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Tengo que tener casi un sentimiento de veneración, -no de adoración; hasta allá tampoco-, pero de veneración sí, de profunda veneración y de profunda gratitud por lo que soy, porque mi cuerpo, porque mi historia, han sido tocados por Dios.
 
Tengo que tener casi un sentimiento de veneración, -no de adoración; hasta allá tampoco-, pero de veneración sí, de profunda veneración y de profunda gratitud por lo que soy, porque mi cuerpo, porque mi historia, han sido tocados por Dios.
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Si a uno le dijeran: "Mira, esta vela es hechura de Dios", te aseguro que haríamos un nicho, un altar: "Ésta fue la vela que hizo Dios".
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''Pues, aunque Dios hizo todas las cosas y en las cosas dejó huella de su paso, en nosotros dejó semejanza. Y es distinta la presencia de Dios como huella que como semejanza.''
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¿Por qué Él prohibió en otro tiempo que se hicieran imágenes? Porque Él era el que tenía que hacer la imagen. No había que hacer imágenes de Dios: Él era el que iba a hacer su imagen.
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Y la hizo en primer lugar creando al ser humano a imagen suya, pero sobre todo la hizo dándonos a Cristo Jesús, en quien está perfectamente manifiesto quién es Él y cómo es Él.
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Entonces, amigos, la invitación es a sentirnos tocados por el Creador y abrazados por el Redentor. Creo que no necesitaremos, ni mayores ni mejores pruebas de su amor, que tener esta certeza.
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Y de esa certeza y de esa paz, nadie nos va a mover. ¿Quién puede moverme de ahí? ¿Quién puede quitarme la paz ahí, si yo tengo certeza de éso? ¿Quién puede destruirme? ¿Quién puede aplastarme? ¿Quién puede condenarme? ¡Nadie!
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Dice San Pablo: "Siendo Dios el que justifique a quien condenará, ¿quién condenará a los elegidos de Dios? ¿Acaso Cristo que no hace sino interceder por nosotros?" ( ''véase'' Carta a los Romanos 8,33-34).
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De manera que teniendo las manos del Creador y el abrazo de Jesucristo, ya no dudemos más del amor de Dios. A Él la gloria por los siglos.
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Amén.

Revisión del 22:53 22 feb 2011

Fecha: 19970524

Título: Necesitamos tanto las manos de Dios que nos han creado como el abrazo de Cristo que nos ha redimido.

Original en audio: 5 min. 57 seg.


Hermanos:

Las lecturas que nos regala la Iglesia en este sábado, nos invitan a sentirnos hechura de Dios.

Esa lectura del Eclesiástico es una descripción preciosa y poética de cómo Dios le dio un sentido y un lugar a cada cosa en nuestra vida. Otro problema es que uno a veces no sabe encontrar cuál es el sentido de las cosas.

Pero, Dios, todo lo que hizo en nuestro cuerpo y en nuestra alma, en nuestra familia y en nuestra historia, en nuestro país, en nuestro pasado y en nuestro futuro, todo tiene un sentido y todo tiene una fuente en su amor, en su misericordia, en su sabiduría.

Para empezar a encontrar paz, hay que empezar por sentirse obra de Dios. Soy obra de Dios con el cuerpo que tengo, con la historia que tengo, con la familia que tengo.

Con la historia que tengo soy obra de Dios, soy obra del Creador. Sin embargo, no sólo soy obra del Creador: soy obra también del Redentor, de Jesucristo.

A mí me hizo Dios, y cuando me deshizo el pecado, a mí me rehizo Dios. Son los tres verbos de hoy: Dios me hizo, el pecado me deshizo y Cristo me rehizo. ¡Cristo me volvió a hacer!

Dios me creó, el pecado me destruyó y la Sangre de Cristo me reconstruyó.

Por eso uno tiene que ser, no una sino dos veces niño. Hay que saber sentirse niño creado por Dios, y hay que saberse sentir niño bendecido por Cristo.

¡Hay que sentirse dos veces niño! Nos sentimos niños creados por Dios cuando miramos, por ejemplo, con cuánta sabiduría, con qué ternura está hecho nuestro cuerpo.

Quienes hemos conocido un poquito de los que saben anatomía, fisiología hoy, nos quedamos maravillados del sólo hecho de nuestro propio cuerpo, por no hablar de esa maravilla que es sentir, pensar, recordar, imaginar, todo aquello que sucede en nuestra inteligencia.

Entonces, hay que saberse sentir niño ante mi Papá Creador. Pero, luego, hay que saberse sentir niño ante mi Hermano Redentor. Yo necesito las manos de Dios que me han creado, pero necesito el abrazo de Cristo que me ha redimido. Las dos cosas las necesito, y por eso necesito ser dos veces niño.

"Voy a tratar de hoy en adelante con veneración, -no sólo con respeto-, mi cuerpo, porque fue creado por Dios, porque fue hecho por Dios. Dios no está lejos de lo que soy, y yo voy a tocar con mucho cuidado mi vida, voy a tocar con mucho respeto mi pasado, porque ahí ha obrado el Creador."

Tengo que tener casi un sentimiento de veneración, -no de adoración; hasta allá tampoco-, pero de veneración sí, de profunda veneración y de profunda gratitud por lo que soy, porque mi cuerpo, porque mi historia, han sido tocados por Dios.

Si a uno le dijeran: "Mira, esta vela es hechura de Dios", te aseguro que haríamos un nicho, un altar: "Ésta fue la vela que hizo Dios".

Pues, aunque Dios hizo todas las cosas y en las cosas dejó huella de su paso, en nosotros dejó semejanza. Y es distinta la presencia de Dios como huella que como semejanza.

¿Por qué Él prohibió en otro tiempo que se hicieran imágenes? Porque Él era el que tenía que hacer la imagen. No había que hacer imágenes de Dios: Él era el que iba a hacer su imagen.

Y la hizo en primer lugar creando al ser humano a imagen suya, pero sobre todo la hizo dándonos a Cristo Jesús, en quien está perfectamente manifiesto quién es Él y cómo es Él.

Entonces, amigos, la invitación es a sentirnos tocados por el Creador y abrazados por el Redentor. Creo que no necesitaremos, ni mayores ni mejores pruebas de su amor, que tener esta certeza.

Y de esa certeza y de esa paz, nadie nos va a mover. ¿Quién puede moverme de ahí? ¿Quién puede quitarme la paz ahí, si yo tengo certeza de éso? ¿Quién puede destruirme? ¿Quién puede aplastarme? ¿Quién puede condenarme? ¡Nadie!

Dice San Pablo: "Siendo Dios el que justifique a quien condenará, ¿quién condenará a los elegidos de Dios? ¿Acaso Cristo que no hace sino interceder por nosotros?" ( véase Carta a los Romanos 8,33-34).

De manera que teniendo las manos del Creador y el abrazo de Jesucristo, ya no dudemos más del amor de Dios. A Él la gloria por los siglos.

Amén.