I131001a

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Fecha: 19970630

Título: El seguimiento de Cristo

Original en audio: [15 min. 15 seg.]


La lectura del Santo Evangelio nos presenta, al mismo tiempo, la grandeza, la esencia, la premura y la primacía del seguimiento de Jesucristo. "Te seguiré a donde quiera que vayas" San Mateo 8,19, dice este letrado.

Esta es una especie de fórmula técnica, con la cual un discípulo judío se entregaba por completo en manos de su rabí, de su maestro judío. Con esa fórmula le estaba diciendo: "Quiero ser completamente discípulo tuyo, y que tú seas mi Maestro". Responde Cristo, no que siga, no que no siga, sino la condición de ese seguimiento: "El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" San Mateo 8,20.

Estar, pues, con Él, de alguna manera es participar de su misma suerte, y esta suerte, en el caso de Jesucristo, supone como estar en descampado, como permanecer en descampado, como estar siempre en pie de lucha. Cristo aquí, habla como el que no tiene donde descansar, porque todo lugar es lugar de misión para Cristo, y esto es duro.

De alguna forma, pequeña será, yo lo he podido experimentar, porque, ¿a dónde va uno, que no se necesite la Palabra de Dios? ¿Donde los parientes de uno? Cuántas veces acudo, visito a mis parientes, a mis papás, a mis hermanos, y lo que encuentro es que me tienen bien reservadas unas cuantas preguntas, una cantidad de problemas, intenciones de oración, consultas, o simplemente, y me disculpan la palabra, fastidiosamente quejas, y quejas, y quejas.

¿A dónde va uno, si es discípulo de Cristo y si va en el nombre de Cristo, que no se necesite a Cristo? Algún descanso se encuentra cuando uno va a un lugar, donde hay hambre de la Palabra de Dios, donde hay deseo de conocerlo y de servirle.

Porque hay muchos otros lugares, a donde uno es invitado, lugares donde, probablemente, hay cariño, hay simpatía, hay amistad, pero muchas veces ese cariño y esa amistad tienen razones solamente humanas,y creo que sin tener muchos años, ya he experimentado lo que significa acercarse a las personas cuando sólo tienen esas motivaciones.

Cuando el amor que le tienen a uno es solamente por motivos humanos, no es aquel amor grande del que habla el capítulo trece de primera Corintios 1 Corintios 13,1-7, no es ese amor grande que no lleva cuentas, sino este amor humano, chiquito, que lleva cuentas: "¡Que yo por usted he hecho! ¡Y yo como sí lo tengo en cuenta! ¡Y yo como sí estoy!"

Entonces, las personas creen que están adquiriendo derechos con uno, y que luego uno tiene que atenderlas, o tiene que portarse con ellas como ellas quieren, simplemente, porque han tenido algunas atenciones con uno.

Para permanecer libre, como es el Espíritu Santo, para permanecer libre como es Jesucristo, a uno le toca hacer el quite a muchas invitaciones, a muchos cariños, a muchas amistades, porque más que cariños y amistades son lazos, y más que regalos, presentes o dones son negocios, negocios afectivos, con los que pretenden tener asegurado al sacerdote.

Y como resulta que, sólo Dios juzgue, hay sacerdotes a los que sí les llama la atención entrar en ese juego del cariño y del afecto, entonces hay familias, por ejemplo, que se disgustan con uno. Pero uno no es como otros padres, que sí es el "padre de la casa". Así como hay el médico de la casa, o como hay el abogado de la casa, hay gente que quiere tener el padre de cabecera, el sacerdote manualito, el sacerdote que está en el bolsillo, con el que se cuenta en todo momento, el que está siempre ahí.

Pero uno no se debe al que más lo quiera a uno; uno se debe al que más necesite de la Palabra de Dios. Y por esta razón, pues es dura esa condición del seguimiento de Cristo. Es dura, pero es bizarra, es noble, es alta, porque esto significa gastarse y quemarse sólo por Dios.

De pronto dirá alguien: "Bueno, y entonces, ¿qué servicio o qué cariño se le puede dar, qué atención se le puede hacer a un discípulo de Jesucristo?" Como le comentaba alguna vez a algunos amigos, en cuya casa me encontraba, el lugar, por lo menos hablo de mí, y que Dios tenga misericordia, el lugar que a mí me atrae, es el lugar donde se busca la gloria de Dios.

Donde se puede encontrar, donde mi corazón, por lo menos, puede encontrar algún descanso, es en ese lugar donde se busca amarle más, y donde la conversación, la presencia, la palabra, la oración, se encaminan así, a la gloria suya. No hay muchos lugares así; no son muchos los lugares así. Y por eso, incluso en esos lugares, y en todos, uno se acuerda de Cristo que no tenía donde reclinar la cabeza San Mateo 8,20.

Hay otra interpretación que le oía a un sacerdote, monje además, en torno a este versículo. La expresión "reclinar la cabeza" San Mateo 8,20., dicha por un hombre, indica su hogar, y particularmente, su esposa. Parece que aquí estuviera diciendo Cristo, de acuerdo con esa interpretación: "No hay para mí el cariño de una esposa".

Decía aquel predicador, aquel monje, que este versículo no había que relacionarlo tanto con el voto de pobreza como con el voto de castidad, porque indicaba, más bien, como esa especie de despojo afectivo.

Me parece que no hay que llevar las cosas hasta allá, porque la pregunta que le hace el letrado no está aludiendo a la condición afectiva, esponsal o no, de su posible Maestro, que sería Cristo. Así que no creo que haya que llevar las cosas hasta ese punto.

Sin embargo, insisto sobre la idea que estamos comentando: Entrar a seguir a Cristo es quedarse en descampado; es, muchas veces, no tener quien resguarde de las dificultades, de las durezas de la vida; o mejor dicho, tener solamente a Dios para que Él cuide, para que Él resguarde, para que Él provea.

Digamos una palabra sobre el otro diálogo que se presenta en este breve pasaje. Fíjate lo que dice: "Otro que era discípulo" San Mateo 8,21, ya era discípulo, "le dijo: Déjame ir primero a enterrar a mi padre" San Mateo 8,21. Esa anotación, "que ya era discípulo" San Mateo 8,21 es de mucha importancia, de inmensa importancia para comprender cómo se iban relacionando las personas con Él.

Este es uno de los versículos que nos ayuda a entender, cómo había en torno a Cristo, digamos así, como círculos concéntricos. Ser discípulo, todavía no era tener verdadera y completa intimidad con la enseñanza del Maestro; había un algo más. Ser discípulo era un paso, pero había algo más. Y ese más, ese paso más, es el que Cristo quiere que este discípulo dé cuando le dice: "Sígueme" San Mateo 8,22.

Este seguimiento de Cristo es algo más que ser discípulo de Cristo, es compartir su misma suerte, y esto no le sucedía a todos los discípulos. "Sígueme" San Mateo 8,22, ahí, como en otros pasajes, alude a algo bastante concreto: "Estate conmigo, quédate conmigo, y que lo que nos vaya a pasar nos pase a ambos, o nos pase a todos los que vamos en este camino".

Nos puede sorprender un poco como la dureza de la expresión de Cristo. El discípulo dice: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre" San Mateo 8,21. En nuestra cultura occidental, eso ¿qué significaría? Que este hombre tiene el dolor de que se le murió el papá, y que el papá anda por allá muerto en otro pueblo, y están en las diligencias del entierro, y Cristo dice: "No vaya a las exequias", llamaríamos en nuestro lenguaje de hoy, "no vaya a ese entierro, usted no vaya a ese entierro, siga por acá".

Y entonces uno dice: "¡Pero eso es inhumano! ¡Cómo así! ¡Se le muere el papá, y "no vaya al entierro"!" El sentido no es ese. "Déjame ir primero a enterrar a mi padre" San Mateo 8,21 lo vamos a traducir de este otro modo: "Deja que primero entierre a mi padre". Es muy parecido, pero no es lo mismo.

Y eso, ¿qué significa? Es un modismo hebreo-arameo para indicar: "Esperamos a que mi papá se muera". Cuando el discípulo dice esto, no es que el papá ya se murió, lo mandaron llamar, y es que está, entre si ir al entierro del papá, o seguir a Cristo. Si la escena fuera así, pues resulta como incomprensible, incomprensible por su dureza, lo que dice Cristo.

Lo que él está diciendo es: "Deja que primero entierre a mi padre". Y obviamente, como no lo va a enterrar vivo, se trata de: "Deja que primero mi padre muera, y después de que yo haya solucionado mi problema familiar, después de que yo haya aclarado las cosas en mi casa, y ya hayamos visto cómo quedan las cosas, entonces ahí sí miraré si te sigo".

Y por eso, la expresión de Cristo tiene sentido. "Deja que los muertos entierren a sus muertos" San Mateo 8,22, expresión que habría que entenderse de esta manera: "Ese enterrar a los muertos es esperar hasta que finalmente mueran. Esos encargos, déjaselos a otros, a los que no tienen esta vida. Tú eso, déjaselo a otro.".

"Espera a ver, cómo yo me logro desatar de los afectos humanos". Fíjate que el Evangelio, todo tiene que ver con los afectos humanos. Uno nunca se desata fácilmente y va a quedar durmiendo tranquilo. El corazón humano tiene "Pegastick", o "Pega-pega", o como se llame, y es sumamente pegajoso y sumamente pegachento. El corazón humano no renuncia, así no más, a que alguien se vaya, a que alguien se separe.

Desde luego que quienes tenemos, por bondad de Dios, la gracia de encaminarnos, por ejemplo, en la vida religiosa, algo hemos podido experimentar de esto. Si uno espera, por ejemplo, para iniciar el camino de la vida religiosa, a que todo el mundo en la familia quede contento de que uno se vaya, nunca se va.

Siempre habrá alguien que hace mala cara, que le parece que eso es una estupidez, que le parece que a uno le lavaron el cerebro, que le parece.... ¡Cuántas tonterías se dicen en torno al llamado a la vida religiosa! ¡Cuántas tonterías se dicen!

De manera que hay una enseñanza, y hay muchas enseñanzas en un pasaje tan breve como este. Aquí está la urgencia, la importancia, la premura y la primacía del llamado de Jesucristo. Se necesita tener el corazón ardiente para entender este evangelio. Se necesita estar enamorado para entender el Evangelio. Este es uno de los pasajes que nos hace comprender que el Evangelio es como un lenguaje de amor o de enamorados.

Y usted sabe que el que se encuentra una carta, que el novio le escribe a la novia, todo son bobadas y babosadas, si él no tiene amor, si no comprende el amor. Para su enamorado, para ese amado, para ese novio, puede ser que le quedó pálida la carta, le quedó pobre la carta.

Y resulta que uno la va a leer, y uno dice: "Pero, ¿qué es tanto lo que le dice a esa señora?" Y sin embargo, él cree que todavía le faltó describir, cómo ella es linda, y es bella, y es... .

Entonces, hay que tener, de la misma manera, para comprender estos evangelios, el corazón incendiado; hay que tener el corazón en ascuas, hay que tener el pensamiento pleno del fuego del Espíritu, para descubrir así, cuál era la prisa que tenía Cristo, y por qué es tan importante eso de seguirlo.,