I113002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19990616

Título: Ser generosos con Dios es donar nuestra propia voluntad

Original en audio: [9 min. 57 seg.]


Nos invita el Espíritu Santo, a través de la palabra de San Pablo, a ser generosos: "Se puede sembrar con tacañería, pero, entonces, la cosecha será escasa. Se puede sembrar con generosidad, y la cosecha será abundante" 2 Corintios 9,6.

Esto de la generosidad en el servicio a Dios no es algo tan obvio, no es algo tan elemental. ¿Qué le puede dar uno a Dios, sabiendo que Dios todo lo tiene, que Dios de todo dispone?

Dios tiene muchos caminos, y sobre todo ¿cómo ser generosos, cuando sentimos que la vanguardia en la evangelización la pueden tener, quizá, otras personas, otros movimientos? O tal vez, sin irnos a ese plano eclesial, ¿cómo ser generosos, cuando parece que nuestros esfuerzos están desactualizados, o la salud no nos da más, o la edad, o la inteligencia alcanzaron su límite? ¿Cómo ser generosos, cuando, precisamente, parece que nuestro aporte no va a contar?

¿En qué consiste eso de ser generosos? Esa es la pregunta que intentamos meditar brevemente en esta reflexión. Viene en nuestra ayuda Santo Tomás de Aquino, indicándonos que Dios todo lo tiene, eso es cierto. Pero hay algo que Dios, de alguna manera, no tiene, y es nuestra voluntad.

Santo Tomás, cuando compara las obras de la Creación con las obras de la Redención, dice que la obra de la Redención es incomparablemente mayor que la obra de la Creación, y da varias razones.

Una: en la obra de la Redención, Dios se da a sí mismo; en la Creación no. La Creación es una obra, en que Dios obra, y permanece esa obra de Dios, pero Dios no se otorga, no se comunica, Dios no se participa. En cambio, en la Redención hay una participación de la naturaleza divina. Esa es una razón, por la que es superior la Redención.

Hay otra razón: El caos o la nada no puede oponerse a la palabra poderosa de Dios. El Génesis nos dice en un capítulo, de una manera poética que todos conocemos, el origen del Universo: "Dijo Dios, y existió" Génesis 1,1-31. La materia no tiene resistencia a Dios.

La primera página de la Biblia nos muestra la Creación, y todas las otras páginas nos cuentan la Redención. ¿Por qué es tan largo el relato de la Redención? Porque la Redención sí depende de la voluntad humana.

Si Dios dice: "Sed perfectos" San Mateo 5,48, a veces se le hace caso, a veces no se le hace caso; "sed santos" 1 Pedro 1,16; Levítico 19,2, Levítico 20,7, a veces se le hace caso, a veces no se le hace caso.

Por eso, la obra de la Redención es una obra como más grande, en la medida en que es más ardua. Es una obra preciosa, es una obra difícil; y cuanto más difícil, pues más valiosa. Y es difícil, porque, precisamente, depende de la voluntad humana.

Uno sólo puede ser generoso con lo que uno tiene. Por ejemplo, uno no puede vender la casa del vecino. Uno no puede hacer obras de misericordia con lo que no es de uno.

Pues bien, lo que es de uno, lo que realmente es de uno, se llama la voluntad. Y por eso, la raíz y fuente de toda generosidad, es también la raíz y fuente de toda obediencia. En su tratado sobre la obediencia, Catalina de Siena muestra la grandeza de este acto, por el que nosotros le entregamos a Dios lo único que Él, propiamente, no tiene con el mismo título con el que tiene todas las cosas.

Hay algo que Dios, de algún modo, no tiene, porque escogió no tenerlo, porque escogió que lo tuviéramos nosotros y no Él, y ese algo es nuestra voluntad. O sea que hay un aspecto, un único aspecto, en el que nosotros podemos ser real y esencialmente generosos, y es en la acogida de su Voluntad, y es en la donación de nuestra propia voluntad.

Armados, con ese pensamiento, sigamos buscando, qué significa eso de la voluntad. Porque la voluntad no es solamente las decisiones. Con la palabra voluntad, si nosotros miramos en Santo Tomás, nos referimos a todo lo que supone el afecto y el movimiento de la persona. Nosotros nos ponemos en movimiento por afectos.

Esto también lo dice Catalina de Siena con su imagen de que el afecto es como los pies: Así como el cuerpo va donde lo llevan los pies, así también la vida va a donde la llevan los afectos. Los afectos son los pies del alma, y vamos a donde nos llevan los afectos.

Por eso, cuando decimos "la entrega de la voluntad", no es simplemente, que mis decisiones las tome Dios, o que yo acogeré las decisiones de Dios.

La entrega de la voluntad es la entrega de toda la afectividad, desde sus aspectos más sensibles, pasando por los sentimentales, hasta llegar a las decisiones, a los apetitos, a los movimientos. Por eso, la generosidad con Dios es la entrega de todo este mundo de afectos, y de lo que se sigue de ahí, es decir, de las decisiones, de las realizaciones, de los proyectos.

La generosidad con Dios supone que, aquello que a Dios le interesa, a mí me interese; lo que a Dios le duela, a mí me duela; lo que Dios busca, yo lo busque; lo que Dios ama, yo lo ame; y lo que Él detesta, yo lo deteste.

La generosidad con Dios es una comunión en el orden del amor, que hace que todo lo que es importante para Dios, se convierta en primero y más importante para mí. Es una generosidad que abarca, entonces, el conjunto de toda la vida y de todas las expresiones de la vida.

Pero para quedarnos con algo así, como más concreto, me gusta mucho pensar en la palabra "los intereses", los intereses de Dios, lo que Dios busca, lo que Dios quiere. El verbo querer, felizmente en español, tiene todavía esa amplitud de significado que tiene la voluntad en la Teología de Santo Tomás.

Cuando se dice "lo que Dios quiere", significa, tanto lo que Dios resuelve, lo que Dios decide, lo que Dios proyecta, lo que Dios va a realizar, como lo que Dios ama, lo que a Dios le interesa, aquello por lo que Dios sufre, utilizando esta última expresión y todo lo que tenga que ver con las pasiones de dolor, de esperanza o de esto, como se manifestaron en Jesucristo.

Ser generosos es participar de lo que Dios quiere, es hacer nuestro lo que Dios quiere, con esa amplitud que tiene el querer, los intereses de Dios, los proyectos de Dios.

¿Cómo podemos convertirnos en generosos, para sembrar con generosidad? Lo primero que hay que cambiar es nuestros ojos. "La lámpara de tu cuerpo es tu ojo", dijo Jesucristo; "si tu lámpara ilumina, todo tu cuerpo está iluminado" San Mateo 6,22; San Lucas 11,34.

Lo primero que hemos de hacer, es pedirle a Él mismo, que nos dé una mirada capaz de reconocer sus intereses. En conversación, por ejemplo, con este grupo de seglares, este grupo de seglares vírgenes, que son personas que cultivan una espiritualidad de esposa de Cristo, ha sido muy hermoso meditar en esto: la esposa que vela por los intereses del Esposo.

Si va a una reunión política la esposa del gobernador, ella va ahí a ver cómo están el nombre de su esposo, el partido de su esposo, los programas de su esposo; va a ver en qué van, qué piensa la gente, qué critica.

Tener generosidad con Dios es ser esposa de Cristo, es estar en todas partes velando por los intereses de Cristo.

Bueno, y Cristo ¿cómo queda aquí? Estoy en una reunión, estoy ante un grupo de niños o de jóvenes, me invitaron a una casa de familia, miro un programa de televisión, y mi Amado, ¿cómo queda aquí? Los intereses del Amor de mi alma, ¿qué pasó con ellos aquí? ¿En qué quedamos aquí? ¿Qué se está haciendo con Él aquí? ¿Importa Él, o no importa?

Esa mirada continua, que busca por los intereses de Dios y por los afectos de Dios, va transformando el alma y la va haciendo generosa. Va haciendo que no sólo nuestra actividad apostólica, sino toda nuestra vida sea como una ofrenda que le presentamos, y que estamos seguros de que dará cosecha muy abundante.