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Fecha: 20040806

Título: La fuerza de Dios que conduce al silencio

Original en audio: 10 min. 27 seg.


Queridos Hermanos:

La fiesta de la Transfiguración del Señor la tenemos todos los años. Pero hay algo muy interesante. Como esta fiesta la cuentan los tres Evangelios que llamamos sinópticos, es decir, Mateo, Marcos y Lucas, entonces también cada año oímos el relato de la Transfiguración, de acuerdo con uno de estos Evangelistas.

De manera que en el ciclo A de las lecturas del domingo, que es el ciclo de San Mateo, oímos el relato de la Transfiguración según la versión de Mateo.

Y en el ciclo B, que es el de San Marcos, oímos la Transfiguración del Señor según San Marcos, y en este ciclo, que en los domingos es el ciclo C, pues oímos el relato de la Transfiguración según nos lo cuenta Lucas.

No son muy grandes las diferencias entre estos distintos relatos. Pero es una buena idea la de presentar un Evangelio distinto en cada uno de estos años, porque, hasta cierto punto, nos obliga a mirar los detalles. Y como ya hemos comentado en otras oportunidades, ¡cuánta riqueza hay en los detalles!

La Biblia está llena de detalles. Yo, a veces, imagino la Biblia, como una especie de casa, como un hogar. La Biblia es como nuestra casa espiritual.

Y tú sabes lo que sucede cuando visitas la casa de tu amigo. La casa de tu amigo, seguramente, no tiene la simplicidad de unas paredes desnudas y de unos pisos vacíos, sino que encontrarás retratos.

Por ejemplo, encontrarás las fotos de los hijos o de los nietos; encontrarás porcelanas, cristales, floreros; encontrarás que la misma distribución de los muebles, y los muebles mismos, tienen su propia historia.

En cada uno de esos detalles, hay algo, hay un retazo de vida que está ahí puesto. Por ejemplo, si te pones a conversar con tu amigo sobre una determinada foto de alguna de las nietecitas, entonces él te dirá: "Sí, eso fue la vez que fuimos a aquel parque, y yo me acuerdo...". "Yo me acuerdo...", es decir, viene la memoria de la vida.

Yo creo que con la misma actitud espiritual, debemos acercarnos a la Sagrada Escritura, queriendo encontrar en ella no solamente las grandes líneas, las líneas programáticas, las políticas de Dios para el universo en el año 2004. Dios no es un gran mandatario que da grandes políticas para que luego se implementen en oficinas muy elegantes y con programas de computador avanzadísimos.

Ese no es Dios; así no obra Dios. Dios, al contrario, se parece más a la imagen de la casa, Aquel que da vida, que quiere dar vida, y que va dando vida.

En la riqueza de los detalles, nosotros percibimos el susurro del Espíritu.

Por ejemplo, hay un par de detalles en el relato de la Transfiguración como nos lo presenta este Evangelista Lucas, el de este año; Lucas es el único de los Evangelistas que nos cuenta, de qué era que conversaban Moisés y Elías con Nuestro Señor Jesucristo. Porque se aparecieron allá, y estaban conversando; eso lo dicen todos.

Pero, ¿de qué estaban hablando? Un dato curioso, el único que lo comenta es Lucas: "Estaban hablando de la pasión, de la muerte, de la dolorosa pasión y de la terrible muerte que Jesús iba a tener en Jerusalén" San Lucas 9,31.

Interesante ese dato, porque vincula de un modo muy directo esta escena de la Transfiguración, que es una escena bellísima, esplendorosa, radiante, gloriosa, con ese otro momento, que es el momento del oprobio, de la humillación, de la oscuridad, incluso, de la confusión, el momento de la Cruz.

¡Qué interesante! En medio de la gloria, estaban hablando del dolor. En medio de la luz, se referían a un momento tan oscuro como es el momento de la Pasión. En medio de esa felicidad, que dejó embriagados a los Apóstoles y que los ponía a decir casi cosas sin sentido, en medio de ese gozo, hubo una conversación sobre un tema tan triste.

Y esto es muy interesante, hermanos, porque nosotros tenemos que aprender a darle también la vuelta. Así como en la hora de la Transfiguración había una conversación aparentemente tan triste, o en realidad, tan triste, porque se trata de acontecimientos tan dolorosos; así como ahí había esa conversación tan triste en medio de la gloria, así, cuando estemos en la Cruz, en medio de todo ese dolor, tenemos que saber descubrir el gozo que está ahí.

La Transfiguración es un aspecto de luz, pero que tiene también una entraña que nos muestra dolor. Y la cruz, en cambio, es un aspecto, una manifestación de dolor y de soledad, pero que tiene adentro una entraña de alegría, de resurrección y de vida.

Qué hermoso el paralelo que Lucas nos invita a hacer entre estos dos momentos: la Transfiguración, que lleva por dentro esa conversación del momento oscuro, y la Cruz, que lleva por dentro ese mensaje del triunfo de la luz y de la gracia.

El otro detalle que quiero destacar del relato de Lucas, es más pequeño, si se quiere. Resulta que Lucas nos cuenta, que "los Apóstoles no dijeron nada" San Lucas 9,36

Después de que vieron todo esto, los Apóstoles que estuvieron allí, que eran como muy cercanos a Jesús, Santiago, Juan y Pedro, debieron quedar profundísimamente impresionados por todo esto, pero no dijeron nada.

Los otros dos Evangelistas nos dicen, que "Jesús les ordenó, enérgicamente, que no dijeran nada" San Mateo 17,9; San Marcos 9,9. Eso lo dicen San Mateo y San Marcos.

San Lucas no hace referencia a esta especie de prohibición de Jesús, no cuenta que Jesús lo haya prohibido. Seguramente, cuando sucedieron esos acontecimientos, Jesús les dijo, o les prohibió, o en fin.

Lo que quiero destacar es que, en la manera como lo presenta Lucas, es la fuerza misma del acontecimiento, más que una orden dada por Jesús así con palabras, la que conduce a estos Apóstoles al silencio.

Y esto es interesante. Porque en la vida de muchos Santos nos vamos a encontrar con expresiones o con momentos similares.

¡Cómo no recordar aquí a Santo Tomás de Aquino, cuando el seis de diciembre de 1273 tuvo esa visión, una visión maravillosa del amor, de la gloria, de la sabiduría, del poder de Dios! Estaba celebrando la Santa Misa, y tuvo una visión maravillosa. ¿Qué vio? No sabemos; pero fue algo maravilloso, algo que lo llenó, que lo colmó.

Y a partir de ahí, Santo Tomás, que había escrito tanto y que había predicado tanto, se convierte, podríamos decir, como en un espejo de silencio. Y a través de su silencio, lo único que él repite es: "¡No puedo más!" Ha quedado desbordado por esa experiencia, y francamente, no puede hablar; francamente, no puede escribir. Está colmado, está desbordado.

¡Qué hermoso es ver que Dios tiene esa fuerza, esa fuerza para desbordar, esa fuerza para saciar absolutamente el corazón humano hasta dejarlo en silencio!

Y también podemos recordar aquí una hermosa escena, casi infantil, que le sucedió a Santa Catalina de Siena. Ella también tuvo en alguna oportunidad, una visión maravillosa del gobierno de Dios sobre el mundo, de la providencia infinita de Dios, de cómo Él dispone cada cosa.

Y dice ella: "¿Y ahora qué digo? Como los niños, sólo podré repetir: ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!" Como hacen los bebitos, que no hablan, sino que repiten sonidos, y son sonidos que no tienen significado, que simplemente, expresan la vida que lleva por dentro el bebé.

Pues así también, Santa Catalina queda desbordada por lo que ha visto del plan de Dios, del gobierno de Dios sobre el mundo. Y en esa embriaguez de luz, queda en silencio.

Algo así, como que nos deja sugerido Lucas, cuando dice: "Y ellos no dijeron nada" San Lucas 9,36; ellos quedaron desbordados por eso.

¡Qué hermoso que el amor de Dios venga a nosotros, y que el amor de Dios nos embriague y nos colme, y el amor de Dios nos sacie y nos levante, hasta el punto de dejarnos prácticamente en silencio, hasta el punto, en que sea casi sólo nuestro rostro, nuestra alegría, quienes nos puedan decir, quienes puedan hablarle al mundo!

Cuando ya nuestras palabras no den más, que sea nuestro rostro, "que sea la gloria de Dios en nuestro rostro" 2 Corintios 3,18, como dice San Pablo, la que le cuente al mundo que hay un Dios, que ese Dios es bueno, que ese Dios es santo, y que ese Dios es nuestro.

Amén.