I105001a

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Fecha: 19970613

Título: Hoy te autorizo, Senor, para que obres en mi corazon Original en audio: [22 min. 13 seg.]


Queridos Amigos,

El libro del Génesis nos cuenta que Dios formó al ser humano a partir del barro de la tierra. Desde luego, esta es una comparación. Esta es una enseñanza que nos quiere decir que de aquella misma naturaleza que Dios había creado, Dios quiso formar el cuerpo del ser humano, el cuerpo del hombre.

Y luego nos dice que insufló en sus narices aliento de vida, contándonos así que la vida que hay en nosotros tiene su origen en ese aliento divino, tiene su origen en Dios. Nosotros, entonces, tenemos el barro de la tierra, tenemos el barro de la naturaleza, pero tenemos también del aliento divino, tenemos, también del viento de Dios. Así quiso Dios hacernos.

Por eso, nosotros, los seres humanos, somos como la línea del horizonte. Cuando uno está en una llanura, o se asoma al mar, ve, por ejemplo, la línea del horizonte. Ve que esa línea del horizonte está entre las aguas y el cielo. Así el ser humano está en la línea del horizonte, o mejor todavía, es el horizonte entre las cosas que se ven, y lo que no se ve.

Nosotros somos la frontera misma entre lo temporal y lo eterno. Por eso, hay en nosotros cosas que son temporales. Igual que los animalitos, necesitamos alimentarnos y descansar; sufrimos de frío, o de sed, pero nosotros tenemos una inteligencia capaz de acercarse a la realidad de las cosas, y sobre todo tenemos una voluntad capaz de amar.

Tenemos un alma capaz de orar, capaz de elevarse hacia Dios, de bendecirle, de glorificarle. Ninguno de los animales, por más extraordinario que nos pueda parecer, tiene esa vocación.

Una vaca puede comer toda la hierba que quiera; puede producir la mejor leche del mundo, pero la vaca no sabe decir la palabra "gracias"; la palabra "gracias" está reservada para el corazón humano.

La vaquita no puede orar nunca. Jamás bendecirá a su Creador. Nunca. En cambio, nosotros, aunque comamos alimento como la vaca, y aunque nos comamos a la vaca, nosotros sí tenemos esa otra dimensión, esa dimensión profunda, esa dimensión espiritual, y esa dimensión espiritual profunda es la que nos sirve para ser muy buenos, o muy malos.

No hay ser en la naturaleza que pueda tener la bondad del hombre cuando se resuelve ser bueno; pero, también es cierto que nadie hay tan malo como el hombre, cuando se resuelve ser malo.

A veces de una persona que es muy cruel se dice que es un lobo rapaz, o que es una hiena. Pero, si nosotros pensamos bien, hay crueldad que no la cometería ningún animalito. Crueldad que sólo el corazón humano se atreve a concebir y a realizar.

El ser humano llega a extremos de crueldad por el gusto de matar por matar; de cebarse en la muerte del inocente. Eso no lo hace ningún animal, y le quiero dar dos ejemplos: sólo en la mente del ser humano, cuando está retorcida por el pecado, cabe la idea de darle muerte a la creatura concebida.

El ser humano es el único que tiene abortos voluntarios. Jamás hubo creatura alguna que causara ese género de muerte a su propia creatura inocente, deliberadamente, por su propia conveniencia.

Porque no se le dañe la figura, porque no lo sepa la familia. ¿Qué animalito hay que tenga esas consideraciones? ¡Ninguno! Sólo el ser humano puede llegar hacer esa crueldad. Sólo el ser humano puede llegar a eso que se llama la eutanasia.

Eutanasia es matar a una persona para que no sufra. Ese nombre está muy mal puesto, entre otras cosas, porque eutanasia significa: "buena muerte". Y esa no es una buena muerte. Puede que sea una muerte poco dolorosa físicamente hablando, pero es una muerte que se opone al querer de Dios, y sobre todo, que es una muerte que le da la espalda a la gracia de la cruz de Cristo.

En fin, esto es para decir dos cosas. Primera: que el ser humano está en el horizonte, que así como la línea del horizonte tiene de agua y de cielo, así nosotros los seres humanos estamos en el horizonte, y tenemos cosas materiales, corporales, temporales, y provisionales; pero también tenemos una capacidad espiritual que no tienen los demás seres que encontramos visiblemente en la naturaleza.

Lo segundo que hemos dicho: es que esa dimensión espiritual, cuando está gobernada por Dios, se abre a la santidad, a la belleza, a la bondad, a la luz: pero, cuando esa dimensión espiritual está trastornada, entonces, ahí sí sucede el desastre, porque resultamos más malos, crueles, egoístas, destructivos que cualquier especie animal.

Fíjate que con ser como son las especies animales ninguna ha puesto en peligro el futuro de la tierra, ¿cuál es la especie que tiene en peligro a la tierra? El hombre. Sólo el hombre es capaz de poner en juego, en crisis, en peligro a la naturaleza entera. Sólo el ser humano.

Esto demuestra que hay en nosotros una capacidad, un poder muy grande; pero, este poder se puede orientar hacia las cosas buenas, grandes, y santas; o se puede orientar tenebrosamente hacia la maldad, la destrucción, la muerte de las otras personas.

Esto que he dicho en general, también vale para cada uno de nosotros. Cada uno tiene una capacidad de bondad muy grande, muy, muy grande. Cuando miramos la vida de los santos, hoy por ejemplo, -estamos recordando a San Antonio de Padua-, descubrimos que sus vidas, en la mayoría de los casos, empezaron siendo vidas como la de nosotros.

Seres que tuvieron miedo, cansancio, tentación, incluso pecado. Y fue precisamente a través de la fuerza de La Palabra de Dios, de la predicación en la Iglesia y de la unción del Espíritu Santo que estos hombres y estas mujeres, pequeños muchas veces, pobres, ignorantes, fueron creciendo en la presencia de Dios y llegaron a ser lo que fueron.

También ellos estuvieron así, un día como hoy estamos nosotros aquí en la iglesia; así estuvieron. Antonio de Padua fue un fraile franciscano; pero, hay un Antonio, muchos siglos anteriores, que se llama Antonio Abad. Ese fue un ermitaño.

Un hombre de la soledad del desierto, ¿por qué menciono a Antonio Abad? Porque Antonio Abad se convirtió, en buena parte, en una iglesia, oyendo la predicación en la Iglesia.

Él oyó en la iglesia ese evangelio que decía: "Ve, vende lo que tienes, dadlo a los pobres, y luego, ven, y sígueme" San Mateo 19,21, y luego se encontró también con ese evangelio que dice: "Los lirios del campo, mira cómo se visten; y las aves del cielo, mira cómo las cuida Dios" San Mateo 6,26.

Él era un hombre, era un muchacho, dieciocho, diecinueve años debía tener en esa época, y él asistió a una Misa, y en esa Misa, en esa predicación se dijeron esas palabras, y esas palabras iniciaron un camino de santidad en él.

Porque aquí en la escucha de la Palabra de Dios, y en la oración fervorosa, es donde nacen los santos. Así es donde nacen los santos; así como la vida humana inicia, tiene su origen allá en el vientre de la mujer, así también como de un vientre, como de una matriz, nosotros somos engendrados con el poder de la Palabra de Dios, si estamos dentro de la Iglesia.

La Iglesia es como esa mamá, es como esa matriz, y la Palabra de Dios es como esa semilla que tiene fuerza y vida, que nos hace nacer a una existencia nueva; y esa existencia es la existencia en santidad. Es la existencia para la que Dios nos creó.

Ahí donde usted se ve, usted es un santo. Pero ahora, póngame cuidado. O usted es un santo frustrado, o es un santo realizado. Dios todo lo que creó lo creó para la santidad. Todo. Porque a todos nosotros nos creó para la plena vida en Él.

Pero, ¿qué sucede? Imagínate que nosotros tuviéramos una especie bien hermosa, por ejemplo, el águila real. ¡Que especie tan hermosa! ¡Que vuelo soberano! ¡Que majestad de presencia! Y tenemos una cría de esa águila.

Pero nosotros la metemos en una caja de cartón. Pasa el tiempo, pasan los años, esa águila metida en esa caja de cartón. Así le demos alimento y agua, va atrofiando sus alas. Ella fue hecha para volar, para desplegar sus alas, para alegrar con su vuelo y con su majestad a la naturaleza entera.

Pero como ha estado encerrada en una caja de cartón, su plumaje ¿cómo luce? Achilado. Sus ojos aparecen opacos, tristes; su pico aparece desgastado, resquebrajado; sus alas atrofiadas. No parece ni la sombra de lo que es un águila real.

¿Por qué? Porque ha estado metida en una caja de cartón, y ella no ha sido hecha para una caja de cartón, ha sido creada para volar sobre los bosques, las selvas, las llanuras.

Hermanos, eso somos nosotros. Dios nos creó para que fuéramos como esa águila, para que pudiéramos desplegar nuestras alas, para que pudiéramos manifestar la gloria del Padre Celestial, para que pudiéramos contemplar con ojo de águila, como se dice, estas preciosidades que hace Dios. Para eso fuimos creados nosotros.

Y como esa águila, nosotros fuimos hechos para hacer presa, no en otros hermanos ciertamente, sino para lucrar para Dios, para lograr para Dios frutos que valieran la pena. Para eso fuimos creados.

Pero alguno de nosotros se nos ha olvidado que hemos sido creados para estas alturas y para estas bellezas, y hemos llevado una vida de caja de cartón, una vida mediocre, una vida frustrada. Nos hemos metido dentro de la triste cárcel del pecado.

Cuando hoy se nos va a mirar, ¿cómo aparecemos? Unos ojos tristes, con las alas atrofiadas, con el plumaje sucio.

Aparecemos así ¿por qué? Si Dios nos creo para la dicha, para la belleza, para la santidad, ¿por qué tenemos esa vida tan apagada, esa vida tan triste, esas caras tan amargadas? ¡Oiga! ¿Por qué hay tan poquitos milagros en nuestras manos? ¿Por qué hay tan poquitas conversiones en nuestra voz? ¿Por qué sucede eso? Sucede, porque nosotros hemos vivido como el águila real, metida dentro de una caja de cartón.

Y nosotros somos como ese príncipe. Él era el príncipe heredero de un inmenso reino, que resulta que un enemigo envidioso del rey, cuando murió el rey cogió a este príncipe y lo metió a un calabozo, y le daba las sobras de la comida, y le daba comida sucia, y quería matar de hambre al príncipe. Lo tenía encerrado en el calabozo.

Así ha sucedido. Cuando el demonio o sus obras, que son los diversos pecados, nos tienen a nosotros metidos en el calabozo y vivimos comiendo basura, hechos para comer al mismo Pan de los Ángeles, que es Cristo Jesús.

¿A usted no le da pesar que siendo usted un príncipe, el hijo del Dios altísimo, siendo usted creado para estas realidades, no le da pesar que uno viva comiendo porquerías, comiendo basura, comiendo desperdicios?

Da pesar que nosotros pasemos la vida en esas, y, lamentablemente, así la pasamos, porque ¿qué es lo que se come la inteligencia? Los pensamientos que uno tiene.

Decía un predicador que los pensamientos del ser humano son como un molino. Usted sabe que el molino, ¿qué muele? Lo que le echen. Si le echan trigo, sale harina de trigo; si le echan maíz, sale harina de maíz; pues, así pasa con los pensamientos.

Si usted le echa odios, resentimientos a su molino, ¿qué le va a salir? Esas porquerías son las que salen, y esos aromas son los que tienen algunos corazones. Si usted le echa pornografía, vicios, ¿qué le va a salir de ese molino? Esas son las hediondeces que salen de algunos corazones.

Y por eso las miradas amargadas, y apagadas, y los rostros opacos. Siendo así, que Dios nos creo para que nuestra dimensión espiritual se llenara de la gracia de ese Espíritu. Por eso se llama dimensión espiritual, sobre todo por eso, porque está destinada a ser habitación del Espíritu Santo.

Hermanos míos, es el momento de recapacitar, estamos aquí reunidos en torno al altar. ¿Para qué fue que me hizo Dios? ¿Para qué pan fui hecho? ¿Para qué vida fui creado? ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Si soy un príncipe, ¿por qué como basura, y bazofia? ¿Por qué? ¿Por qué voy a comer desperdicios? Si Dios tiene para mí alimento dulce. ¿Por qué mi vida se deshace en tristezas, amarguras, y dudas, siendo así que fui creado para la alabanza, para la paz, para la alegría, para el testimonio?

Entonces, vamos a recibir en nosotros esa fuerza de Dios; vamos a acoger en nosotros, en nuestro corazón, en el centro mismo de nuestros ser; vamos a recibir la unción de Dios. Porque resulta que Dios que nos creó con tanta belleza, sin embargo, sabe bien que nosotros hemos sido fracturados, hemos sido heridos por el pecado.

Cuando un aparatico es muy fino, piense usted en un gran computador, o en un carro muy fino, roll royce. Si usted tiene cualquier carro, como el que tengo yo aquí para venir, se dañó ese carro, usted lo lleva a cualquier taller, ¿sí o no?

Pero si usted tiene un carrazo, ¿cierto? Un ferrrari, último modelo, y se le daña algo, usted no va a llevar ese carro valioso por allá al taller de la esquina: "Oiga, a ese carro le suena algo. Hágale alguna cosa. No. Si es un carro fino, uno lo lleva donde aquel que hizo el carro. Es el único que sabe cómo queda bien reparado.

Entonces, como nosotros somos carros finísimos, porque nadie se nos puede comparar en toda la naturaleza visible. En la naturaleza invisible, sí, claro que si, porque nosotros en ese aspecto espiritual, somos primos cercanos de los Santos Ángeles.

Pero en la naturaleza visible, nada hay que se nos pueda comparar. Nosotros somos el carrito más finito que tiene Dios en la naturaleza visible. Como nosotros somos ese carrito tan fino, cuando uno está dañado, ¿a dónde toca que lo reparen? Ahí, donde Dios nuestro Creador, nuestro Redentor nos manda.

Y esa es la obra que realiza Dios por medio de sus Santos Sacramentos, y esa es la limpieza que hace Dios en nosotros. Entonces, Dios le da su tremenda sincronizada y ajustada a la vida de uno. Así como hacen con los carros, y eso le hacen el balanceo, y lo policha, y lo embellece.

Y ahí sí empieza uno a recuperar esa vocación que tenía, y ahí ya aparece lo que uno es, ahí sí aparece esa belleza, esa verdad, esa santidad que Dios quiso para uno. Ese es el plan que Dios ha querido darnos en Jesucristo, mis queridos amigos.

Y nosotros vamos a recibir esa acción de Dios. Claro, nuestra vasija, como dijo el Apóstol San Pablo, sigue siendo de barro, ¿por qué? Porque la obra grande no es nuestra. Es obra de Él, y es obra suya para gloria suya.

Pero quedamos llenos. Quedamos desbordantes de su tesoro, de su presencia magnífica, y bellísima. Que sea este el día para darle ese "sí" a Dios. Para decirle: "Señor, quiero entrar al taller. Quiero que me balancees, me sincronices. Quiero que me repares. Quiero que me embellezcas. Quiero volver a ese plan original tuyo, porque tu todo lo has pensado con amor".

Y, quizás, yo he sido un terco que voy de taller en taller, a ver si aquí me reparan esto, a ver si aquí me reparan lo otro. ¿No será que toca volver de todo corazón al Señor, y decirle: "Tú, que lo has dispuesto todo con providencia, tú sabrás qué hacer conmigo"?

Vamos, entonces, en esta Eucaristía a decirle ese "sí" al Señor, con todas sus consecuencias. A decirle: "Señor, hoy te doy poder. Hoy te autorizo, ojo a esa oración, hoy te autorizo, Señor, que obres en mi corazón. Hoy te digo: tú eres el Señor de mi alma. Tú eres el Señor de mis afectos más profundos"

"Tú eres el Dios, el Señor que tiene autoridad y autorización sobre todo lo que yo soy. ¡Oh, Señor, tú eres el Rey de la gloria. Tú tienes poder sobre mí! Yo te devuelvo, si una vez te quité ese poder, si una vez no te di esa potestad y me fui por mi propio camino tercamente, Señor, hoy te devuelvo esa potestad. Hoy te reconozco como mi Señor"

"Y, quiero que tú repares en lo profundo de mi vida todo lo que yo soy, todo lo que he sido, todo lo que he pensado, lo que he dicho, lo que he hecho. A ti la gloria, Señor. A ti la alabanza. Tú eres el único que puede hacerlo, y que sea para gloria tuya. Que muchas vidas, Señor, sean reconstruidas en este momento, en esta asamblea".

"Que nosotros podamos abrir nuestros ojos, y contemplar que tú nos creaste con belleza. Tú te gozaste en tu obra. Tú nos hiciste con alegría. Tú no estabas borracho, ni medio dormido, ni enfermo, ni distraído cuando me estabas haciendo, Señor".

Dios no estaba distraído: "¿Cómo me saldrá este? ¡Ah, Cualquier cosa". No. "Tú me hiciste, Señor, con amor. Cada una de las células de mi cuerpo, cada uno de los tejidos de mi corazón, fue tejido por ti mismo, Señor, fue hecho por ti, y tú me hiciste con amor".

"Y a ese amor apelo hoy, para que tú, Señor, a este vasito de barro, le regales el tesoro de tu belleza, de tu gracia, y de tu santidad."

¡A ti la alabanza por los siglos eternos!

Amén.