I112003a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20110619

Título: El amor necesita ser comparado y comprobado.

Original en audio: [15 min. 52 seg.]


Queridos Hermanos:

El refrán dice que, "las comparaciones son odiosas". Sin embargo, en las lecturas del día de hoy encontramos varias comparaciones. Y los que hacen esas comparaciones no son cualquier persona. El gran Apóstol San Pablo utiliza comparaciones, y Nuestro Señor Jesucristo, Maestro de maestros, utiliza comparaciones.

De todo lo que se puede comentar a partir de las lecturas de hoy, yo quiero hablar sobre ésto de las comparaciones. Porque, a veces creemos que una comparación sólo puede engendrar envidia, si uno queda muy pequeño, o si no, orgullo, si uno queda muy grande.

Pero, resulta que las comparaciones, así como pueden dar malos frutos, también pueden dar buenos frutos. Hay una manera buena de compararse y hay una manera buena de comparar. Las lecturas de hoy nos enseñan cuál es esta manera buena.

Dice el Apóstol San Pablo a la comunidad de Corinto, una comunidad que se sentía llena de carismas, rebosante de Espíritu Santo, les dice que quiere poner a prueba el amor: "Os hablo del empeño que ponen otros, para comprobar si vuestro amor es genuino" 2 Corintios 8,8. No es cualquiera; es San Pablo y está diciéndoles: "Voy a medirlos en el amor".

En el amor hay un aspecto interior, subjetivo, propio de las intenciones, lo que uno tiene por dentro, el sentimiento. Nuestro mundo está acostumbrado a hablar del amor sólo en términos del sentimiento: lo que uno tiene por dentro.

Ese aspecto es importante. Pero, San Pablo hoy nos enseña que no es el único. El amor necesita también de una voz exterior, que en este caso es la del mismo Apóstol, la voz para medir: "Quiero medir tu amor".

Creo que muchos diríamos con la mentalidad de hoy: "¡Éso es imposible! ¿Quién va a medir mi amor? ¿Quién puede saber si mi amor es genuino? Es genuino porque yo lo siento; no porque tú lo sientas es genuino, no porque a ti te parezca grande es grande".

El amor necesita ser también comprobado. Y hay una comprobación del amor; por lo menos éso es lo que nos sugiere la primera lectura: "Os hablo del empeño que ponen otros, para comprobar si vuestro amor es genuino" 2 Corintios 8,8.

Cuando el amor se mira solamente desde el aspecto subjetivo, "lo que yo estoy sintiendo", no soporta ser comparado con nada ni con nadie: "Lo que yo estoy sintiendo, nadie lo ha sentido. Lo que yo estoy viviendo, nadie lo ha vivido. Nadie puede comprenderme; soy único". Éso es cierto en alguna medida, pero no es toda la verdad.

Son demasiados los engaños y los daños que se pueden causar cuando la única norma del amor es, "lo que yo sienta y lo que yo piense de lo que estoy sintiendo, y lo que yo diga de lo que estoy pensando de lo que estoy sintiendo".

El amor necesita también una medida exterior. Y esa medida exterior, en últimas, es la generosidad que brota en términos de la pobreza: "Ya sabéis lo generoso que fue Nuestro Señor Jesucristo: siendo rico se hizo pobre, para enriqueceros con su pobreza" 2 Corintios 8,9.

Ésa es la medida del amor. Si el amor enriquece desde su pobreza, si el amor se puede comprobar, si produce frutos, si cambia, si transforma, si soporta ser comparado, si desde la pobreza sale victorioso porque es grandioso, ése amor vale la pena.

¿Qué tal si midiéramos los amores con esta regla? Saldríamos muy tristes, porque hay muchos amores que no pasan este examen. Pero, saldríamos muy alegres, porque encontraríamos una defensa contra muchas mentiras que se dicen en nombre del amor.

Todos los desastres en la vida de la pareja nacen porque el amor es solamente un sentimiento. "-Es que mis sentimientos son buenos. Es que lo que yo siento por ti..." "-¿Y quién mide éso?" "-No, nadie lo puede medir; simplemente yo lo siento".

"-Bueno, hoy te necesito". "-No, éso no entra dentro de mi idea de amor". "-Quiero contar contigo en este momento". "-No, éso no entra dentro de mi esquema. Yo sí lo siento mucho, pero no puedo servirte, no puedo ayudarte".

Ese sentimiento causa mucho daño. Cuando el sentimiento se levanta como única autoridad para decir qué es el amor, hace mucho daño. Porque, cada persona se imagina que el otro está sintiendo lo que él mismo siente, y éso lleva al engaño.

¡Y qué duro despertar de ese engaño! "-Ah, entonces no está sintiendo lo que yo creía. Pero, me dijo que me amaba, me dijo que yo era todo para él". "-Sí, pero es que vaya usted a saber qué significa, "yo soy todo para ti", o, "tú eres todo para mí"."

Por eso hay una medida exterior. Hay que saber tener el valor de tomar el sentimiento que uno tiene y ponerlo junto a esa regla que se llama la Cruz de Jesucristo.

Las reglas del verdadero amor son: uno, "permite la comparación". Un amor que no permite comparaciones, un amor que pretende presentarse como absoluto, como el único en su especie, es un ídolo.

El amor permite comparaciones; así como se oye. Porque, ahí está que San Pablo les dijo: "Los estoy comparando a ustedes con los de Macedonia" 2 Corintios 8,1.

Un amor de puro sentimiento dice: "-¡Ay, no! Pero, ¿cómo nos va a comparar si nosotros somos los corintios? ¡De por Dios! ¿Cómo nos compara? ¡Somos los corintios!" "-Pues, señores corintios, vamos a ver si ustedes aman como aman los macedonios". Punto.

El amor verdadero está calcado en la Cruz de Cristo. No tiene miedo, ni de ser comparado, ni tiene miedo de ser pobre, ni tiene miedo de ser generoso: éso es amor. ¡Éso es amor!

En el evangelio nos encontramos también con otra comparación, una comparación supremamente antipática. Tengamos en cuenta que Cristo dirige estas palabras a oyentes judíos. Ustedes saben lo que pensaban los judíos.

Los judíos sentían que había dos tipos de personas que no merecían ni el más mínimo aprecio o respeto: los publicanos, que eran gente de raza judía pero que trabajaban para el Imperio Romano: eran los encargados de los impuestos, los miraban como los peores traidores de la patria, de la raza, de la fe, los publicanos, y los gentiles; es decir, los no judíos.

Para los judíos piadosos había dos personas que no merecían ningún amor, ningún respeto y que sólo merecían desprecio: los publicanos y los gentiles.

Y Cristo los compara: "Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?" San Mateo 5,46. "¡Ése que tú desprecias!" "Si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?" San Mateo 5,47. "¡Éste que tú desprecias!"

¡Qué duras tuvieron que sonar estas palabras en los oídos de los judíos! "-¿Me está comparando a mí con un desgraciado publicano? ¿Me está comparando a mí? A mí que soy judío, que soy creyente, ¿me está comparando con un gentil que no sigue ni siquiera la Ley de Moisés?"

"-¡Sí! ¿No hacen lo mismo también los publicanos? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Te está comparando con ellos".

Las comparaciones son odiosas. ¡Pues, sí! Es cierto que son odiosas. Pero, cuando el Maestro es Jesucristo, cuando el propósito es la maduración en la fe, cuando se trata de creer a fondo y de encontrar la verdad del corazón, a veces se necesitan comparaciones.

Y Cristo las hizo, como en el evangelio de hoy. ¡Qué tal esta pregunta!: "¿Qué te diferencia del publicano? ¿Qué te diferencia del pagano? ¿Qué te diferencia de él?" San Mateo 5,46-47.

"Sí; tú dices que tienes una fe mejor: es posible; que tienes más conocimientos: es posible. Pero, en tu vida rige el mismo egoísmo, la misma conveniencia de cualquiera que no tiene fe. ¿De qué sirve tu fe? Compárate con el que no cree, y mira a ver si ahí sacas algo en claro de qué está haciendo la fe en verdad en tu vida".

Hermanos míos, es un lenguaje duro. Tuvo que haber sido un golpe fuerte para esos oyentes y tal vez sea todavía un golpe fuerte para nosotros.

Pero, Dios sabe que cuando se trata de encontrar la verdad del corazón humano, hay una asignatura que es necesario aprobar: saber soportar la comparación, descubrir que muchas de nuestras cosas son mentira, que no somos ni tan amorosos, ni tan generosos, ni tan piadosos, ni tan buenos como creemos o como hacemos creer que somos.

¡No somos todo éso! Necesitamos humillarnos en la presencia de Dios, y descubrir en Él nuestra única riqueza.

De estas comparaciones estoy seguro de que todos o casi todos salimos desaprobados, salimos en rojo. Pero, hay que admitirlo y hay que sentarse ante Cristo para decirle: "Señor, Jesús, quiero que sepas que me duele mucho que me compares. ¡Mucho! Y me duele tanto, porque me duele descubrir lo profundo de mi verdad".

"No amo como yo creí que amaba, ni me aman como yo creí que me amaban. Pero, ahora, Señor, frente a la verdad de tu Cruz y frente a tu Palabra vigorosa, descubro qué es lo que hay en realidad en mi corazón. Y aquí, humillado, quiero venir ante Ti para que tu Corazón abra mi corazón".

Amén.



2 Corintios 8,1