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Fecha: 20010622

Título: De la tristeza de la Cruz a la alegria del amor del Crucificado

Original en audio: 16 min. 21 seg.


Algunas veces hay piezas de metal, de cobre, un metal vulgar, a las que se les echa un baño de oro. Quedan muy bonitas, pero después muestran el cobre.

Y así son muchas de las cosas de este mundo. Nos encontramos con que lo que parecía prometedor y bello, después decepciona. Y hay veces que la vida entera parece decepcionar: "¡Esperaba más de la vida!"

Esa sensación de cansancio, de frustración, que engendra depresión, la viven muchas personas. Por ejemplo, con los amigos: "Yo tenía mis amigos, y me han decepcionado: mostraron el cobre". Como con el amor: "¡Tan bonito que parece el noviazgo, tan prometedor, tan hermoso!, pero mostró el cobre: finalmente se destapó la olla, apareció la realidad."

Y lo que se veía muy bien al principio, luego desilusiona. Es una alegría que tiene por dentro una tristeza.

Lo mismo pasa con tantas cosas, que hay un dicho que dice: "Bueno, pero ¿por qué será que todo lo bueno, o está prohibido, o es pecado, o engorda?". Como demostrando esto, que todo parece tener su problema, su letra menuda, sus condiciones escondidas, algo alegre, pero que trae tristeza.

Ese sabor de cierta desilusión lo conoce la Sagrada Escritura, por eso leemos en alguno de los libros Sapienciales que "la vida del sabio es una vida marcada por la tristeza" (véase ). Y otro pensador decía: "Todo sabio considera la condición humana con un dejo de tristeza".

Por eso, cuando probamos las cosas de este mundo, terminamos un poco con la sensación que dice el libro del Eclesiastés: "¡Al fin y al cabo qué! ¡Vanidad de vanidades! ¡Todo vanidad! ¡Todo vacío!" Eclesiastés 1,2.

Son muchas las decepciones. Casi puedo decir yo, que no hay día en la vida de un sacerdote que atiende a las personas, en el que no se encuentre testimonios y testimonios de gente decepcionada: "¡Me decepcionó la vida, me decepcionaron los hijos!"

"¡Yo esperaba más de mis hijos, y mire con lo que me salieron! ¡Cómo es posible que yo haga esta familia, y ni siquiera volteen a visitarme, volteen a mirarme!" "¡Yo trabajaba y entregué mi vida a esa fábrica, y mire, me echaron como a un perro!"

Es decir, son muchísimos los ejemplos, y no sigo más con ellos, porque de pronto se me entristecen ustedes. Muchas cosas que parecen bonitas, por dentro tienen como una tristeza. Pero Dios, que tiene su peculiar sentido del humor, no es fácil encontrárselo, pero lo tiene, tiene también el ejemplo contrario: algo que por fuera parece muy triste, pero que por dentro tiene mucha alegría.

Y como las cosas de este mundo, por fuera parecen tan alegres, pero traen tristeza por dentro, entonces Dios inventó un ejemplo contrario: algo que parece muy triste por fuera, pero que trae mucho gozo, mucha dulzura, mucho amor por dentro.

Y eso es lo que encontramos en la Cruz de Cristo: por fuera no parece sino amargura, tristeza, es algo que causa repulsión. "¡Lo vimos tan desfigurado!", dice proféticamente Isaías, "¡lo vimos tan desfigurado; ni siquiera parecía humano!" Isaías 52,14.

Y dice también: "Desestimado de todos; alguien frente al cual se evita la mirada" Isaías 52,3.

¡Es tan desagradable la Cruz de Cristo! Pero por dentro, la Cruz de Cristo está colmada de dulzura, está llena de amor, está llena de belleza. Y lo cierto es que en ese amor, en esa dulzura, nosotros podemos entender la fiesta de hoy; nosotros podemos comprender, qué es lo que se celebra en esta Fiesta del Sagrado Corazón.

Las Lecturas que la Iglesia nos propone para este año, -este año se llama el Año C de los domingos y de las solemnidades-, las Lecturas para la Fiesta del Sagrado Corazón en este año, son muy hermosas, porque nos muestran qué era lo que estaba aconteciendo en la Cruz.

Y por eso, nos dan como caminos para ir desde la rugosidad, desde la tristeza, desde el aspecto tan horrible de afuera, hacia el aspecto hermoso; desde el sabor ácido, amargo de afuera, hacia la dulzura de adentro.

Dice el Profeta Ezequiel: "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, así seguiré yo el rastro de mis ovejas" Ezequiel 34,11-12.

Este pensamiento, de pronto, puede alcanzar a conmoverlo a uno. ¡Claro!, Cristo no está así, tan rasguñado, por gusto; tampoco es un accidente. Está rasguñado, porque, allí donde su oveja se le había perdido, había matorrales de espinas, y buscando su oveja, se rasguñó.

No es lo mismo encontrarse con una persona que está vestida de llagas y sangre, y asustarse de ella, y encontrar a otra persona que tiene llagas y sangre, porque estaba buscando su tesoro.

En algunos canales de televisión, presentan a veces programas especiales de gente que ha hecho actos heroicos. Por ejemplo, personas que han entrado a un edificio en llamas por salvar a una pequeña niña que no tenía manera de salir del edificio. Y algunas de esas personas han quedado quemadas y les han quedado huellas del fuego por su acto heroico.

Desde luego que es muy hermoso decir: "Entré a salvar una persona". Pero eso les costó a algunas de esas personas quemaduras de segundo grado, de tercer grado. Tuvieron que estar en un hospital, y les quedaron cicatrices, cicatrices que hablan de su acto heroico.

Cuando yo pienso que Cristo está crucificado, cuando yo pienso en las Llagas de Cristo, pues sí: ver llagas, ver sangre es repulsivo, pero cuando pienso que esas llagas y esa sangre se dan buscando su oveja, entonces, más bien, ¡me inspiran un cariño, me inspiran una gratitud, me inspiran un amor tan grande!

Descubro que, detrás del aspecto horrendo de la llaga, hay un aspecto bellísimo de amor; es un encuentro. Además, encuentro un amor que es victorioso, un amor que vence.

Eso es lo que nos ha contado la lectura del Apóstol San Pablo,que dice aquí: "La prueba de que Dios nos ama, es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" Carta a los Romanos 5,8.¡La prueba de que Dios nos ama! Nosotros tenemos a nuestro favor esa prueba, la prueba de que Dios nos ama.

En esta Fiesta del Sagrado Corazón, hay como una nota de tristeza. Sabemos que esta Fiesta tiene su origen en unas apariciones de hace algunos siglos, en las que Cristo le hablaba a una monja, a una humilde monja, Santa Margarita María Alacoque, y le decía: "Mira, este es el Corazón que ha amado tanto a los hombres y que de la mayor parte de ellos, sólo recibe indiferencias y desprecio".

La situación no ha mejorado mucho, lamentablemente. En nuestro tiempo, también la mayor parte de lo que recibe Cristo, es indiferencia y desprecio, cuando no abierta hostilidad, ataques, agresividad.

¡Indiferencia y desprecio! Eso le da una nota de tristeza, como es triste la Cruz de Cristo. Pero lo maravilloso de las apariciones de Nuestro Señor Jesucristo a Santa Margarita María, y lo maravilloso del amor al Corazón de Cristo, y lo maravilloso de la Cruz misma de Nuestro Señor, es que es un amor, que ante la indiferencia y el desprecio, no se detiene. Claro, uno puede quedarse solamente en la lamentación por la maldad del mundo, por la mediocridad del mundo; uno puede quedarse en eso: ¡Qué mala que es la gente!

Y es cierto, yo creo que todos nosotros, de una manera o de otra, hemos podido experimentar, tal vez en carne propia, en carne viva, lo que es la maldad humana. Pero uno puede quedarse en esa maldad humana, o uno puede ir más allá de esa maldad humana.

Y el Corazón de Jesucristo es una invitación a ir más allá de la maldad humana, como nos ilustra esta lectura de San Pablo en su Carta a los Romanos, porque lo que nos dice es: "La prueba de que Dios nos ama, es que Cristo, siendo todavía pecadores, se entregó por nosotros" Carta a los Romanos 5,8.

Eso es lo que muestra amor: "Siendo todavía pecadores, se entregó por nosotros" Carta a los Romanos 5,8. Es decir, más allá de la noticia del pecado, más allá de la barrera del pecado, hay Alguien que amó después de saber quiénes éramos.

Eso es lo grande de esta Fiesta. No es una fiesta para maravillarse del pecado humano. Ya esa noticia la sabíamos hace rato. No es una noticia para revolver en nuestro corazón y escandalizarnos ante la maldad de los hombres.

Es una noticia para admirar a un Amor que conociendo esa maldad, va más allá de... . Y esa noticia de Amor, esa victoria de Amor, es la que encontramos, precisamente, en la Cruz.

Nosotros encontramos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en el Corazón abierto de Nuestro Señor Jesucristo, eso: un Amor más allá de... , más allá; el Amor que venció al pecado, porque no fue detenido por el pecado.

Ese es el género de amor con el que nosotros hemos sido amados, ese es el género de amor que sirve de prueba, de soporte, de columna, de alimento para nosotros. Ese es el amor que es fuerza para nosotros.

Cuando yo entonces miro, siguiendo a San Pablo, la Cruz de Cristo, pues sí, el aspecto es terrible, es triste, es doloroso; pero cuando miro la Cruz de Cristo, y descubro que ahí está amando más allá del pecado, me pasa lo mismo que con la lectura de Ezequiel, siento: ¡Qué hermoso ese Amor! ¡Un Amor así es lo que yo necesito, un Amor así es lo que necesitan los corazones más abandonados, los corazones más tristes, los corazones más heridos!

Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, nos da otra indicación al respecto: "¿No deja las noventa y nueve en el campo, y va tras la descarriada hasta que la encuentra?" San Lucas 15,4.

¿Qué es lo que más puede querer el pastor que sus ovejas? Y ¿qué es lo que más puede querer Cristo que sus almas, que su gente, que sus amigos? Pues mira lo que aquí está diciendo: "Puede dejar hasta a esos amigos, a esos amados por buscar al que no le ama".

En la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo hay una soledad inmensa; Cristo está impresionantemente, dramáticamente solo en la Cruz; "¿dónde están mis amigos?", podría preguntar Cristo.

En el libro de las Lamentaciones, hay una expresión que la Liturgia de la Iglesia la aplica a Cristo Crucificado: "Mirad y ved, si hay dolor semejante a mi dolor" Lamentaciones 1,12.

El dolor de Cristo en la Cruz es incomparable, y ese dolor es su desierto, y ese desierto es su soledad. La magnitud del dolor se convierte en extensión de desierto, y la extensión del desierto en proporción de soledad.

Cristo aparece solo, despojado de toda amistad, despojado de todo consuelo que dan los amigos, pero no está así porque sí. Está solo, porque está buscando al que huyó a la soledad. El pecado nos ha precipitado hacia la soledad, nos ha conducido hacia ella; el pecado produce soledad; el amor engendra unión, y por lo tanto, compañía; el pecado destruye la unión, y por eso, engendra soledad.

Pero Cristo es un Solo, Uno que está solo; no por pecador, sino por amor al pecador. Cuando yo descubro al que está solo, no porque haya pecado, sino porque ha amado al que pecó, entonces digo: "¡Qué preciosa es esa soledad! ¡Está solo, porque me está buscando a mí, que estoy solo!"

Y así, las tres lecturas de hoy son como tres caminitos para ir desde la corteza rugosa, difícil, amarga de la Cruz, a la interioridad de amor y de dulzura del Crucificado.

En la lectura de Ezequiel, está rasguñado, porque tuvo que atravesar matorrales y espinas por encontrarme. En la Lectura de San Pablo, me ha dado prueba del amor que me tiene, y en el evangelio, si le encuentro solo, no es porque haya pecado, sino porque ha amado al que ha cometido pecado.

Bien, si el mundo nos ha decepcionado de tantas maneras, y lo que parecía bonito tantas veces terminó siendo feo, ¡qué alegría para nosotros encontrar algo que parece tan horrible, pero que encierra en sí toda la sabiduría, toda la hermosura, todo el poder de Dios nuestro Señor!