I014001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990114

Título: La ofrenda mas agradable y humilde que le puedo hacer a Jesus es entregarle "mi hoy"

Original en audio: [19 min. 44 seg.]


Puede decirse que el problema que trata la Carta a los Hebreos es un problema entre la fe y el tiempo. ¿Qué hacer para perseverar creyendo? Y perseverar, sostenerse en la fe, lo mismo que sostenerse en cualquiera de nuestros buenos propósitos requiere de alguna manera vencer al tiempo, ser más fuertes que el tiempo.

Pero comprobamos fácilmente que el tiempo todo lo doblega y todo lo domina; el tiempo hace caer, incluso, a los más robustos árboles; el tiempo hace extinguirse a las especies animales. Es tan inflexible el tiempo que a cada cosa que conocemos casi se le puede asignar una vida, un tiempo, un plazo, todo tiene un plazo.

¿Qué parece más firme que el sol, que a nuestros ojos aparece, y recorre la bóveda celeste como impávido del bien y del mal y de los problemas de la tierra? Sin embargo, ya los científicos saben que hay un plazo también para el sol, una sentencia que pesa sobre él, una sentencia a largo plazo, unos cuantos miles de millones de años, pero hay un plazo para él; se extinguirá.

Y esta extinción de semejante horno de fuego se parece a los que le sucede al cristiano. También nosotros, cuando estamos fervorosos, sentimos como que hay un sol que arde en nuestros corazones.

Pero también ese sol tiene sus plazos y no son plazos de miles de millones de años, son plazos breves: unas semanas o unos meses, unos contratiempos o unos años, y entonces nuestra paciencia, o nuestra alegría, o nuestra oración, al piso fueron a dar.

El tiempo es fuerte y de alguna manera, verdaderamente cristiano, es aquel que vence al tiempo. Eso es como una lucha, es como una contienda en la cual nos vemos envueltos, querámoslo admitir o no.

¿Qué va suceder con nuestra alegría? ¿Qué va a pasar con nuestros propósitos? ¿Qué habrá de nuestra oración de aquí a un tiempo? Nadie hay tan fuerte, ningún ser humano tiene la fortaleza para dar una respuesta cierta estas sencillas cuestiones.

¿Quién de nosotros, sin caer en una temeridad pecaminosa, podría decir: "De aquí a un año estaré más cerca de Dios"? ¿Acaso podemos decir siquiera: "De aquí a un año perseveraré en la fe"? ¿Es que acaso podemos llegar a afirmar: "De aquí a un año estaré"? Ni siquiera eso.

El tiempo nos vuelve a la humildad de lo que nosotros somos, a la humildad de creaturas. Es como una especie de juez inflexible para las obras, es como una especie de examen riguroso de todo lo bueno y de todo lo malo. Hay un placer que es de esta tierra, y hay un placer que es celestial.

El placer de contemplar el amor de Dios es celestial. El placer de la concupiscencia pertenece sólo a esta tierra.

Pero el que ve alegre a alguien con la concupiscencia, o el que ve alegre a alguien porque ve a Dios, a veces puede confundirse. Personas hubo que, cuando me vieron contento en mi decisión vocacional hacia lo Orden de Predicadores, dijeron: "Bueno, si eso es lo que a usted le gusta..." Expresión antipática como pocas para mis oídos. Como si fuera un asunto de gusto.

"Usted se da gusto en eso, el otro se da gusto en lo otro, cada uno se da gusto en lo que cada uno quiere darse gusto". Esa expresión, esa manera de hablar indica que para muchas personas la vida es eso, darse gusto.

Y puesto que la vida es darse gusto, entonces parecen unas alegría intercambiable por otras: "A usted le gusta dedicarse a sus oraciones y sus penitencia y sus cosas, pues haga usted eso; a mí me gusta ganar dinero, disfrutar, pasear; déjeme a mí hacer lo mío".

Las alegría parecen intercambiables. Pero entonces llega el tiempo, ese tiempo al que acudió Jesucristo tantas veces como juez, por ejemplo, dice Él: "Por sus frutos los conoceréis" San Mateo 7,20, es como diciendo: "Deja, deja que pase el tiempo.

El juez será el tiempo, será él el que dicte sentencia sobre cuál de estas dos es la cizaña y cuál es el trigo; cuál tiene fruto de vida y cuál tiene fruto de muerte.

¿En qué para esa alegría estrepitosa? ¿En qué para ese gozo desbordante? Toca ver, hay que ver qué sucede. El juez es el tiempo, el tiempo finalmente abre la verdad de los corazones.

Si una persona, por ejemplo, quiere acercarse a servir a Dios, habrá que saber con qué intención se acerca, porque incluso eso que debería ser lo más limpio, lo más puro, eso que debería ser inmaculado, eso también puede estar viciado. Y por eso se necesita que pase cierto tiempo, para ver qué era lo que había en ese corazón.

Hay que dejar que pase ese tiempo y ver qué frutos aparecen, ¿fue acaso miedo? ¿Fue acaso conveniencia? ¿Fue acaso puro interés? El tiempo lo dirá.

Así pues, nos queda claro que ser cristiano es recibir una participación en el señorío que Jesucristo tiene sobre todos los tiempos. Dice al principio la Carta a los Hebreos, -casi me atrevo a apostar que muchos de nosotros nos habíamos olvidado de eso-.

Mira lo que dice al principio la Carta a los Hebreos: "Ahora, en esta etapa final, Dios nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo" Carta a los Hebreos 1,2.

A uno no se le ocurre en ese momento que Cristo heredó los tiempos, porque uno piensa "heredero de todo" en témpos como materiales, como que Cristo se volvió el dueño de la tierra, del oro, de los países, de los imperios. Cristo es el señor del tiempo.

"Ahora, en esta etapa final, Dios nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo" Carta a los Hebreos 1,2. Jesucristo, Verbo de Dios, es Aquel por el cual se ha realizado las edades del mundo.

Jesús sí tiene autoridad sobre el tiempo. Por eso nos dice en otro lugar la Carta a los Hebreos: "Él es el mismo ayer, hoy y siempre" Carta a los Hebreos 13,8. Él tiene autoridad sobre el tiempo. Nosotros, los cristianos, cuando nos unimos a Jesucristo, adquirimos también la firmeza que por nosotros mismos no teníamos.

Por nosotros mismos hoy queremos una cosa y mañana ya nos cansó, y dos días después nos interesa otra, y una semana dspués hemos cambiado. Decía un pensador de la antigüedad que una de las señales de la necedad es estar siempre comenzando algo.

El necio siempre está empezando alguna cosa; lo difícil es preguntarle, o lo interesante sería preguntarle qué termina de lo que comienza.

Está siempre empezando alguna cosa: en una cantidad de cursos, una cantidad de libros, una cantidad de teorías, una cantidad de escritos, todo a medio hacer, todo, todo a medio hacer. Señal de necedad: todo a medio hacer.

Cristo nos rescata de esa necedad con su sabiduría y con la potestad que tiene sobre el tiempo. Cristo hace que seamos consistentes en nuestros propósitos, que el sí de hoy sea el sí de mañana y sea el sí de siempre. Es necedad, desde luego, es la cumbre de toda necedad el separarse del Único que le da firmeza a las edades del mundo.

Sobre esta perspectiva, volvamos al pasaje de hoy, que despertó todas estas reflexiones. Hermanos, dice el Espíritu Santo: "Hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón" Carta a los Hebreos 3,7.

Podemos decir que este pasaje del capítulo tercero de la Carta a los Hebreos es una meditación sobre lo que significa ese "hoy".

Porque resulta que lo único sobre lo que nosotros tenemos una autoridad, y ésta reducida, es sobre el hoy; quedó ya demostrado que sobre el mañana, no podemos sino humillarnos; y sobre el ayer, no podemos sino entregarlo. El ayer y el mañana son libros sellados y nada podemos escribir en ellos.

Esto quiere decir que nuestra reducida vida humana pasa por la humildad del hoy, aceptar que lo que yo tengo se llama hoy. Uno debería escribir, -pero hoy mismo porque ya mañana no se sabe si lo va a hacer-, uno debería escribir un letrero grande que dijera: "Sólo tengo hoy"; es lo único que tengo, los otros son libros sellados, repito, y en ellos nada podemos cambiar; pero tenemos un hoy.

¿Y cómo hace el cristiano para ser cristiano? ¿Cómo aprende el cristiano a perseverar? Tomando conciencia del hoy. El cristiano que se monta en un globo para viajar al pasado, y se va hacia el pasado, si va en un globo va englobado, se va englobado al pasado, y piensa en todo lo que hubiera podido ser y todo lo que hubiera podido no ser.

Cuando vuelve de su fantasía descubre una cosa: que el pasado creció. Mientras él estaba volando en globo, el pasado se hizo más largo.

Cada hoy que pierdo es una cuota que le agrego al pasado; y los hoy que voy perdiendo son ayeres que no puedo recuperar; cada hoy que aprovecho, cada hoy que entrego a Jesús, cada hoy en el que Jesús realiza su señorío, ése me une al eterno.

Cuando me uno a Jesús y cuando le entrego a Jesús el hoy, cuando le ofrezco el hoy, le estoy dando todo lo que le puedo dar. En cierto sentido, es la ofrenda más grata a Él, es también la más humilde.

Nosotros estamos a veces como esperando a que lleguen los días grandes, y mientras esperamos los días grandes, crece la cuenta del pasado perdido. Los días no tienen que ser grandes ni tienen que ser chicos, no tienen que ser gordos ni delgados, ni feos ni bonitos; los días tienen que ser de Dios.

Tan sencillo como eso, de Él tienen que ser, y si son de Él, entonces son grandes y son bellos y son santos.

"Hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón" Carta a los Hebreos 3,7. Y el autor de la Carta, citando este Salmo 95, no pasa por alto un detalle que también yo quiero subrayar. Dice: "No endurezcáis vuestros corazones como cuando el desafío, cuando la provocación del desierto" Salmo 95,8.

Esas palabras, que están aquí en mayúsculas, son las que nosotros estamos tal vez acostumbrados a oír con los nombres hebreos de "Masá" y "Meribá". El desafío, la provocación. ¿Qué fue lo que pasó en Masá y Meribá? ¿Y por qué ese número cuarenta que parece ahí?

Dice aquí que "no endurezcamos el corazón como cuando Masá y Meribá, donde me provocaron nuestros padres poniéndome a prueba, a pesar de haber visto mis obras durante cuarenta años" Salmo 95,9. En aquellos tiempos antiguos, cuarenta, era el número de la vida; la expectativa de vida estaba como por los cuarenta años.

Cuando Dios se pone bravo, y no quiere que ninguno de esos israelitas lleguen a la Tierra Prometida, los pone a dar vueltas durante cuarenta años, -todo este es lenguaje antropológico y simbólico-, los pone a dar vueltas durante cuarenta años en el desierto, porque cuarenta años es el tiempo en el que, hasta el más pequeño de ellos, se supone que ya ha muerto.

Para nosotros esto es raro porque la expectativa de vida en el mundo actual está por los sesenta y tantos, incluso setenta y tantos años, y aquí hay gente que supera esa edad y va muy tranquila.

Pero en el tiempo de los hebreos, y en ese régimen de desierto, maná y agua incierta, en ese régimen la expectativa era de unos cuarenta años. O sea que haber recibido señales de Dios durante cuarenta años lo que quiere decir es, haber recibido señales de Dios toda la vida.

El motivo de la queja de Dios es ese: "Cada día, en cada hoy te di una señal; cada día te hablé, cada día, toda la vida te mostré quién era, ¿por qué pides otra señal ¿Qué más señal que la señal continua de tu propia vida? ¿Cuál de esos días lo hiciste tú? ¿En cuál de esos días te diste vida? ¿En cuál de esos días te creaste? Yo soy la señal perfecta de tu vida".

"Durante cuarenta años te he dado la señal, ¡tú mismo eres mi señal! ¿No puedes verte siquiera? ¿No puedes reconocer que he estado siempre contigo? ¡Cómo te atreves a pedirme otra señal!"

Durante cuarenta años quiere decir durante toda la vida. Cuarenta, desde esa experiencia del desierto, vino a significar en la Biblia la totalidad de la vida. Y ese es el sentido que conserva en muchos otros pasajes.

Por ejemplo Moisés, Moisés tuvo en cierto sentido triple vida; tuvo una primera vida, allá hasta descubrir su vocación; tuvo otra segunda vida, conduciendo a este pueblo hasta el Sinaí; y tuvo como otra tercera vida, hasta llegar a las puertas de la Tierra Prometida.

De ahí la edad, desde luego simbólica que se da en Moisés: tres por cuarenta. Ese número tres en la Biblia es el número del resultado definitivo, de lo que es último, de lo que queda establecido.

De manera que la edad de Moisés, el número ciento veinte, lo que significa es: la vida definitiva, la vida que es modelo, el modelo de vida.

Si la Biblia fuera escrita hoy, ese pasaje del Deuteronomio no diría que Moisés alcanzó ciento veinte años, sino diría: "Y Moisés es el modelo para todas las vidas en Israel", eso es lo que diría.

Ellos jugaban mucho con esos números, pero nosotros, que no podemos dejar pasar este hoy, volvemos a esta palabra ¿y qué encontramos? Que tenemos que estar despiertos a las señales que Dios regala en nuestra propia vida.

"Atención, hermanos, que ninguno de vosotros tenga un corazón malo e incrédulo" Carta a los Hebreos 3,12. Es una invitación a escarbar, a limpiar la vida; es una invitación a creer, que consiste aquí a recibir todas las señales del amor de Dios.

Con esta convicción y con este sentimiento, agradezcamos al Señor lo que ha hecho por nosotros. En toda la línea de la eternidad hay un punto que nos pertenece, pero nos pertenece, ese punto se llama "hoy".

Y en ese punto nosotros hacemos una ofrenda que se une al "hoy eterno", de Jesucristo, y así unidos a Él, somos más fuertes que toda la línea, somos más fuertes que todo el tiempo, somos como Él, partícipes de la eternidad.