I134001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990701

Título: La fe que rompe cualquier barrera entre Dios y el hombre

Original en audio: [12 min. 25 seg.]


La impresionante escena del relato del Génesis Génesis 22,1-19, nos invita a descubrir la perfección que Dios concedió a Abraham en las virtudes de la fe, de la obediencia, de la esperanza.

Un milagro, eso era su hijo, el milagro más querido, la joya más preciosa que le había dado la vida. Y ese hijo, querido como todos los hijos; pero más que todos los hijos, porque era único, y más que todos los únicos, porque era un imposible realizado; ese es el hijo que Dios le pide.

Nos puede parecer extraña esta petición de Dios. A mí ya no me parece tan extraña, cuando he tenido ocasión de meditar en el salvajismo y la crueldad de estas épocas y de estos países.

Evidentemente, Dios habla en el lenguaje comprensible para la historia de cada persona. Y en estas épocas, llenas de sangre y de violencia, Dios habló ese lenguaje, precisamente, para superar ese lenguaje.

Cáigase en cuenta, que los dioses de esa región, es decir, los considerados dioses en esa región, eran todos dioses implacables, que pedían los hijos. ¿Por qué aparece tantas veces en el Antiguo Testamento la prohibición de sacrificar los propios hijos? Pues, porque las naciones vecinas a Israel tenían ese género de costumbre pavorosa.

Las cosas más graves, más difíciles o más queridas se "aseguraban" con el sacrificio de lo que fuera más querido para la persona, usualmente los hijos.

Había cosas abominables: gente que quemaba los primogénitos, gente que enterraba vivos a sus hijos para echar encima los cimientos de una ciudad. Por medio de estas aberraciones, se buscaba desgarrar el corazón delante de un supuesto dios, y decirle: "Hasta esto soy capaz de hacer por tu servicio".

Más tarde, en la Sagrada Escritura, se dará sentencia implacable contra esta práctica. Dirá en algún lugar la Biblia: "Sacrificaron a los demonios sus hijos y sus hijas" Salmo 106,37. Era práctica demoníaca. Pero realmente, donde Dios no se ha revelado, donde Dios no aparece y reina, pues, ¿qué reinará? El poder de las tinieblas.

Y en ese lenguaje de penumbras, de sangre, en ese lenguaje, donde no hay ni un Derecho Canónico, ni un tratado de moral, donde no hay instituciones civiles ni eclesiales, donde Abraham no tiene nada sino la voz de Dios y la presencia de los Ángeles de Dios, en ese lenguaje y en esa cultura, Dios se vale de esa penumbra para pedir un absurdo, en el que va a purificar, con el crisol de la fe, la obediencia de Abraham.

Y la respuesta de Abraham es pasmosa. "¡Abraham!" "Aquí me tienes" Génesis 22,1, esa es la respuesta del creyente; "toma a tu hijo único" Génesis 22,2, ya le dijo que era hijo y que era único, "al que quieres, a Isaac, vete al país de Moriah, y ofrécemelo allí en sacrificio" Génesis 22,2.

"Abraham madrugó, aparejó el asno, y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac" Génesis 22,3.

Abraham, el que había intercedido por la ciudad pecadora ante Dios, el que había suplicado por los justos que pudiera haber en Sodoma Génesis 18,23-25, madruga, apareja el asno, se lleva consigo a los criados y al hijo para el sacrificio Génesis 22,3.

Una obediencia de este género, que indudablemente es la que resulta grata a Dios, es la expresión de una fe muy pura. ¿Qué le podemos pedir nosotros a Dios como fruto de esta lectura impresionante?

Abraham estaba dispuesto a sacrificar a su único hijo, la esperanza de su vejez, el hijo en el que estaban depositadas las mismas promesas de Dios. Estaba dispuesto a entregar también ese hijo.

Nótese que cuando Dios le habla, cuando Dios hace juramento, dice: "Por haber hecho esto, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré" Géenesis 22,17.

Es decir, el sacrificio no fue consumado en la tierra, pero sí fue aceptado en el Cielo. Como dice San Pablo: "Se le apuntó a su favor, se le reputó como justicia" Gálatas 3,6. Dios acogió este sacrificio como realizado.

Y para nosotros, ¿qué puede ser tan querido para nosotros? ¿Qué podríamos ofrecer nosotros? Podríamos decir que cuando Abraham estuvo dispuesto a sacrificar a su propio hijo, fue cuando más creyó en la Palabra de Dios.

Porque Dios, lo que le había dicho y le había repetido, era: "Te daré descendencia, te daré descendencia". Cada rato lo sacaba por allá en la noche: "Mire las estrellas; así van a ser sus hijos". Luego lo ponía a caminar por la arena: "Mire, así van a ser sus hijos" Génesis 22,17.

Y después de hablarle de tanta vida y de tanta abundancia, "ahora sacrifíqueme al único, a su descendiente" Génesis 22,2; "Ismael, por allá perdido en un desierto, sabrá Dios si muriéndose de hambre" Génesis 22,14-16; "Isaac, aquí, para el altar, a matarlo" Génesis 22,2-3.

Lo más admirable de Abraham, más incluso que la obediencia, es indudablemente la fe; la fe, que cuando es verdadera, va unida a la esperanza. "¿De dónde va a salir esa descendencia abundante, si el único gérmen de descendencia lo tengo que acabar?" Abraham se unió con fe y con esperanza a la Palabra de Dios. Creyó que era posible, algo era posible, algo se le ocurriría a Dios: "Yo le hago caso al Señor, algo se le ocurrirá a Él".

¡La obediencia, la fe y la esperanza! Y una fe así, ¿qué logra? Una fe así logra que la Palabra tenga pleno poder. "Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido" Génesis 22,18.

¡Pleno poder! Una fe así rompe cualquier barrera entre Dios y nosotros. Una fe así hace que Dios pueda realizar su voluntad a plenitud en nosotros.

¿En qué momento, de qué manera, en qué circunstancia querrá Dios que nosotros ejerzamos esa fe, esa obediencia, esa esperanza? No sé; yo creo que eso cambia de una persona a otra. Yo creo que hay momentos, unos más intensos que otros, en que resulta necesario ejercer la fe de una manera extraordinaria.

Creer, cuando no hay tribulación y cuando no hay persecución, cuando las cosas son según nuestra manera de pensar y nuestros afectos están sosegados, y nuestros planes se van realizando, creer ahí, resulta, podríamos decir, sencillo. Lo interesante es creer cuando eso no aparece. Eso es lo interesante. Ahí es donde crece la fe.

Por eso, ha habido Santos audaces, que se atreven a pedirle a Dios: "Según tu voluntad, según tu querer, permíteme, Señor, padecer por tí".

En las primeras páginas del Diálogo de Santa Catalina de Siena, esa es la frase terrible que leemos: "Este es el amor que me agrada, el deseo de padecer por mí", dice Dios. Yo no me atrevo a sugerir eso, a sugerirlo con más fuerza, a sugerirlo más claramente.

Pero si el Espíritu Santo, obrando en el corazón de ustedes, invita de pronto a alguien a dar ese paso, yo creo que ese es el paso que hace madurar; yo creo que ese es el paso que lleva hasta la madurez; ese es el paso que rompe toda barrera, que salva todos los abismos, que une todos los corazones.

"Permite, Señor, que guiado por ti, por tu voluntad, por tu Espíritu, pueda yo padecer por ti. Permíteme ser formado en tu crisol; permite, Dios mío, que no termine mi vida siendo un aborto de mí mismo, alguien que se quedó a medio camino; permite Señor, que guiado por ti, por tu Palabra y por tu Espíritu, pueda alcanzar esa madurez, esa vida que tu has querido para mí."

Si una oración así, a usted le parece posible en su corazón, con esa oración humilde, Dios lo irá llevando al Monte de Moriah, Dios lo irá llevando a la hora del sacrificio, a la plenitud de la fe y al ejercicio heroico de la esperanza. Con su bondad y con su gracia, esto sea concedido a aquellos que lo pidan con amor.