I112002a

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Fecha: 19990615

Título: Algunas reflexiones sobre la colecta de San Pablo

Original en audio: [9 min. 41 seg.]


Una de las iniciativas que acompañó el ministerio de San Pablo, fue la de la famosa colecta, que es uno de los temas que aparece en esta Segunda Carta a los Corintios.

Esa colecta es como un testimonio de lo que hoy llamamos, "comunicación cristiana de bienes". El argumento de Pablo es, que de la Iglesia de Jerusalén, -de esa Iglesia Madre, llamémosla así-, ha salido la fe para el resto del mundo.

Esta Iglesia de Jerusalén ha dado sus bienes espirituales. Y ahora pide él a las comunidades que han nacido de la fe de Jerusalén, que con sus bienes materiales ayuden a aliviar un poco la situación de los cristianos allí.

¿Qué reflexiones podemos sacar nosotros de este rasgo del Apóstol? Pues, varias. Por ejemplo, el ministerio apostólico es un ministerio que se dirige a la conversión de los corazones; como se solía decir y se puede decir, a la salvación de las almas.

Pero, esto no hace al Apóstol, ni insensible ni inútil. Ni insensible ni inútil, para atender a las necesidades materiales concretas de estas personas, de estos fieles de Jerusalén.

Y él pone en juego su autoridad y su credibilidad, su tiempo y los riesgos que supone trastear dineros. Los pone en juego, porque para él es importante que el amor se exprese en ese tipo de obras.

Dice a los corintios, situando como ejemplo a los de Macedonia: "Dieron más de lo que esperábamos, se dieron a sí mismos; primero, al Señor, y luego como Dios quería, también a nosotros" 2 Corintios 8,5.

La consecuencia natural de ese darse a Jesucristo, es estar disponible para la obra de Cristo en todos los bienes, intelectuales, morales, espirituales, afectivos, materiales, económicos.

Una primera reflexión, entonces, que ya muestra las connotaciones económicas, las connotaciones incluso pecuniarias que trae el ministerio de la Palabra.

Una segunda reflexión que podemos hacer, es mirando a la comunidad de Jerusalén. Para el Imperio Romano, los cristianos eran judíos. Pero, para los judíos de Palestina, los cristianos eran herejes, eran sectas, eran competencia, eran enemigos.

Los cristianos de Jerusalén estaban pasando estas necesidades, entre otras cosas, porque se habían quedado sin pueblo. Para sus hermanos de raza, para los judíos, ellos eran una adulteración de la fe; eran herejes. Y para los romanos, seguían siendo unos judíos.

De manera que los romanos los excluían y los judíos no los aceptaban. Esta situación de rechazo, de marginación de los cristianos de Jerusalén, llegó a volverse realmente angustiosa, hasta el punto de que el Apóstol intenta aliviar las necesidades con esta colecta, con este dinero que recoge de las distintas comunidades venidas de la gentilidad, venidas del paganismo.

De ahí surge también como una reflexión para nosotros. En más de una ocasión sucede, que nuestra fe nos lleva a vivir la exclusión de nuestros grupos, de nuestra gente, de nuestra patria. Ya decía el Salmo: "Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre" Salmo 69,8.

La fe, muchas veces conlleva un extrañamiento, supone convertirnos en algo distinto, en algo incómodo, en volvernos extranjeros. "Somos así, extranjeros en medio de los nuestros; somos extranjeros en toda patria", -dice la carta a Diogneto-, "extranjeros en toda parte; y en toda parte, por eso, tenemos patria".

De lo anterior salen dos cosas. Primero, como esa libertad ante las instituciones humanas, que en cualquier momento se vuelven adversas y nos consideran sus extranjeros.

Y por otra parte, la universalidad: el que es extranjero en todas partes, tiene patria en cualquier parte. Esta es una libertad, esta es una capacidad de estar sueltos, que significa también estar disponibles.

Los cristianos de Jerusalén lo vivieron con dolor y lo vivieron con intensidad en esta época, en la que al Apóstol Pablo se le ocurrió hacer esta colecta.

Una tercera y última reflexión que quiero compartir con ustedes sobre esta lectura, es la frase con la que acaba San Pablo su petición en este día: "Ya sabéis lo generoso que fue Nuestro Señor Jesucristo. Siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros" 2 Corintios 8,9.

Uno podría suponer, completando la frase: "Para enriqueceros con la riqueza que dejó". Pero, Cristo no enriquece con su riqueza. Cristo enriquece con su pobreza. Ahí está como un juego de palabras, está como una puerta para que entre el que quiera ir a entender cuál es la riqueza de Jesucristo.

"Siendo rico se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza" 2 Corintios 8,9. ¡Con su pobreza! Si una persona es rica y se empobrece, uno puede decir: "Va a enriquecer con las riquezas que dejó. Va a enriquecer con los tesoros que ya no posee".

Como cuando Cristo decía: "Vete, vende lo que tienes y dale el dinero a los pobres. Así tendrás un tesoro en el Cielo" San Mateo 19,21. A ése, al que Cristo le habló así, le estaba diciendo: "Vete y enriquece con tus tesoros, los que eran tuyos, a otros".

Mas, el mismo Cristo nos enriquece, no con los tesoros que dejó, sino con la pobreza que ganó. Queda como una pregunta ahí. ¿Cómo es esa pobreza de Cristo que nos enriquece? ¿Cómo puede ser esta pobreza, que Pablo llama aquí riqueza?

Una vez se me ocurrió un pensamiento sobre esto, y con ello termino el comentario. Cuando una persona es rica, es porque puede llamar suyas a algunas cosas: "Este es mi carro, o esta es mi casa".

Pero, el rico llama suyas a algunas cosas, y con esto mismo declara que las que no llama suyas, no son suyas. El rico tiene, o cree que tiene lo que dice que tiene. Con eso está declarando que no tiene todo lo demás.

En cambio, el pobre, como Jesús, como Francisco, como Domingo, el pobre con esta pobreza que no es la pobreza de la obligación sino la pobreza del don, ése es el dueño de todas las cosas. Como decía el mismo Cristo: "Todo me lo ha dado mi Padre" San Mateo 11,27.

Y de esa pobreza de Cristo, que es tenerlo todo, de esa pobreza participa el que entra en la generosidad del mismo Cristo. Una pobreza extraña, que no considerando suyo ningún grupo de cosas, en particular, puede considerar suyas a todas.

Mientras el rico sabe todo lo que no tiene, el pobre que está como Cristo en las manos de Dios, tiene todo lo que es de su Padre. Por eso, la riqueza que nos da Cristo, es su manera de ser pobre, es su pobreza.

Esa pobreza no tiene límites en todo lo que posee. En cambio, cualquier riqueza humana siempre tiene que decir: "Esto es lo que tengo, y todo lo demás es lo que no tengo".

Dios, Nuestro Señor, nos comunique ese espíritu de libertad, de generosidad y de donación. Dios, Nuestro Señor, nos dé ese espíritu, que suelto de todas las cosas, todas las pone al servicio del Evangelio, para dar a los demás, para proclamar a los demás la misma gracia que nosotros hemos recibido.