I112006a

De Wiki de FrayNelson
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La primera lectura de hoy está tomada de la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios, esta vez del capítulo octavo. La palabra más sobresaliente dentro del pasaje de hoy es “generosidad”. Una iniciativa que tuvo su origen en la comunidad de Filipos, realmente tiene respuesta, tiene eco en el corazón de San Pablo. ¿De qué se trata?, se trata de lo que hoy llamamos, por lo menos en el medio católico colombiano: “la comunicación cristiana de bienes”; la cual es una expresión de una de las realidades más bellas de nuestra fe: “la comunión de los Santos”.

Una vez que Cristo se ha convertido en el tesoro de nuestra vida, una vez que Él es la riqueza que compartimos, empezamos a entender que quienes comparten a Cristo, por qué no van a compartir los tesoros que valen mucho menos que Él, y entre esos tesoros están también los bienes materiales. De hecho, el libro de Los Hechos de los Apóstoles, nos presenta como una de las señales de la llegada de la fe, que la gente es capaz de compartir (cf. Hch 4,32) . Podemos decir que si el sello del pecado es el egoísmo, el sello de la conversión y el sello de la gracia va por el camino de la generosidad.

La generosidad es nuestra respuesta a, un Dios que no se ha limitado, un Dios que se ha entregado sin límites, que se ha entregado hasta el extremo. La contemplación, pero sobretodo la experiencia de la generosidad divina, debe reventar nuestros diques, debe extinguir nuestros temores, debe quitar las barreras para también nosotros ser generosos. Por supuesto para la persona que no tiene experiencia de esta generosidad divina, lo que estamos diciendo suena a locura, o a comunismo, pero no se trata ni de una ideología política, ni tampoco de un devaneo mental, es más bien el fruto natural del corazón que se ha sentido verdaderamente amado.

Así como sucede muchas veces, que cuando una persona nos sonríe amablemente, finalmente arranca de nuestro rostro una sonrisa, así también, la sonrisa de Dios bien presente y bien clara en la generosidad de Cristo, saca de nosotros una generosidad, que como explican los santos, en primer lugar se vuelve gratitud y alabanza hacia Dios mismo. Y esa expresión de acción de gracias, muy pronto tiene que pronunciar esta pregunta: ¿”Bueno, y qué puedo hacer yo por Ti? Tú lo has dado todo por mí Señor ¿Qué puedo hacer yo por Ti?”; y ahí es donde los santos nos responden diciendo: “Ciertamente no podemos hacer ningún bien propiamente a Dios, porque Dios es fuente de todo bien, pero Dios ha querido tomar, aquello que nosotros hacemos por nuestros hermanos en necesidad”.

Ya se trate de los que padecen por la pobreza material, o ya se trate de los que están extraviados por falta de un buen consejo, ya se trate de los que sufren soledad y se hunden en sus angustias, o ya se trate de los difuntos que nada pueden hacer por mejorar su condición; en cada una de estas circunstancias estamos hablando de los pequeños, estamos hablando de aquellos que Cristo ha querido llamar: “mis humildes hermanos”, y precisamente porque hay una unión de amor profunda entre Cristo y sus humildes hermanos, el bien que nosotros con generosidad realizamos hacia esos hermanos, Cristo lo toma como hecho a sí mismo, según leemos en el capítulo 25 de San Mateo: “Lo que hicisteis por estos, mis humildes hermanos, por mí lo hicisteis”, con lo cual aprendemos que sí es posible de algún modo responder a la generosidad divina, y la expresión de esa respuesta nuestra no es otra cosa sino prolongar la generosidad en la comunidad cristiana en primer lugar, pero también a través de la misión, a través de la evangelización, a través de la intercesión, prolongarlo hacia otros que también puedan recibir noticia de la ternura de Dios.

Y ese es el llamado que hace San Pablo, que aprendamos a vivir en comunicación cristiana de bienes, que aprendamos a compartir nuestra oración para que salga del ámbito pequeñito de nuestra familia y de nuestros amigos, para convertirse verdaderamente en una oración que difunde la ternura, la compasión de Dios, incluso hacia aquellos que ni le nombran ni le conocen. Así ha de ser nuestra oración, y lo mismo nuestra caridad, lo mismo nuestra preocupación por las necesidades de otros, expandiéndose de los círculos a veces tan estrechos de la sola familia, los amigos, la comunidad en la que yo estoy. Tenemos que abrirnos porque finalmente como dice el capítulo décimo sexto de San Marcos: “El evangelio ha de llegar a toda la creación” .