I103001a

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Fecha: 20070513

Título: La Ley Escrita y la Ley Nueva

Original en audio: [18 min. 55 seg.]


La Ley escrita y la Ley nueva, la letra y el Espíritu. Saber relacionar la letra y el Espíritu. Este es como el tema, podemos decir, de las lecturas que hemos escuchado hoy.

San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios muestra cómo son dos regímenes distintos. Está el régimen de la Ley Escrita y está el régimen del Espíritu.

Ya había cierta ley en la Ley Escrita, pero San Pablo es claro en decir: "Se inauguró con gloria, pero era caduco y era un ministerio de condena" Corintios 3,9. Ese es el régimen de la Ley.

Ahora viene otro régimen nuevo, el régimen del Espíritu que es el régimen permanente, el régimen resplandeciente, un régimen que permanece y que da vida; el Espíritu da vida, el uno es un régimen de condena, y otro es un régimen que da vida.

Cuando uno piensa en que el régimen de la Ley condenaba, uno dice: "¿Eso para qué servia? ¿Eso qué sentido tiene?" Y fácilmente uno dice: "Pues pasémonos a la libertad del Espíritu, vivamos la libertad del Espíritu. Cuando uno ya toma esa resolución, entonces viene el Evangelio que dice que "Cristo no viene a abolir la ley sino a darle plenitud" San Mateo 5,17.

Con la ayuda del Espíritu Santo, esto es lo que debemos exponer, en qué consiste reconocer el resplandor del régimen de la Ley, y, sin embargo, entender que nosotros estamos llamados a la gloria del régimen del Espíritu.

Anular, cancelar el régimen de la Ley como si hubiera sido un estorbo o como si no tuviera ningún sentido, y pretender que nos vamos a quedar sólo con el régimen del Espíritu, eso es un engaño.

Pero, canonizar el régimen de la Ley o devolvernos a esa Ley es negar la gracia y es negar el Espíritu, y este es otro daño peor. No vamos a cancelar el régimen de la Ley, no vamos a anularlo como si no tuviera validez, no vamos a abolirlo, eso no es lo que vamos a hacer.

Vamos a reconocer cuál fue su resplandor y a entender, con la bondad de Dios, por qué ese resplandor era caduco, por qué era el régimen de condena, cómo quedó superado después, y qué tiene que ver eso con la vida de nosotros; esa es la pequeña tarea que tenemos para esta predicación.

Cuando uno oye régimen de condena uno dice: "Una cosa terrible, la ley sólo servia para condenar", y efectivamente, si recorremos los libros de la Ley de Moisés, es decir, sobre todo el Pentateuco, eso está lleno de condenaciones: "Sea maldito", "sea anatema", "excluyan", "apedreen", "asesinen", "acaben", "condenado, pues, condenado". Todo es condena.

¿Cómo puede San Pablo decir que eso tenia algún resplandor? ¿Por qué Dios quiso ese régimen de la Ley? Podemos empezar a responder, creo yo, porque es que la condenación, da es un poquito de luz, saber por lo menos qué es lo malo, ya es despertar la conciencia, ya eso es tener un poquito de luz.

Si comparamos a los israelitas con los pueblos vecinos, sobre todo, o con los pueblos en los mismos siglos en que este Israel peregrinaba por esta tierra, nos damos cuenta de que en ellos ya había un poquito de luz.

Porque es que por lo menos darse uno cuenta de qué es lo bueno y qué es lo malo, ya eso es algo, y precisamente ese poquito de luz es el que no quiere tener nuestro mundo, es el que no quiere tener nuestro tiempo.

Hoy se pretende que todo valga lo mismo, y que dé lo mismo hacer cualquier cosa, da lo mismo hacer cualquier cosa.

El que es honrado y el que es ladrón, vale lo mismo y se le respeta igual; muchas veces parece que se le da más importancia y más realce al deshonesto; la que es pudorosa y casta y la que es desvergonzada y libertina, valen lo mismo; y a veces casi parece que se le diera como más realce a la que es libertina.

El matrimonio, que con esfuerzo se mantiene, y la fidelidad en el trabajo y el matrimonio, que se celebra como una conveniencia, o el matrimonio homosexual, o el matrimonio civil, o la unión libre, lo que sea, todo parece valer lo mismo, y a veces parece que se exaltara incluso más lo negativo.

Aquí entendemos por qué dice San Pablo que el régimen de la Ley sí tenia un resplandor, porque las primeras luces que llegan a la mente humana, son el discernimiento de qué es lo bueno y qué es lo malo, y tener esa dicha es tener algo.

Y esa luz, que fue la que dio la Ley de Moisés, ya es una maravilla; la Ley de Moisés era clara, clara como la luz, y decía: "Es que no se debe mentir, es que no se debe adulterar, no se debe robar, no se puede dar falso testimonio, no se puede codiciar, hay que amar a Dios"; señalaba lo que había que hacer, y señalaba lo que había que evitar.

Es evidente que esa luz fundamental, ese reconocimiento de qué es lo bueno y qué es lo malo, esa es la luz básica, y por eso Jesucristo dice: "yo no he venido a abolir esa ley" San Mateo 5,17; "yo no he venido a quitar esa claridad".

Ha habido en la Iglesia algunos grupos entusiastas, súper espirituales, súper carismáticos, los ha habido. Yo personalmente le debo mucho a la Renovación Carismática, y creo que bien entendida da mucho fruto.

Pero ha habido también grupos súper carismáticos que sienten que no dependen de ninguna ley sino únicamente del impulso del Espíritu, y consideran abolida toda la Ley de Moisés, para ellos entonces no se necesita ni sacerdotes, ni culto, ni moral, ni mandamientos, nada.

Como algunas veces hay que decir nombres propios, eso fue el estilo de una secta pavorosa que se llamó o se llama los Niños de Dios, la cosa más espantosa de este mundo, pues entonces tomaban a las personas con un lenguaje de amor, con un lenguaje súper tierno, súper rosado, súper acogedor, súper cariñoso y toda ley desaparecía, y basta con amar y amémonos y amémonos y amémonos más, y tanto se amaban que ahí estaba el reguero de niñitos.

Entonces los Niños de Dios querían darle como nietecitos a Dios, parece, porque entonces eso era el relajo, el relajo más grande porque ellos no estaban bajo la Ley, entonces para ellos no valían los mandamientos. Falso.

Jesucristo, cuando se le acerca ese joven que quería una vida perfecta, lo primero que le dice es: "Cumple los mandamientos" San Mateo 19,18.

Esa Ley fundamental, ese discernimiento fundamental sobre lo bueno y lo malo, como lo descubre nuestra razón, esa ya es una luz, y es una luz que viene de Dios, y es una luz que le da claridad a la mente, y esa luz hay que inculcarla siempre, especialmente a los más pequeños, a los más débiles, a los más tentados, a los niños. Hay que educar en esa luz fundamental.

Hasta ahí creo yo que nos vayamos entendiendo. Pero ahora hay que ver cuál es la diferencia que tiene este régimen, que es el régimen de la Ley, con el régimen del Espíritu. Fíjate que San Pablo dice que el régimen de la Ley era un régimen de condena, ¿por que? Porque con ese régimen, si uno no tiene más, uno siempre va a acabar condenado.

Es como la persona que sabe que no debería hacer algunas cosas pero no tiene la fuerza, no tiene el coraje para dejarlo, Yo creo que la ilustración más patente de esto es lo que le sucede, por ejemplo, a la persona que es víctima de un vicio, la persona que no puede dejar de fumar, y ya se está destruyendo y ya viene el enfisema pulmonar galopante y no puede dejar de fumar.

Esa es la situación a la que lleva la Ley de Moisés. La persona se da cuenta de su problema, o el que tiene una infidelidad matrimonial, o el que es víctima del alcohol, cualquier pecado cuando se enseñorea del ser humano, es una cosa terrible.

Porque la persona tiene luz, luz suficiente para ver: "Yo no debería hacer esto", "yo no debería estar metido en esto"; pero no tiene la fuerza, no tiene el coraje y le dicen y la persona no se propone.

Examinemos entonces cómo esto tiene tres pasos. El piso, es la situación de pecado y paganismo, donde ni si quisiera se distingue qué es lo bueno y qué es lo malo. Eso no lo quiere Dios.

Luego viene un poquito de luz. Ya subimos un poquito. “Ley de Moisés”, ya ahí hay una claridad: esto es bueno, esto es malo. Ya desde un comienzo, porque el mismo reconocimiento de nuestras culpas trae un bien de parte de Dios, que es el bien de la humildad.

Cada vez que nos confesamos, (yo por ejemplo tuve hoy la gracia de confesarme), cada vez que nos confesamos, inmediatamente, ¿a qué viene nuestro corazón? Nuestro corazón viene a la conclusión, viene al fallo de la humildad.

"Mire, tanto que se dice, tanto que yo me creo, tanto que he dicho y mire, aquí estoy, un pobre pecador". De manera que la Ley de Moisés tiene un fruto muy grande porque lleva al arrepentimiento, porque lleva a la humildad, porque lleva a la conciencia de los propios límites; podemos decir que la Ley de Moisés es como el despertar de la conciencia.

Pero, sin embargo, San Pablo lo llama régimen de condena, porque si uno no tiene sino la Ley de Moisés, lo único que uno puede sacar es la conclusión de que: "¿Ve? Se da cuenta que nadie puede? ¿Sí se da cuenta que nadie puede nada, nadie sale con nada?"

La sola Ley de Moisés es como tener uno la conciencia de sus males pero sin poder salir de ellos, y por eso San Pablo dice, por una parte, que es un resplandor porque ya tiene luz para identificar el bien del mal, pero que es un régimen de condena, porque no logra sacar a la persona de sus males; se los muestra, pero no logra sacarla de ahí.

Y ahora si viene el tercer paso que es el que llega con Jesucristo. “No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no vine a abolir, sino a dar plenitud" San Mateo 5,17.

El piso es el paganismo, que es un poco a donde quiere devolvemos la cultura actual, ¿no? Que todo es lo mismo, como ya explicamos; luego viene un piso, ley de Moisés, ya hay claridad, pero uno no logra salir de sus males; y luego viene el otro piso, que ese es el Nuevo Testamento, que esa es la gracia; el régimen del Espíritu.

¿En que consiste esta Ley del Espíritu? ¿Esta obra del Espíritu en qué consiste? No consiste ya en que nos muestre más y más y más nuestras miserias, esto es propio de la Ley de Moisés, sino que trae una transformación interior, la transformación interior que da el Espíritu, no una transformación para devolvernos al paganismo. (Tiene que ser lo que pasó con la secta que tiene ese nombre tan bello, pero que es tan espantosa).

Y eso se ve aquí con estos escalones: el paganismo es este piso, la Ley de Moisés es este escalón, y el régimen del Espíritu es este otro escalón. Cuando uno está parado aquí en la Ley de Moisés, uno se puede devolver al paganismo, o puede subir al régimen del Espíritu, y eso es lo que nos predica San Pablo, y eso es lo que vino a traer Jesucristo.

El régimen del Espíritu no es devolverse a esa oscuridad que el bien y el mal se revuelvan; el bien y el mal quedan más claros que nunca, y en la persona que ha recibido al Espíritu Santo el bien y el mal quedan más definidos, más netos, más claros que nunca.

Pero la persona ya no lucha solamente con sus propias fuerzas, que acababan en derrota, sino que lucha con las fuerzas de Dios, y esas acaban siempre en victoria.

Esa en la maravilla grande que trae el régimen del Espíritu, es una batalla pero es una batalla donde ya se sabe el resultado y el resultado se llama victoria. Es la victoria que nos da el Espíritu Santo.

Por eso dice San Pablo, Segunda Carta a los Corintios, el resplandor aquel, ya no es resplandor eclipsado por esta gloria incomparable; fíjate cómo están de bien escogidas las palabras, el pecado, la vida de pecado, cuando todo importaba lo mismo, se llama oscuridad; Ley de Moisés se llama resplandor; régimen del Espíritu, se llama gloria, la gloria de Dios, la gloria del Espíritu.

¿Y aquí qué conclusión sacaremos para nosotros? Sacaremos la conclusión de que sin esa obra del Espíritu, mis hermanos, nada somos, nada somos; sin la obra del Espíritu, en el mejor de los casos, lo que vamos a tener es una conciencia, pero una conciencia despierta sólo para amargarnos, y si la dormimos es peor, porque nos sumergirnos en la cloaca de los pecados; dependemos radicalmente del Espíritu Santo.

La fuerza y la gracia del Espíritu es la que puede transformarnos, en lo íntimo de nuestro corazón el Espíritu Santo quiere hacer su templo, quiere hacer su casa, quiere morar en nosotros, para que sea Él batallando en nosotros; y las cosas que suceden cuando el Espíritu Santo obra, pues esas ya las vamos conociendo un poquito o mucho.

"Cuando el pueblo alaba a Dios suceden cosas", dice por allá un canto, y verdad que suceden cosas y cosas y cosas maravillosas: llega la capacidad de perdonar, llega la alegría, llega el amor y llegan también, eso no se lo podemos quitar al Espíritu, una multitud de carismas, a veces extraordinarios, que conducen a las personas por sendas nuevas.

¿Y como sabremos si ese es el Espíritu o no es el Espíritu? Habrá que discernir, desde luego, pero una de las señales es: El Espíritu nunca nos devuelve a la tiniebla de que el bien y el mal parezcan lo mismo, nunca; El Espíritu siempre da es un crecimiento en la luz y un crecimiento tal, que el resplandor de Moisés parece un eclipse, comparado a la gloria del Espíritu.

Así pues, roguemos de Dios, pidamos al Señor en esta Eucaristía, pidámosle al Señor, ese don del Espíritu, ese don que es capaz de tomar el pan y el trigo y hacerlo Cuerpo de Cristo. ¿Qué no podrá en nosotros? ¿Qué no podrá? ¿Puede pensarse un salto ontológico mayor que ese? Desde el pan hasta la divinidad.

Ese salto es muy grande y el Espíritu lo hace sin ruido, sin cansancio, sin reclamo, sin llevar cuentas; el Espíritu hace ese salto maravilloso. Desde la materia inanimada, Cristo en nuestro trabajo y en los campos, desde ahí, hasta el Cuerpo Santísimo de Nuestro Señor Jesucristo, ¡viva la Divinidad!, y eso lo hace el Espíritu aquí sobre este altar.

¿Qué no podrá hacer el Espíritu Santo si nosotros nos presentamos en lugar de ese Pan? Qué tal que uno se presente al Señor, y esa es la tarea nuestra en la Eucaristía en este momento, presentarse uno y decir: "Bueno, yo voy a hacer de hostia, entonces la hostia voy a ser yo. Ven sobre mi espíritu, con esa fuerza, con esa capacidad y transfórmarme, haz que yo sea diferente".

Muy curioso y también muy doloroso que a veces el pan le gana a uno, ¿por qué el pan le gana a uno? Porque ese pan que nosotros vamos a consagrar, este pancito que está aquí, que nosotros vamos a consagrar, que ahora es sólo pan, este pan que vamos a consagrar, se deja, se deja y por eso el Espíritu Santo puede hacer la maravilla de las maravillas, el milagro de los milagros que es la Eucaristía, porque este pancito se deja.

¿Qué tal que uno se dejara, ¿ah? ¿Qué tal que uno se vuelva así como ese pan, radicalmente disponible al poder del Espíritu? Entonces uno pasa de la oscuridad al resplandor y del resplandor a la gloria.

Que así nos lo conceda Dios, para renovación de nuestras vidas, y para propagación de su gloria en el mundo.

Amén.