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Fecha: 20070603

Título: La Santisima Trinidad como nuestra verdadera vocacion

Original en audio: 12 min. 38 seg.


Esta celebración de la Santísima Trinidad es la celebración del misterio mismo de Dios, es como una manera compacta de resumir nuestra fe.

Decir que creemos en la Trinidad, es decir que creemos que Dios Padre ha enviado a su Hijo, y que gracias al sacrificio de ese Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, nosotros hemos podido recibir a Dios Espíritu Santo.

Decir que creemos en la Trinidad es como resumir nuestra fe cristiana y es indudablemente el misterio más profundo, de pronto el que puede parecer más lejano, el más incomprensible, tal vez.

Los teólogos han tratado de formular este misterio de distintas maneras, a veces con palabras muy técnicas, como la palabra “naturaleza” y la palabra “persona”, según esa formulación decimos: “En Dios sólo hay una naturaleza, pero hay tres personas”; no hablamos de tres dioses, sino de un solo Dios, pero no hablamos de una sola persona, sino de tres personas preciamente: el Padre, el Hijo y el Espíritu.

A veces se utiliza ese lenguaje bastante refinado por obra de la filosofía y la teología, otras veces se utilizan imágenes. Santa Catalina de Siena hablaba del sol, la luz y el color, el sol sería el Padre, la luz sería el Hijo, el color sería e Espíritu Santo,

Y nosotros no podríamos conocer del sol si no alumbrara, así no podríamos conocer del Padre si no es porque ha enviado su luz, su resplandor, que es el Hijo; pero ese Hijo, llegando a nosotros, nosotros lo recibimos y encontramos un color, y esto es muy hermoso porque la obra del Espíritu se parece a lo que hace la luz del sol, es una misma luz, pero las cosas tienen distintos colores.

El mismo sol hace que los árboles se vean verdes, y que el agua del manantial se vea azul, y que la flor se vea rosada, por ejemplo. Entonces viene el color junto con la luz, la luz trae ese color y hace que brille el color de las cosas, así también el Espíritu saca lo mejor de cada uno de nosotros; bendecidos, ungidos por el Espíritu sale de nosotros lo que parece increíble.

Qué obras maravillosas las que encontramos, por ejemplo, en San Pablo; en realidad cada uno de los santos es eso, es una expresión, es una obra del Espíritu, y los colores del Espíritu son los colores de la santidad, esta es una comparación muy linda que utiliza Santa Catalina de Siena.

Otros han tratado de explicar o de exponer este misterio en una perspectiva que se ha llamado psicologista o relacionada con la conciencia y con el alma humana. Uno puede decir: "Existo yo y existen mis pensamientos, pero mis pensamientos hasta cierto punto como que casi soy yo, y, sin embargo, es distinto de mí".

"Lo que yo pienso y lo que yo soy son distintos, y no existirían mis pensamientos si yo no existiera"; así también el Hijo es como el pensamiento de Papá Dios, es como el pensamiento de Dios Padre.

En favor de esta interpretación pues está aquello del evangelio de Juan: “En el principio existía la Palabra, el Logos, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios" San Juan 1,1.

Con San Agustín y luego con Santo Tomás de Aquino, esa tradición se afianza y se mira entonces a Dios Padre como la fuente de todo ser; y el pensamiento perfecto que Dios tiene sobre sí mismo, que es también el modelo, que es como diseño de todo lo que existe, ese es el Hijo.

Y hay una cantidad de textos en la Escritura que nos ayudan a profundizar en esta idea, por ejemplo, cuando San Pablo nos dice que todo fue creado por Cristo y para Cristo, como que Cristo es el diseño mismo, es la idea perfecta sobre la creación, y en ese sentido encontramos ya la presencia de Cristo incluso en la naturaleza.

Entonces, según esta manera de hablar de la Trinidad, Dios Padre es el Eterno, es el Infinito, es el Todopoderoso, pero precisamente porque es perfecto desde siempre tiene un pensamiento de si y ese pensamiento perfecto de sí es su Palabra, es el Hijo, que es engendrado de la naturaleza misma del Padre.

Porque no puede ser otra cosa ese Padre Celestial, ese Dios eterno, no puede ser otra cosa que inteligencia perfectísima, sabiduría, y entonces esa sabiduría del Padre es el Hijo, y a algo de eso alude la primera lectura de hoy.

Y luego el Espíritu ¿qué es? El espíritu es como el lazo de amor perfecto que existe entre este Padre y su Hijo, y entonces el Espíritu podemos decir que procede del Padre y del Hijo, como se proclama en el Credo de la Misa, el Espíritu que procede del Padre y del Hijo.

Y en eso hay una pequeña discusión con los orientales, porque los cristianos de Oriente hablan sólo del Espíritu como procedente del Padre; nosotros, los occidentales, agregamos: "Del Padre y del Hijo"; y hay una pequeña, bueno, no tan pequeña discusión sobre eso, pero no entramos, por supuesto, en esos detalles por ahora.

Este es otro modo de hablar de la Trinidad: el Hijo como sabiduría, como pensamiento o Palabra del Padre; el Espíritu como lazo de amor que une al Padre y al Hijo; y sobre esto tal vez la exposición más perfecta es la que encontramos en los escritos de santo Tomás de Aquino.

Recientemente, y en especial por la obra y la predicación del Papa Juan Pablo II tan amado, tan bien recordado por todos, todavía hay como otro modo de hablar de la Trinidad, y es como esa perfección, es como esa unidad suprema que nos muestra que la unidad es posible entre personas distintas.

En realidad no es una exposición completa sobre la Trinidad, sino que hasta cierto punto es como un corolario, como una conclusión que se saca de lo que antes hemos dicho de las varias personas y una sola naturaleza.

En varias ocasiones el Papa Juan Pablo habló de la Trinidad como una especie de familia divina, sobre todo para poner así esa unión perfecta, íntima, completa, amorosa, razonable y racional entre las personas divinas, ponerla como modelo de toda unidad, de manera que las familias, por ejemplo en esta tierra, y los pueblos, y los amigos, y los grupos humanos, y las razas, todos aprendamos que podemos ser distintos y al mismo tiempo estar unidos.

Es un mensaje muy fuerte, es un mensaje muy evocador, muy inspirador, el Papa Juan Pablo lo respaldó, lo predicó él mismo varias veces, y casi se ha convertido como en una norma, hoy, para hablar de la Trinidad.

Como se ve, hay varios modos de hacer esta predicación, y cada uno tiene sus propias virtudes, yo creo que uno no puede escoger uno y descartar todos los demás.

Hay todavía otro modo que quiero mencionar, el último, que tiene mucha relación con la liturgia. Hace ocho días celebrábamos el descenso del Espíritu Santo, pero hay una realidad muy hermosa, Dios nunca puede partirse, Dios no puede dividirse.

De manera que si decimos que el Espíritu Santo ha venido a nosotros, como no es que una parte de Dios se quedó allá y otra parte vino, porque Dios no se puede dividir, entonces lo que hay que decir es que más que dividirse Dios o repartirse Dios, lo que ha sucedido es que nosotros hemos sido como asumidos, como abrazados, como integrados en este Misterio Trinitario.

Esta expresión o esta manera de hablar de la Trinidad, es la propia de la mística, y lo que quiere decir esencialmente es que cuando nosotros pronunciamos el Misterio Trinitario no estamos frente a Dios diciendo: "Aquí está el Padre, aquí está el Hijo, aquí está el Espíritu".

Sino que únicamente nos atrevemos a balbucir el Misterio de la Trinidad, porque estamos entrando en él a través precisamente de Jesús, a través precisamente de Cristo, estamos entrando en la Trinidad, y en ese sentido tenemos que decir que alabamos a Dios Padre, y alabamos al Padre por el Hijo, y en el Espíritu.

Por el Hijo, ese Hijo que está en nosotros, que somos nosotros en alguna manera, hijos en el Hijo de Dios, nosotros oramos como Cristo, ese es el Padrenuestro, al fin y al cabo. Oramos como Cristo.

Entonces, el Misterio de la Trinidad no es algo que está al frente de nosotros, sino es lo que alcanzamos a pronunciar antes de ser como envueltos, antes de ser como asumidos en ese vórtice de amor que es Dios mismo.

Hermanos, ¿y qué podemos aplicar de todas estas palabras de los místicos y los teólogos a nuestra vida? Bueno, la predicación del Padre Rainiero Cantalamesa, que es el predicador de la casa pontificia, y del Papa Juan Pablo II, son predicaciones que precisamente aluden a esto de la familia.

Y ahí hay una aplicación: a aspirar siempre a crecer en una más estrecha unidad con todos, aprender a conocer que somos diferentes y que sin embargo estamos unidos, y que esa unidad se alcance a través del compartir de las riquezas, empezando por las riquezas del Espíritu, por la riqueza que es Cristo mismo. Esa una aplicación.

Pero también pienso que podemos aplicar este Misterio si recordamos en dónde está como nuestra vocación, como nuestro llamado más profundo. Todo esto tiene sabor de cielo, y si de pronto suena demasiado raro, demasiado extraño, o demasiado lejano, es porque se nos está olvidando a qué sabe el cielo.

Hermanos, cada vez que recibimos la divina Eucaristía estamos saboreando el cielo, y este misterio nos ayuda a recordar que esa es nuestra casa y que ahí, en esa unidad inexplicable e inexpresable de la Trinidad, ahí está nuestro llamado más profundo, ahí está nuestra vocación verdadera.