Epif011a

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Fecha: 20080106

Título: El camino de los Reyes Magos conduce a la adoracion

Original en audio: 19 min. 8 seg.


La vida humana no es completamente oscura ni completamente clara. El mundo no es completamente bueno ni perdidamente malo. La gente que conocemos, la familia de la que venimos, la Orden religiosa en la que estamos, no es perfectamente blanca ni perfectamente negra.

La tentación sería decir que todo es gris, o decir que todo da lo mismo. Pero, la Biblia toma un camino diferente. La Biblia no dice que todo sea claro ni que todo sea oscuro. Lo que dice es que en medio de la oscuridad, brillan las señales que da el amor de Dios.

El modelo cristiano no es el modelo gris, no es el modelo de pensar que todo da lo mismo. No da lo mismo ser fiel que ser infiel. No es lo mismo vivir en la ignorancia, o esforzarse por buscar la verdad. No es lo mismo cultivar la lealtad y la generosidad, que dejar crecer el egoísmo y la desidia. ¡No puede ser lo mismo!

Precisamente, el Papa Benedicto XVI, refiriéndose al final de la historia humana, declara: "¡No puede ser lo mismo! No puede ser lo mismo aquel que se ha entregado con generosidad al servicio de los hermanos, o aquel que dilapidó todos sus bienes, gastó todo únicamente en sí mismo".

El modelo bíblico, por consiguiente, no es el modelo de, "todo da lo mismo". Ese es el modelo, en cambio, que quieren imponernos hoy: que da lo mismo ser hombre que ser mujer; que da lo mismo hablar una lengua o la otra; que da lo mismo perder nuestras raíces culturales o matricularnos en una especie de cultura universal, en donde todos repetimos las mismas canciones, nos ponemos la misma ropa y sobre todo, gastamos en el mismo mercado.

La Biblia no sigue ese camino. El camino de la Biblia es el camino de los Reyes Magos. Es la oscuridad de la noche, pero también es el esplendor de la estrella. El camino de la Biblia es el camino de las señales que va dando Dios, señales que son regalo suyo, pero también son nuestra tarea.

Son regalo suyo, porque nos van mostrando su voluntad, nos van mostrando quién es Él, nos van mostrando también quiénes somos nosotros. Todo eso nos dan las señales de Dios.

Sin embargo, son además nuestra tarea, porque las cosas no están completamente resueltas. Es necesario, como ya hizo la Santísima Virgen María, aplicarse a meditar en el corazón: "¿Qué me quiere decir Dios con esto?"

Para nosotros, los acontecimientos no son el resultado de un destino fatal. Para nosotros, los acontecimientos no son el resultado de una maquinaria de poder, o de economía, o de política, o de ciencia, o de genética.

Para nosotros, los acontecimientos son sílabas de una canción, que si uno está suficientemente atento, la puede percibir. Hay una música en la vida. Dios va creando una melodía día por día. Pero, nos regala en cada instante solamente una sílaba, solamente una nota.

¡Y hay que estar atentos! Hay que utilizar la memoria como tesoro precioso para guardar todo eso que Dios da. Hay que utilizar la inteligencia, para conectar los puntos, para ver cómo se relaciona una cosa con otra. Y hay que utilizar la voluntad, para ponernos en camino. No basta con quedarse mirando estrellas hermosas en el cielo. ¡Hay que ponerse en camino! ¡Hay que seguir las señales que Dios nos da!

El camino de los Reyes Magos, por eso tiene una importancia inmensa. No es solamente una anécdota del tiempo de la primera infancia de Jesucristo. Es la parábola de la vida entera. Es lo que cada uno de nosotros es. También nosotros salimos en la noche como ellos salían, y también nosotros buscamos alguna luz.

"Ahora, ¿qué voy a hacer con mi vida? Ahora, ¿qué es lo que tengo que hacer? Ahora, ¿qué es lo mejor?" Algunas veces esa pregunta se plantea de un modo dramático. "Y ahora, ¿qué sigue? ¿Qué es lo que me toca ahora?" ¡Es algo dramático!

Otras veces es como un llamado suave de amor, como cuando cada uno de nosotros, religiosos y religiosas, empezó a sentir: "Tal vez Dios quiere para mí otra clase de existencia". Y también ahí hubo estrellas, señales, mensajes, que nos pusieron en camino, que nos hicieron recorrer el camino.

Es muy hermoso ver que las señales, Dios las da apropiadas a cada persona. Estos sabios de Oriente habían crecido en un ambiente de astrología, y por tanto, ellos miraban hacia el cielo, oteaban la inmensidad del cosmos, y ahí, a través de ese camino, les habló Dios.

¡Es maravilloso ver cómo Dios se adapta a cada circunstancia, a cada psicología, a cada cultura! Las señales de Dios son siempre de Él, pero son también nuestras, porque están tan adaptadas a lo que nosotros somos, ¡tan perfectamente adaptadas!

Es muy hermoso ver en la historia de los Santos, cómo Dios habló a cada uno de ellos según su temperamento. A Ignacio, por ejemplo, a Ignacio de Loyola, lo fascinó con la idea de alistarse en el ejército de Jesucristo. Éste era un soldado. Ese era el lenguaje que había que utilizar.

A Tomás de Aquino lo cautivó, lo atrajo, lo sedujo, con la posibilidad de encontrar la sabiduría infinita, inagotable, que sólo está en el Verbo de Dios. A Martín de Porres lo atrajo en el camino del servicio, del amor, de la caridad y de la alegría.

Y así, a cada uno de ellos. Por consiguiente, nosotros no tenemos que juzgar de las señales de otras personas. No nos corresponde decir si esas señales son o no son apropiadas para ellos. Nuestra verdadera tarea es encontrar en nuestra propia historia, en nuestra propia lógica, con nuestras limitaciones que son muchas, cómo el Señor nos está llamando y cómo Él nos está poniendo en camino.

Hay que destacar que ese camino tiene una meta. Nosotros no caminamos en círculos. La historia humana no es una repetición, simplemente. Nosotros avanzamos, hay una meta que se llama Jesucristo, y hay una actitud final que se llama adoración.

Jesús es al mismo tiempo, Camino, Verdad y Vida. Camino, porque con sus mandatos y consejos, nos mueve. Verdad y vida, porque en Él se encuentra esa plenitud que nos lleva a adorar.

Mas, yo quiero destacar esa palabra adoración. Sólo en la adoración podemos tener ya en esta tierra, una pequeña experiencia de cuál es el desenlace de la vida humana, para qué existimos finalmente, para qué está la vida humana.

Existimos para el encuentro, existimos para encontrar y ser encontrados. Existimos para llegar a ese Jesús, a esa Verdad, a esa Luz. Existimos para poder mirarlo, para asombrarnos, con un asombro que detiene el tiempo, con un asombro que deja de lado el tiempo.

Como el Papa que tenemos es teólogo y filósofo, tiene unas expresiones bellísimas sobre esto de la eternidad, cómo la eternidad no es una duración indefinida: "La eternidad es como el asombro que hace desaparecer el tiempo. Es como la sorpresa que va más allá de lo que podemos imaginar, y que deja de lado incluso el propio ser".

Algo así fue lo que experimentaron los Apóstoles en el Monte Tabor. ¡Fue tan bello eso, tan hermoso, tan completo, tan perfecto, tan luminoso, tan amable! Fue tan dulce, fue tan amoroso, que ante esa experiencia, Pedro ni siquiera piensa en sí mismo.

Afirma el Evangelista: "Él no sabía lo que estaba diciendo" San Lucas 9,33. Y es gracioso que Pedro propone: "Si quieres, hacemos una tienda para ti, otra para Moisés y otra para Elías." San Lucas 9,33. ¡No piensa en él! Pedro no piensa en Pedro. Pedro está absorto, extasiado en esa maravilla que se le ha presentado.

¡Esa es la vida contemplativa! La vida contemplativa es aquel ambiente, es aquel entorno en el cual buscamos comunitariamente esa clase de encuentro, con el fin de que nuestros corazones tengan una experiencia de para qué fuimos creados, y para que la Iglesia pueda también tener a dónde mirar cuando busca en qué consiste, cuál es la última razón de la vida cristiana.

La contemplación, la adoración, es ese asombro maravilloso, que hace desaparecer el tiempo y hace que uno se olvide de sí mismo.

Esto es lo que literalmente significa la palabra éxtasis. Esta palabra, tomada del griego, quiere decir, aquella salida de sí mismo. Pedro tuvo un éxtasis en el Tabor. Salió de sí mismo, se olvidó de sí. No le importó lo que le pasara a él. Simplemente, le importaba lo que estaba viendo, cómo era maravilloso, cómo era bello, santo, bueno, dulce, cómo era perfecto.

La adoración es la vocación última de la vida humana. Para eso hemos sido creados, para encontrarnos con nuestro Hacedor, con nuestro Redentor, con nuestro Santificador.

Mi Maestro de novicios, el Padre Pastor Prada, nos hablaba con hermosa elocuencia de lo que significa ese encuentro. Él decía: "La muerte de un justo es como el encontrarse, como el asomarse a una luz, a un amor, a una verdad que es tan sublime, que es tan perfecta, que causa un asombro fantástico, que causa un maravillarse, que causa una sensación de éxtasis".

"Y en ese éxtasis, donde desparece el tiempo, allí están los bienaventurados como olvidados para siempre de sí mismos, como fascinados en ese banquete de luz y sabiduría que es Dios, Nuestro Señor".

Los Magos, hoy, nos están recordando, entonces, no sólo cómo es la vida humana, sino cuál es su desenlace, cuál es su meta, para qué fuimos creados. Mucha gente no sabe esto.

Creen que la vida consiste en producir dinero, producir dinero y producir dinero, para luego gastar dinero, gastar dinero y gastar dinero. Se sienten en un círculo: "Produzco y consumo, consumo y produzco, produzco y consumo".

Nuestra vida no es ese círculo que marea y enloquece. Nuestra vida es una flecha disparada por Papá Dios y que tiene como único destino, como única meta, el Corazón adorado y adorable de Jesús. Ahí, en el encuentro con Él, descansa el corazón humano. Ahí se regocija.

Pidamos al Señor en esta Epifanía, que nos resucite nuestra vocación cristiana, que nos resucite nuestra vocación religiosa, que nos resucite nuestra vocación contemplativa.

Después de tantas palabras trascendentales, yo quiero contarles la historia de un sapito, aunque sé que esto no le gusta a mi mamá. Resulta que iba un grupo de sapitos, y de pronto uno de ellos se cayó a un pozo, un pozo profundo.

Los demás, que sabían la profundidad de ese hueco, vieron cómo el sapito empezaba a saltar y trataba con sus paticas, malamente, de agarrarse de las paredes de ese hueco.

Entonces, le decían y le gritaban: "No pierdas tu tiempo. ¡No pierdas tu tiempo! ¡No hay nada que hacer! ¡Eso no se puede! Está muy hondo, está muy oscuro, está muy resbaloso". Todos éstos, allá, a la orilla del hueco, le gritaban al sapito.

Pero, éste seguía subiendo, seguía subiendo, seguía subiendo, y para sorpresa de todos, llegó. Llegó al nivel y se salió del hueco. Empezaron a felicitarlo y en ese momento se dieron cuenta de que era un sapito sordo.

Él no sabía que lo que le estaban vociferando era que no se podía. Él pensó que le estaban dando ánimo. Fue sordo a todos los que le decían: "¡Eso no se puede! ¡Eso no se puede!" Y porque era sordo, se salvó. El sapito sordo se salvó.

Cuando uno habla de la adoración, cuando uno habla de la vida religiosa, sacerdotal, de la vida contemplativa, el sapito es uno. Y ustedes, aquí, en el Monasterio, habrán recibido mucha gente que les asegura: "¡Esa vida no tiene sentido! Ese hueco está muy profundo, eso es muy resbaloso; ahí nunca se podrá lograr."

Yo les invito, hoy, a recibir la bendición del sapito sordo. Yo les invito, hoy, a ustedes, hermanas del Monasterio, a ser sordas a los que dicen que no se puede.

Esa clase de cosas se demuestran realizándolas. La gente sostiene: "¡No! El amor ya se acabó. La fidelidad es imposible. El matrimonio ya no dura. ¡No! Estamos en una situación en que ya no se puede."

Gracias a Dios, mis papás son dos sapitos sordos y han cumplido cuarenta y siete años siendo sordos a todos los que dicen: "El matrimonio no se puede, el matrimonio no existe, el matrimonio no tiene sentido, el amor se acaba". ¡Bendito sea Dios, ellos han sido sordos a éso, y han coronado cuarenta y siete años buscando a Jesús en su vida matrimonial!

Y cuando el Padre Francisco Pardo entró a la vida religiosa, -porque aquí a nadie se puede dejar tranquilo-, él tenía una preocupación, un llamado, algo que le había fascinado: la santidad. Y Pacho Pardo ha tenido un coro de gente alrededor que le dice: "¡Eso no se puede! ¡Eso no se puede! ¡Eso no se puede!" Gracias a Dios, él es otro sapito sordo que ha seguido buscando.

En algún lugar tiene que estar el amor. En algún lugar tiene que estar la luz. En algún lugar tiene que estar la vida. Y sólo hay dos maneras de vivir: poniendo cuidado al coro que dice, "¡Eso no se puede!", o seguir subiendo. ¡Sólo hay dos maneras de vivir!

Hay gente que se detiene. Hay gente que se detiene en su vida monástica y dice: "¡Verdad! ¡Esto no se puede! ¡Hay tantos problemas! ¡Hay tantas discusiones! ¡Hay tantas dificultades! ¡Esto no se puede!" Éstos le están dando fe al círculo que está gritando: "¡No!"

Sin embargo, hay una sordera que es buena, según aprendemos de esta parábola. Esa clase de sordera deseo yo para ustedes, de manera que sigan avanzando, y así, avancemos también todos. Porque hay un destino, porque hay una luz, porque hay una meta que se llama Jesucristo.