I104001a

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Fecha: 19970612

Título: La teologia y San Pablo

Original en audio: [8 min. 27 seg.]

Se ha dicho que el Apóstol San Pablo es como el primer teólogo cristiano, en el sentido de que no sólo anuncia los acontecimientos que nos han dado la salvación, sino que hace una reflexión, en cierto modo, una sistematización de esos datos, podríamos decir; y así lo escribe en sus Cartas, y así podemos creer que lo hacía en su predicación.

Es teólogo también, porque su reflexión no es la sola especulación de una persona que intenta comprender el mensaje, sino que esta comprensión se hunde en el camino de una tradición, que es, precisamente, la tradición del pueblo de la primera Alianza.

Sus alusiones a los textos de lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento, y que para él eran las Escrituras, indican que él quiere ser fiel al mismo que inspiró todas las Escrituras.

En este sentido, San Pablo es maestro de la labor teológica en la Iglesia, que supone, podríamos decir, como tres puntos de referencia:

Una comunión con el pueblo de la Alianza: El teólogo no saca sus datos de la manga, no saca sus datos, simplemente, de su cabeza, de su pensamiento, sino que está en comunión con un pueblo que, antes de él, ha venido peregrinando, creyendo, esperando y amando. Ese es el primer polo.

Un segundo polo es su propia interiorización de ese dato, una interiorización en el amor y en el pensamiento, hasta sentirse como cautivado, fascinado en su corazón, y atraído en su mente por eso que ha creído, y que ha anunciado, y que está anunciando.

Y en tercer lugar o el tercer polo, es esa acción del Espíritu, esa obra del Espíritu. No se trata, simplemente, de una reflexión racional o de un reacomodamiento de los datos que nos ofrecen la tradición o la Escritura, sino se trata de una obra del Espíritu, que va evangelizando la inteligencia.

La teología es una labor bella, ardua y necesaria en la Iglesia, porque es la evangelización del pensamiento. Pero el pensamiento, como bien lo indica la psicología de Santo Tomás, no se dirige con constancia, con perseverancia hacia su objeto si no le ama.

Entonces es Dios, sumamente amado, es Dios que nos ha amado hasta el extremo, quien cautiva el corazón del teólogo, y quien le hace repetir la expresión de San Pablo: "Creí, y por eso hablé" 2 Corintios 4,13.

Esta sencilla meditación sobre la Teología y San Pablo, la hago a partir del Pasaje que nos ha ofrecido la Iglesia en este día 2 Corintios 3,15-18;2 Corintios 4,1-6.

Pablo quiere presentar la redención como en una comparación con la Creación, y la luz del Evangelio en una comparación con esa luz creada por Dios al principio.

Con una diferencia: que en ese primer acto creador, no había quién se resistiera a la voluntad Divina. Por decirlo así, la Majestad Divina, en el acto primordial de la Creación, obra como sin interlocutor, porque, precisamente los posibles interlocutores, Ángeles u hombres, saldrán de ese acto creador.

En cambio, en la redención, hay un acto que es superior a la Creación, por aspectos que, en este momento, no los menciona el pasaje de San Pablo. Hay un acto que es superior al de la Creación, pero que sí tiene interlocutor.

Y por eso, la resistencia que encuentra Pablo para predicar el Evangelio a los Judíos, le lleva a hacer una meditación, y le lleva, por un lado, a decir que se trata de una nueva Creación, pero una Creación que supone un "algo" por parte del corazón humano.

Es más grande la Redención que la Creación, precisamente, por eso, o, por lo menos, por dos razones:

Primera, porque en el acto de la redención, Dios no hace algo afuera de Él, sino que Él mismo se comunica. Esa idea de la comunicación, de la donación de Dios, es la que repite Pablo cuando insiste en que el Señor es el Espíritu, o en que la obra del Señor en la predicación, es una obra del Espíritu 2 Corintios 3,17-18.

Ese Espíritu, esa comunicación, esa donación de Dios es cualitativamente superior, infinitamente superior a todo el universo creado, y a mil universos más que se crearan. Y por eso es mayor la Redención a la Creación.

Pero también es mayor, precisamente por la razón que hemos venido contando, porque en la Creación no había oposición alguna; en cambio, en la redención, en cada corazón hay como un universo que Dios tiene que ganarse: hay un corazón que tiene que ganarse, un corazón que puede decir sí, o que puede decir no.

Y por eso sucede un "algo" misterioso que sólo Él conoce, y que se da por la comunicación del Espíritu, que hace que, finalmente, el corazón humano diga sí, diga sí a Él.

El precio para que nuestro corazón le diga sí a Él, ha sido, precisamente, que Él mismo, no algo suyo, sino Él mismo, se done a nosotros.

Y porque Él se ha donado, y porque ha ganado a nuestro corazón a un precio tan alto, por eso habla con la fuerza con la que le hemos escuchado en el Evangelio San Mateo 5,20-26. Por eso Cristo habla como dueño de un territorio.

Cuando Cristo, con esa autoridad que impresionaba a las personas, dice: "Mire, es que no es, simplemente, que no mate, sino se trata de que no odie, que no tenga resentimiento, que ni siquiera insulte, que esté dispuesto a reconciliarse siempre" San Mateo 5,21-25.

Cuando Cristo habla con esa autoridad, que a algunos casi nos podría parecer rigor, porque ¿quién tiene tanto control de su pensamiento, de su corazón, de sus sentimientos? Cuando Cristo habla así, es porque está hablando a corazones que le pertenecen.

Un corazón que no sea de Dios, un corazón que todavía no sea de Dios, verá siempre como abusivas y exageradas esas palabras. Las da como utópicas, como imposibles.

Pero un corazón que haya sido conquistado por el amor de Dios, un corazón que haya sido recreado por el Señor, un corazón así, entiende que ese ya es territorio de Cristo, y que es Cristo mismo quien hace posible el cumplimiento de esa exigente Palabra.

Demos al Señor ese sí, renovado en cada mañana en cada Eucaristía. Vamos a darle ese sí a Él, para que toda la fuerza de la Creación, pero sobre todo, para que toda la fuerza de su redención, complete su obra en nosotros para gloria suya.

Amén.