I123002a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990623

Título: Ser frutos de la fe de Abraham y arboles de la fe de los que vendran despues

Original en audio: [4 min.53 seg.]


Quizá no resulte forzado relacionar los frutos de los que habla Nuestro Señor Jesucristo con la descendencia que se le prometió y se le cumplió a Abraham. Yo creo que no es forzado ni es exagerado, porque San Pablo explica muy bien que descendencia de Abraham es todo aquel que tiene la fe de Abraham, porque la promesa llegó antes de la Ley; antes de que llegara la circuncisión y todo el régimen de la Ley de Moisés, llegó la promesa a Abraham.

Es maravilloso pensar que todos nosotros somos como esas estrellas que veía Abraham en esa noche; en esa noche se le prometió a Abraham descendencia abundantísima, y nosotros somos esa descendencia; Dios nos pensaba con amor; Abraham nos miraba con ilusión en esa noche, y puede decirse que de la fe de este solo hombre, de esa fe que se sobrepone a las aves rapaces y a los terrores nocturnos, de esa fe hemos nacido todos nosotros. Somos inmensos como las estrellas del cielo, como la arena de las playa marinas.

Qué fruto maravilloso el que ha dado esta fe de Abraham, una fe probada hasta el extremo del sacrificio de su hijo, pero aunque no se tratara sólo de ese heroísmo, probada por su misma soledad, por la soledad del desierto; creyente en medio de un país de idólatras, Abraham es como una antorcha que brilla en la noche, y por eso Dios se le presenta también como un fuego nocturno que da garantía de la fidelidad de la promesa.

En esa noche, Abraham lo único que pudo ver fue ese fuego, unos animales feroces, unas aves rapaces y su corazón asustado. La mejor parte de la promesa no la pudo ver, pero sin esa fe de él no estaríamos nosotros aquí.

Así también creo yo que Dios nos llama a sembrar muchas coas que no vamos a ver. Cuando pienso, por ejemplo, en los trabajos generosos, abnegados, con el heroísmo escondido que tienen las labores de cada día; cuando pienso en las labores de muchas de ustedes, pienso que ustedes, como Abraham, están sembrando.

Ustedes no van a ver la mayor parte de lo que están sembrando, es necesario que lo siembren como Abraham, que lo siembren en fe, con esa mezcla de humildad y de miedo que da la fe; con esa mezcla de confianza, de alegría, de desconcierto que tiene la fe, así hay que sembrar; hay que sembrar más allá de nuestros miedos, más allá dela noche, más allá del cansancio, más allá de las aves rapaces hay que sembrar, que si la semilla es buena, el fruto dirá qué fue lo que se sembró.

Nosotros somos fruto de Abraham, pero también fruto de otros amores y de otras obras de la fe, cómo no recordar a santo Domingo de Guzmán, a Marie Poussepin en este momento; cómo no pensar que en esas labores que nadie estaba viendo se estaba sembrando lo que hay hoy y lo que vendrá en el futuro, quiera Dios que sea mucho mejor que lo que vemos hoy.

También a nosotros nos corresponde sembrar, nos corresponde ser fruto bueno; a nosotros nos manda Dios, en este caso y en este sentido, a sembrar, a ser frutos de los árboles que nos han precedido, y a ser semilla y árbol de los frutos que nos van a suceder; hay que saber ser fruto de la fe de Abraham, pero también hay que saber ser árbol de la fe de los que van a venir; hay que saber aplicar esta imagen en los dos sentidos: recibir con gratitud lo que nos ha llegado, y sembrar con generosidad para lo que llegue.