I142002a

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Fecha: 20110705

Título: Es necesario saber hablar

Original en audio: [4 min. 24 seg.]


Fijémonos ahora especialmente en el evangelio para el día de hoy, es el capítulo noveno de San Mateo.

Se trata de un pasaje relativamente breve, unos siete versículos, pero en ellos aparecen varios personajes. Tenemos a un demonio que enmudece a la gente, hay un endemoniado mudo, y llega Jesús, y con el poder de su palabra, con la santidad que exhala su corazón expulsa a este demonio. Entonces, el que era mudo, puede hablar.

Ese retorno a la palabra es en realidad un símbolo muy grande: el demonio nos amarra, quiere amarrarnos, atarnos en el silencio, confinarnos al sepulcro. Porque es verdad que hay un silencio que produce fruto, es el silencio que nos dispone para escuchar mejor al Señor. Pero en cambio hay otro silencio, que es el silencio de la muerte, es el silencio del resignado, del resentido, también el silencio del que prepara un golpe certero, una venganza efectiva.

Ya podemos imaginarnos que clase de silencio es el que trae el demonio. Y también así podemos entender qué clase de palabra es la que regala Jesús. Jesús desata la lengua de este endemoniado, y entonces, el que había estado oprimido por el mal, ahora puede cantar jubilosamente la victoria del bien.

Eso también tiene que cumplirse en nosotros. A veces creo que los cristianos estamos demasiado acomplejados, estamos demasiado amordazados; escondemos, a veces, voluntariamente nuestra condición de fe, nuestro espíritu de fe, lo escondemos, sentimos que nos cuesta trabajo dar testimonio, no queremos que se note demasiado que amamos a Dios, que amamos a su Iglesia.

Muchas veces resultamos cómplices, con un silencio que se parece al de este pasaje; resultamos cómplices de ese silencio cuando se habla mal de la Iglesia y nosotros nos quedamos callados, rechazando en nuestro interior lo que se está diciendo, pero sin salir a defender los intereses de Jesucristo. Ese es un silencio de mordaza, ese es un silencio cómplice.

También hay un silencio que no es de Dios cuando dejamos de decir aquella palabra que podría incomodar a una persona. Cuántas veces por no perder a un amigo o a un amiga, dejamos de decirle aquella palabra que en realidad puede fastidiar, pero puede curar también.

Miremos el caso del médico: cuántos de los tratamientos que tienen que aplicarnos los médicos son incómodos y son dolorosos; el médico nos explica que nos va a doler, pero de todas maneras aplica el tratamiento, y si tienen que, por ejemplo, poner una inyección, incluso si tiene que llegar al extremo de amputar un miembro que está gangrenado, pues, avisa y lo hace para salvar la vida.

¿Qué tal que nosotros tuviéramos esa misma calidad de amor cuando se trata de nuestros amigos? ¿Qué tal que nosotros lucháramos así por ellos? Cuando ves que tu amigo, cuando ves que tu amiga está tomando el rumbo del abismo, ¿eres tú de los que callan con ese silencio de mordaza, con ese silencio de tinieblas? ¿O eres tú de los que hablan, así duela, hablan con amor? Fíjate lo que dijo el evangelio: que Jesús se conmovía del dolor de las personas.

Hay que saber hablar. ¿Eres tú de aquellos que hablan? ¿Eres tú de aquellos que sanan?