tantas veces fueron humillados, y todo el que quería se les paraba encima.

Pero después de esa desolación, vino la gran consolación, la más grande del Antiguo Testamento, que fue el Reinado de David. En ese momento, sí sintieron que habían agarrado la voluntad de Dios.

Pero el mismo David ya la embarró. Salomón, con toda su sabiduría, se equivocó en tantas cosas, y entonces, ya no dio la medida. De ahí vino prácticamente una pendiente, hasta llegar a la peor desolación.

La peor desolación del Antiguo Testamento fue, ¿cuál? El destierro. Pero luego vino el gran consuelo. El gran consuelo, ¿cuál es? Jesús, su Palabra, sus milagros. ¡El gran consuelo! ¡Ya llegamos! ¡No! Todavía no llegamos, porque entonces viene la gran desolación, la Cruz. Y luego viene la gran consolación, el Espíritu de consuelo, el gran Consolador, que es el Espíritu Santo.

Y viene el gran consuelo, y decimos: "Ya llegamos! ¡No! Todavía no hemos llegado, porque falta todo el camino de esta tierra; entonces viene la gran desolación, que ya es personal: ya cada uno de nosotros tiene que vivir su propia desolación. Y esa propia desolación es: "Estoy enfermo, estoy solo, estoy anciano, estoy marginado, estoy desterrado".

Esas son las grandes desolaciones que ya cada uno experimenta, hasta que va uniendo su muerte a la muerte de Cristo. Y entonces, ahí sí viene la última, que esa sí es la gloria del Cielo que ya no tiene ocaso. Así nos va llevando mi Dios, entre consolaciones y desolaciones, entre Canaán y Egipto Dios nos va conduciendo, y Él sabe lo que nos va dando, y sabe cuánto necesitamos.

Por eso ustedes, si pudieran verle el rostro a Dios cuando uno se despierta por la mañana, vería que Dios lo está mirando a uno con mucha atención, diciendo: "¿Qué necesitará hoy este jovencito? ¿Qué necesitará esta niña para este día?" Entonces dice: "Necesita tantos gramos de consolación y tantos de desolación". Y ahí va distribuyendo lo que cada uno necesita, y así nos va educando día por día.