I101002a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990607

Título: la vocación de ser verdaderos discípulos de Cristo. Original en audio: [14 min. 15 seg.]


Esta es la décima semana del Tiempo Ordinario, y hay un cambio fuerte en las lecturas; la semana pasada estábamos escuchando una historia edificante, un testimonio de la fe, de la oración y la limosna, tomado del Antiguo Testamento, del libro de Tobit; y en el evangelio veníamos leyendo a San Marcos.

Ahora han cambiado las lecturas, ha cambiado la perspectiva, durante un tiempo nos volvemos al Nuevo Testamento; la primera lectura está tomada de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios, y el evangelio ya no es el de Marcos sino es el de Mateo.

Estamos, pues, en una nueva perspectiva, en cierto modo en un nuevo comienzo, el comienzo de la lectura de Pablo a los corintios y el comienzo de una lectura extensa del evangelio según San Mateo.

Hay algo que tienen en común estas lecturas y es el papel de la tribulación o el tema de la dificultad. Podemos decir que ese es como el tema común de las lecturas que acabamos de escuchar. San Pablo habla de las tribulaciones que habrán de sufrir los cristianos, y Jesucristo habla de las persecuciones que van a tener sus discípulos.

De tal manera están unidas las tribulaciones y las persecuciones a nuestra fe, que algunos santos, como por ejemplo Santa Catalina de Siena, cuando no había persecución se quejaba, le decía Santa Catalina al Señor: “¿Qué fue lo que hice mal? Debe ser que me estás desechando como discípula tuya, Porque no veo persecución”.

Esta es la intuición certera que tienen los verdaderos discípulos del Señor, una intuición que tiene sus raíces, no en el afán de destruirse ni en un espíritu simplemente conflictivo, o problemático, sino en una conciencia profunda de que el Evangelio tiene sus raíces en el cielo, y no prende en esta tierra sino convirtiéndola en cielo, y no hay muchos lugares en esta tierra ni muchos corazones que estén dispuestos a renunciar a su modo terrenal y mundano de vivir.

El Evangelio no llega sino con dificultad; aunque es una buena noticia, se recibe como si fuera una mala noticia; aunque es una medicina se recibe como si fuera una enfermedad; aunque es una riqueza, se recibe como si fuera a empobrecer; y aunque viene para levantarnos, se recibe como si viniera para a derribarnos.

Cuando se predica verdaderamente el Evangelio de Jesucristo, necesariamente se predica el Reino de Dios, y entonces todos los reinos, que están anclados en esta tierra, sienten una amenaza para sus intereses.

Por eso, acostumbrémonos a que la condición propia del Evangelio es el conflicto; y la señal del evangelizador no puede ser otra que la señal de su Maestro y de su Jefe, es decir, la Cruz; no tenemos otra señal.

Nosotros participamos, como por ejemplo ahora de un retiro, y tal vez Dios ha hecho cambios en nosotros; sepamos que esos cambios han sucedido en nosotros, pero el mundo al que vamos a salir está tal cual lo dejamos, o peor.

Nosotros, de pronto en alguna medida hemos cambiado, o de pronto el Señor ha hecho una obra en nosotros; pero, el mundo como tal, no ha cambiado; y hay una especie de oposición que se convierte en señal del verdadero Evangelio: “De la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” San Mateo 5,12.

Quiero destacar un pequeño rasgo de este pasaje tan conocido de las bienaventuranzas: Mateo sitúa la escena de las bienaventuranzas en una montaña que le da el nombre a todo ese discurso, por eso se habla del Sermón de la Montaña.

Pero así como tiene una ubicación en el espacio, en la geografía, también tiene un contexto, tiene una circunstancia en el tiempo. Nos dice Mateo: “Al ver Jesús el gentío, se sentó, se acercaron los discípulos, y Él se puso a hablar, enseñándoles” San Mateo 5,1-2.

“Al ver el gentío” San Mateo 5,1, esa es la frase que me llama la atención.

¿Por qué estaba ese gentío rodeando a Cristo? Porque veían la señales, especialmente de sanación y de liberación que hacía Jesucristo. La sanación convoca multitudes; la Cruz espanta multitudes, y Cristo convoca las multitudes, sanándolas, y no tiene miedo de despacharlas, mostrándoles la Cruz.

“Al ver el gentío” San Mateo 5,1, Cristo predica estas palabras tan difíciles de entender y asimilar, ¿qué es ésto de llamar felices precisamente a todos los que el mundo consideraría inútiles, problemáticos, desgraciados? ¿Por qué Jesús habla de esta manera? Porque ha visto el gentío.

Jesús, en ese sentido, actúa como el corazón, que tiene dos movimientos, nos enseña la fisiología: sístole y diástole, congrega la sangre y la expulsa; así también hace Jesucristo, congrega multitudes y las despide; a veces Cristo es atrayente, y a veces es repelente, el que se quede, ése el discípulo.

Cristo no siempre es atrayente, a veces es atrayente pero a veces es repelente. Sí cuando Cristo nos despide, o parece despedirnos, no nos vamos, los que quedamos o los que queden, quedan purificados.

Con un movimiento de atracción Cristo nos lleva muy cerca de Él, y con un movimiento fuerte, como éste, con un discurso como éste, parece que expulsara a toda esa multitud, parece que la alejara; pero con esa explosión de escándalo, lo que hace Cristo es lavarnos.

Yo estoy pensando, por ejemplo, en esas fuentes naturales que llaman los “géisers”, que hay por allá en los parques naturales, por ejemplo, en Norte América. Cada cierto tiempo sale un chorro de agua caliente y de vapor, a una presión inmensa, y bota agua a grandes alturas.

Así hace Cristo, este chorro purificador, que es el anuncio de su Cruz, que es el anuncio de su Eucaristía, que es el anuncio de las renuncias, y de ese chorro poderoso, si uno se queda, lo lava, lo limpia; si no se queda, pues lo expulsa.

Donde mejor se ve eso es en el caso del capitulo sexto de San Juan cuando la Eucaristía, cuando les dice: “Hay que comer mi Carne y hay que beber mi Sangre“ San Juan 6,56, y mucha gente dijo: “No, hasta allá si no le entendemos a este señor”, y se fueron.

Esos fueron expulsados por el chorro purificador del amor de Jesucristo,fueron expulsados,fueron echados lejos por el amor de Jesucristo; pero los que se quedaron, como el Apóstol Pedro, los que se quedaron ahí, estos quedaron purificados.

"¿A dónde vamos a ir si tienes palabras de vida eterna?" San Juan 6,68. Eso es para decir que ser discípulo de Cristo es estar dispuesto a ser atraído pero también a estar dispuesto a ser purificado.

Cristo nos quiere acercar, pero cuando nos tenga bien cerquita, nos quiere purificar; no nos va a dejar como nos encuentra; Cristo nos quiere como somos, pero para que seamos como Él nos quiere; no nos quiere como somos para que sigamos siendo lo que somos, sino que nos quiere como somos, para que seamos lo que Él quiere que seamos.

Y hay que estar dispuestos a los dos movimientos, porque el que se acerca a Jesús, porque Él atrae mucho, y cuando llega este momento de la predicación de la Cruz se aleja, no hizo nada, o mejor dicho, lo que hizo fue empeorar su situación, porque Cristo dice que cuando sale un demonio, si la persona no está firme, entonces ese demonio llama otros siete demonios peores, y la condición de aquel hombre llega a ser peor que al principio.

Nada más peligroso, peor que un pagano, es un ex cristiano; peor que una sociedad sin evangelizar, es una sociedad que le ha dado la espalda al Evangelio. Llga a ser peor la condición.

Nosotros, pues, como discípulos del Señor, saquemos dos enseñanzas en este día. Primera, que es necesaria la tribulación, y que es la señal propia de nosotros los cristianos, por la sencilla razón de que la predicación del Reino de Dios se va estrellar con los reinos de esta tierra, que son tan grandes como los baldosines en los que uno se apoya para decir: "Aquí mando yo", o tan chiquitos como los imperios que se difunden por todo el planeta tierra. Sepamos eso en primer lugar.

Y en segundo lugar, sepamos que esa purificación, aunque tenga su causa externa en el desorden del mundo, tiene también su lugar en la Providencia de Dios como método predilecto de Jesucristo para lograr de nosotros oro puro, para lograr de nosotros hijos de Dios, para lograr de nosotros adoradores en espíritu y verdad.

Puestos en ese movimiento de acercamiento y de purificación, mayor acercamiento y mayor purificación, vamos encontrando cada vez más las entrañas, la nuez, la esencia de la revelación que Cristo trae a nuestras vidas.

De acuerdo con los autores espirituales ese proceso no acaba nunca. Una y otra vez Cristo nos llamará más cerca, y ahí vendrá una nueva purificación; y luego más cerca, y una nueva purificación, y así sucesivamente, abrazándonos, uniéndonos cada vez más al centro de su vida.

Algunas veces esos momentos de purificación han sido llamados "desiertos", o han sido llamadas "noches", por eso habla San Juan de la Cruz de la “noche de los sentidos", de la "noche del espíritu”.

Son acercamientos progresivos. ¿Cuál será la conclusión que sacamos? Que sólo se puede entrar en este camino con una resolución absoluta: “Váyame bien o váyame mal”, decía una humilde mujer que entró de monja de clausura hace como cincuenta años, una monja amiga mía.

Cuando iba a entrar al convento estaba como dudosa, asustada, ya sabía la historia esta de los acercamientos y de las purificaciones, sentía duda, de esa duda la salvó Dios con una moción del Espíritu Santo, esta mujer pudo decir: “Váyame bien o váyame mal, entro, y sigo”.

¡Esos son los que sirven para discípulos del Señor! El que dice: “Si me va bien, me quedo; y si me va mal, hablamos”, ése no sirve. Sólo sirve el que dice: “Váyame bien o váyame mal; pase lo que pase, suceda lo que suceda, sigo; y sé que me van a suceder muchas cosas”.

Como decía una señora muy piadosa y de mucha oración, decía: “Hay que entender que este "paseo" de la vida cristiana, tiene muchas paradas y muchas posadas, y hay que saber que una de esas esas posadas y una de paradas es que uno acaba muerto”.

Hay que saber ese pequeño detalle, que dentro del proceso uno acaba muerto; "pero el que persevera hasta el final, -dice Cristo-, ése se salvará" San Mateo 24,13.